Encrucijada educativa: entre el vértigo y la esperanza

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Encrucijada educativa
Encrucijada educativa

«Ya no hay educación en este país» se escucha con frecuencia en cualquier espacio público. Frente a cualquier problema de convivencia, incluso político, la respuesta está clara: «Esto se soluciona con educación». Podríamos seguir enumerando expresiones y situaciones de la sociedad actual que nos llevarían a una primera conclusión: La educación no funciona, todo se soluciona con educación y, sobre todo, la culpa de todo ello la tienen otros: los padres se quejan de los profesores, los profesores de los padres y todos juntos, de la administración y de los políticos que no se ponen de acuerdo…

¿Existen realmente motivos para estar preocupados? Si oímos la queja espontánea de padres, profesores, ciudadanos, etc., así es y lo peor es que no parece que tenga visos de solución a corto plazo. Si atendemos a criterios más objetivos, basados en análisis de organismos tanto nacionales como internacionales —el Ministerio de Educación, el Consejo Escolar del Estado, la OCDE, etc.— coinciden en señalar que España no está a la altura de los países del entorno con los que tenemos que competir en cualificación.

Pero más allá de todo ello, cualquier observador puede comprobar que palabras tales como «gracias», «por favor» y «perdón» escasean en el vocabulario de niños y jóvenes. Esfuerzo, carácter, sacrificio, reflexión, coraje, etc., brillan por su ausencia. Por el contrario, sobreabundan el «me gusta», «tengo derecho», «me apetece», etc. Esto ha dado lugar a una especie nueva: «su majestad el niño» cuyo futuro como adulto apunta un panorama preocupante.

Con todo, hay que recordar que educar nunca fue fácil, como se puede comprobar leyendo las quejas constantes de padres y educadores del pasado. Ello se debe a que el crecimiento del ser humano no es automático, ya que la herencia genética no basta para alcanzar la plenitud a la que estamos llamados. Son necesarios una herencia cultural, gracias a la cual hemos llegado a ser quienes somos, y el esfuerzo indispensable del propio joven que, en uso de su libertad, puede superar sus limitaciones internas y externas.

Pero la crisis de la educación actual es especialmente grave porque, junto a todas esas dificultades, consustanciales con la condición humana, hoy no sabemos de qué hablamos cuando hablamos de educar, porque ya no entendemos muy bien qué es el hombre. Mientras tanto, nos entretenemos inventando destrezas, importantes sí, pero secundarias. No olvidemos que, por muy importantes que sean las nuevas tecnologías y los idiomas, al final lo importante es qué tipo de persona se quiere ser, y si se ponen los medios para ello.

Crisis de educadores

Por ello, me atrevo a afirmar que la crisis no es tanto de jóvenes cuanto de educadores. Los niños y jóvenes son más víctimas que responsables de esa educación. Como señala Mercedes Ruiz: «Tengo la impresión de que millones de adolescentes son educados por… millones de adolescentes». Adolescentes, añado yo, en un doble sentido: millones de adolescentes que, a través de las redes sociales, «educan» imponiendo de modo tiránico modas, actitudes y valores. Millones de padres y profesores que se comportan como adolescentes que, sin criterios claros, juegan a ser uno más entre los jóvenes.

Crisis de educadores, empezando por la familia que, unas veces por ignorancia, otras por incapacidad, no educan a sus hijos. «No sabemos cómo educar», es la queja más frecuente de los padres conscientes de sus obligaciones. Otros juegan a ser colegas, privando así del insustituible padre y madre que todo niño necesita. La mayoría dice no tener tiempo, privando así a sus hijos del mayor legado e instrumento de educación a su alcance. Mediante el tiempo —a veces escaso, siempre sacrificado, pero de calidad— los padres generan el capital social, más importante que el económico para sus hijos.

Este tipo de padres permisivos no valora ni asume la responsabilidad de ser padres y, en consecuencia, tampoco exige responsabilidad a sus hijos. Esta actitud suele generar adultos irresponsables y con escaso autocontrol. Por un lado, colegas no les van a faltar; por otro, si el padre no ejerce como tal, extraños ocuparán el papel vacante, con los peligros que conlleva.

Otro tanto podríamos decir de muchos profesores que no sintieron nunca su vocación docente o, si la sintieron en su momento, la han perdido. Un axioma, aceptado por todos, señala que nunca la calidad de la enseñanza puede estar por encima de la calidad del profesorado. Hoy vivimos un momento histórico de recambio generacional del profesorado. Urgen, más que leyes, acuerdos sólidos sobre la formación, selección y evaluación del profesorado.

Por otro lado, asistimos a una crisis en el modelo de Estado que queremos y de gestión de la educación, último reducto ideológico que utilizan algunos partidos para marcar las diferencias que en el ámbito social o económico son casi inexistentes. Sorprende que, cuando existen evidencias empíricas sobre los males de la enseñanza y las metodologías para corregirlas, el debate en España acabe siempre en cuestiones ideológicas sobre la existencia del crucifijo en las aulas, la enseñanza de la religión, la educación de los valores, etcétera.

En definitiva, una situación que produce vértigo en cualquier persona que se dedique a analizar la educación actual, incluyendo la enseñanza, la formación laboral y sobre todo el modelo de persona que se quiere ser.

Motivos para la esperanza

¿Hay motivos para la esperanza? Sí. Solo se necesitan educadores que sean capaces de asumir su responsabilidad, de ilusionarse, de llevar la contraria al ambiente de moda, demostrando que otro mundo es posible, si cada uno arregla su entorno próximo.

Existen razones para estar esperanzados, siempre que un grupo de personas, decididas a educar, se crean su papel. No se necesitan muchos, pero sí auténticos educadores apasionados con la tarea de educar, dispuestos a dar lo mejor de sí. La Iglesia católica está llena de una larga nómina de santos educadores que han dado lugar a numerosas escuelas y millones de personas que se han educado en ellas. Lo mismo puede decirse de otros muchos educadores no creyentes que han generado escuelas pedagógicas de gran prestigio. En ambos casos, no perdieron mucho tiempo lamentándose de la situación, sino que pusieron todo su empeño en mejorar la educación de su entorno.

«Para educar a un niño se necesita toda la tribu» dice el adagio africano. Todos somos educadores, de una u otra forma, si bien según el papel que nos corresponda con distintas responsabilidades: padres, profesores, administradores, políticos o simples ciudadanos. Educar, educamos todos; y todos debemos implicarnos, pero el ámbito de cada uno es distinto. Estos educadores deben tener unas características y virtudes propias de estos tiempos fuertes que nos ha tocado vivir.

1. Tener ideas claras

En primer lugar, tener las ideas claras: distinguir entre el fin —la persona que ha de educarse— y los medios, por muy llamativos que estos sean.

El protagonista es el educando al que preparamos para un largo viaje como es el de su propia vida. A medida que pase el tiempo, él debe asumir cada vez más protagonismo y responsabilidad. Será un viaje largo, cuyo final de etapa ni el propio educando conoce. Los educadores no conocemos, ni siquiera la mayor parte de los peligros, novedades, dificultades que le surgirán, ni la mayor parte de los medios e instrumentos que tendrá a su alcance, por lo que nuestro papel no pasa de ser entrenadores de una travesía que él deben realizar. No podemos tener respuestas para problemas técnicos y operativos que ni siquiera conocemos.


Pero sí que podemos prepararlo para que, con criterios sólidos, dé respuesta a los desafíos de todo tipo con los que ha de encontrarse, y llegue a ser el tipo de persona que está llamado a ser. El fin es el desarrollo personal en plenitud. No se trata solo de conseguir su inserción social y laboral. Por ello, junto a los saberes instrumentales, es necesario que tenga unas virtudes y unos valores que den sentido a su vida.

Como dijo Nietzsche: «Quien tiene un por qué, siempre encuentra el cómo». Son estos valores de sentido los que por miopía, cobardía o desgana están desaparecidos de la educación actual. Pero sin ellos, cualquier intento de educar —o educarse— se vuelve absurdo.

No existe una educación completa si no se facilita la apertura a la trascendencia, sin la cual es imposible entender el ser humano ni la mayor parte de sus creaciones artísticas, morales y vitales.

Norberto Bobbio, filósofo italiano, agnóstico y socialista, afirmó que: «La diferencia no está entre el creyente y el no creyente…, sino entre quien toma en serio estos problemas y quien no los toma en serio; la verdadera diferencia está entre quien, para dar sentido a la propia vida, se plantea con seriedad y dedicación estas preguntas y busca la respuesta, aunque no la encuentre, y quien permanece indiferente a ellas…».

La educación cristiana, la que se imparte o debiera impartirse tanto en la escuela católica como en las propias familias, va más allá: no solo plantea los valores de sentido, sino que ofrece el sentido último de la existencia. Con el debido respeto a las conciencias y a la libertad personal, debe ser un instrumento que posibilite el encuentro con Dios, porque como dice el papa Francisco: «Si bien es cierto que la fe es un don de Dios, los padres y la misma escuela son instrumentos de Dios para su maduración y desarrollo».

El cristianismo no es una ideología, por refinada que sea, sino el encuentro con una persona, Jesucristo, «Dios y hombre verdadero, creador, padre y redentor mío…». Es la mayor revolución religiosa de la humanidad: un Dios que se acerca al hombre, que lo necesita, que se hace hombre. Un Dios que mira y mima «como a la niña de sus ojos», a cada uno de nosotros. Un Dios que nos quiere porque él es bueno, no porque nosotros lo merezcamos.

2. Voluntad de compromiso

En segundo lugar, voluntad decidida de compromiso, recuperar el protagonismo que nos corresponde: nada de excusas, de justificaciones. Lo que no hagamos nosotros, difícilmente lo podrán solucionar otros. Sobran plañideras: además de llorar, ¿qué sabemos hacer? Urge personas que se tomen en serio su condición de educador, y que tomen como lema de su vida: «Por mí que no quede».

Daniel Pennac en Mal de Escuela nos dice: «¡Basta un profesor —uno solo— para salvarnos de nosotros mismos y hacernos olvidar a todos los demás!». En otro lugar señala: «Los profesores que me salvaron —y que hicieron de mí un profesor— no estaban formados para hacerlo. No se preocuparon de los orígenes de mi incapacidad escolar. No perdieron el tiempo buscando sus causas ni tampoco sermoneándome. Eran adultos enfrentados a adolescentes en peligro. Se dijeron que era urgente. Se zambulleron. No lograron atraparme. Se zambulleron de nuevo, día tras día, más y más…Y acabaron sacándome de allí. Y a muchos otros conmigo. Literalmente, nos repescaron. Les debemos la vida».

3. Ilusionarse con la tarea

En tercer lugar, ilusionarse con la tarea: dada la gravedad de la situación, no podemos permitirnos el lujo de ser pesimistas, ni afrontar la tarea solo con resignación. Es cierto que la educación lo resuelve todo; pero lo resolverá la educación que tiene firmes principios, sólidas creencias, mejor preparación y, sobre todo, ilusión en la tarea a realizar. En un cartel sindical leí hace tiempo la siguiente frase: «Todas las profesiones son necesarias, algunas imprescindibles como la de ser educador».

En la película Un hombre para la eternidad, un joven ambicioso llamado Rich le pide a santo Tomás Moro, por aquel entonces canciller de Inglaterra, un puesto en la corte. Este le ofrece el puesto de maestro y evitar así las corrupciones de la corte. El joven decepcionado, le contesta:

—Maestro, ¿quién sabrá que soy maestro?

A lo que Moro le responde:

—Tú, tus alumnos y Dios. ¿Te parece poco reconocimiento?

4. El cariño

En cuarto lugar, el secreto de un educador es el cariño. Sentirse querido es sentirse transformado, por eso el amor es anticipativo. Decir: «Eres bueno», «es bueno que tú existas», ayuda a ser mejor. Se ha dicho con razón que da más fuerza sentirse amado que sentirse fuerte. El educador —ya sea padre o profesor— en la medida que ama al alumno, anticipa todo lo que de bueno hay en él.

Pero amar no significa sentirse amado, ni agradecido. Seremos juzgados de lo que hemos amado no del amor recibido. Por otro lado, hay que recordar que el educador es un sembrador, no siempre ve la cosecha.

La vocación de educar

Ser educador es creerse el oficio, como el buen artista, y querer a los alumnos. Educar es una pasión que cautiva y transforma al educador y, en gran medida, al educando. En cierto sentido, educar es dar vida, ayudar a engendrar un nuevo ser —Sócrates hablaba del oficio de partera—, y eso supone un compromiso y entrega no solo intelectual, sino también afectivo y moral. Es lo que en el lenguaje clásico se denominaba la vocación, el sentirse llamado para un oficio determinado, que, en este caso, es uno de los más excelsos que puede tener el ser humano.

Por último y no menos importante, para los creyentes hay que recordar que nuestra vocación, nuestra llamada, proviene de una mirada divina que nos eligió para esta tarea, y en Dios se asienta nuestra confianza y nuestra fortaleza, y a él, en definitiva, debemos rendir cuentas.

Como cantó el poeta José María Pemán:

Y, al fin, rendido quisiera poder decir cuando muera:
«Señor, yo no traigo nada de cuanto tu amor me diera,
¡todo lo dejé en la arada en tiempos de sementera!
Allí sembré mis ardores, vuelve tus ojos allí,
que allí he dejado unas flores de consejos y de amores...
¡y ellas te hablarán de mí!»

(La Sementera)

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