Enriqueciendo a las personas

Mis vivencias con el P. Tomás Morales

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1974 Convivencias en Zamora
1974 Convivencias en Zamora

Por P. Rafael Alonso Reymundo,
Hogar de la Madre

Durante diez años me dirigió espiritualmente el P. Tomás Morales, SJ. Un tiempo extenso, iluminante, fecundo.

La primera vez que oí hablar del P. Tomás Morales fue a los cruzados de Santa María, Abelardo de Armas y Nicolás Arroyo. Yo era un chico de diecisiete años que vivía en el centro de Madrid, perteneciente a la parroquia de San Ildefonso, alumno del Instituto de Enseñanza Media Cardenal Cisneros. Tenía grandes inquietudes espirituales.

Había asistido a unas charlas de actualidad que se daban en los Padres Jesuitas de la c/ Maldonado, nº 2. Los ponentes eran el P. Lorenzo Almellones, SJ y un seglar, Abelardo de Armas, que más tarde supe era el Superior de los Cruzados de Santa María. Debía ser allá por diciembre de 1964.

Al acabar la primera charla de actualidad me acerqué al laico, porque durante su intervención había sentido en mi interior: «yo quiero ser como él, pero sacerdote».

1973 excursión a Segovia
1973 excursión a Segovia

Cuando terminaron las charlas de actualidad acompañé a Abelardo hasta la residencia que estaba en la calle Raimundo Fernández Villaverde, nº 45. Un trayecto a pie en el que pudimos hablar largo y tendido de mis inquietudes. Yo estaba haciendo el preuniversitario. Abelardo me dijo que pensaba que yo necesitaba unos ejercicios espirituales de S. Ignacio, internos y en silencio. Y que iba a haber una tanda dada por el P. Tomás Morales en un lugar cercano a Madrid llamado Las Navillas, en la provincia de Segovia. Y me habló del P. Morales con palabras entusiásticas en las que valorizaba la figura del jesuita.

Me habló también de que yo necesitaba dirección espiritual, una vez que él hubo escuchado las confidencias de mi alma. Y yo acepté implícitamente la propuesta que me hizo de que fuera el P. Tomás Morales quien me dirigiera. Yo me fiaba totalmente de Abelardo.

El primer encuentro con el P. Morales fue en el desplazamiento hasta Las Navillas. Teníamos que coger un tren en Madrid y llegar hasta el apeadero de Las Navillas. En ese trayecto nos acompañó Nicolás Arroyo, que iba a ser el laico ayudante de la tanda de ejercicios. Éramos un nutrido número de ejercitantes jóvenes: casi llegábamos a los cincuenta. El P. Morales venía en el tren. Su porte, su figura, era impresionante. Iba en silencio, recogido, pensativo, sin duda alguna orando: quizá oraba por nosotros.

Recuerdo el trayecto desde la estación-apeadero de Las Navillas hasta la casa de ejercicios. Era de noche. Yo no sabía nada de dónde estaba. Apenas hacía unos tres meses y medio que mi padre había muerto en Cartagena y yo estaba allí caminando por un camino pedregoso, oscuro, fiado de aquellos que me conducían hasta un lugar desconocido para mí. Era una tanda de ejercicios de cuatro días, en silencio completo, siguiendo el método de S. Ignacio de Loyola. Cuatro días que cambiaron la dirección de mi vida, o mejor, que la iluminaron. Fue el P. Morales el instrumento del que se sirvió el Señor para hacer ese cambio trascendental en mi vida. Una auténtica conversión. Mi vida ya no sería igual después de esos ejercicios. Todavía viene a mi mente dónde estaba yo sentado en la capilla, y el ambiente de recogimiento, de concentración, de atención, de meditación, de contacto con Dios nuestro Señor. De allí salí con un plan de vida: meditación todos los días siguiendo un libro que tanto bien me ha hecho a mí y que luego he aconsejado a otros: «Meditaciones sobre la Santísima Virgen», de Rodríguez Villar; además, lectura espiritual, misa y comunión diaria, rosario diario, examen de conciencia por la noche, confesión frecuente, dirección espiritual cada quince días a ser posible; en fin, un método que es válido para poner las almas en camino para la unión con Dios.

A partir de esos ejercicios yo veía puntualmente al P. Morales cada quince días, más o menos. El lugar era la casa profesa de los Jesuitas de la calle Maldonado, cerca de la Embajada norteamericana. Los encuentros de dirección espiritual duraban quince minutos máximo; después del encuentro, generalmente, el P. Morales me confesaba.

El P. Morales era parco en palabras, escuchaba, valoraba, aconsejaba. A veces, mandaba: «haz esto», «haz lo otro», «no hagas esto», «no hagas lo otro». No solo aconsejaba en cuestiones de meditación, oración, sino también en estudios, en apostolado, en la necesidad de acercarse a los jóvenes universitarios, en el apostolado «alma a alma».

A veces tenía que ir a hacer alguna gestión, y la dirección espiritual la recibía yo acompañándole por las calles de Madrid, entre ruidos de coches, claxon, música y el ruido habitual de una gran ciudad como Madrid. A veces la acera se estrechaba o los coches mal aparcados invadían la acera y teníamos que caminar uno detrás de otro durante unos pasos. Pero la dirección espiritual se realizaba.

Imágenes sueltas me vienen de la relación con el P. Morales cuando nos daba los ejercicios en Villagarcía de Campos (Valladolid), en Celorio (Asturias), en Comillas (Cantabria), en Oronoz Mugaire (Navarra), en las Damas Apostólicas de Madrid… Le veo hablando con sus cuartillas escritas y desgastadas por el uso; a veces bajo la luz de un flexo. Aplomado en su sillón, derecho como una vela, mirando con sus ojos reducidos por el tipo de cristales de gafas que portaba, dando doctrina y firmeza, haciendo enriquecer nuestra mente con la Verdad y fortaleciendo nuestras voluntades en el Bien.

1974 Jornadas de Semana Santa en Zamora
1974 Jornadas de Semana Santa en Zamora

Me veo caminando con él por las calles de Salamanca, a su lado, escuchándole, hablándome de sus recuerdos de estudiante universitario en Madrid, en Bolonia, sus primeros tiempos en Bélgica como jesuita; o en un ambiente de campo amarillento recién segado, y a lo lejos encinas poderosas que llevan ya las bellotas que van a soltar allá por septiembre-octubre. Le veo con su sotana, su fajín, su boina y, sobre todo, sus gafas, unas gafas redondas y una sonrisa en su rostro que a mí me resultaba un tanto extraña. Le veo también en el comedor de los Cruzados, al que asistía esporádicamente, tomando una comida de asceta, controlando mucho en su comida, que solía ser siempre la misma y sin sal; a veces, sin azúcar. Nunca supe qué enfermedades tenía el P. Morales, pero sí sabía que tenía alguna enfermedad que le llevaba a ese régimen estricto de comidas.

Muy aficionado a andar mucho, casi siempre iba a todos los lugares andando siempre que podía. Casi siempre, cuando tenía que desplazarse a otros lugares, lo hacía en medios públicos.

Cuando celebraba la Eucaristía, su cara se trasfiguraba y se concentraba en los misterios que estaba celebrando. Era exigente consigo mismo y era exigente con los demás.

No tenía dotes para la canción; es más, podríamos decir que era muy torpe en este campo. Difícilmente era capaz de entonar bien canciones tan sencillas como el Padrenuestro, o el Tantum ergo, o cualquier canción litúrgica. Sin embargo, era un gran orador, un gran predicador. Sabía utilizar los recursos más finos para convencer y para conmover. Incluso, dada su formación —que aprendió también con Tihamer Toth, san Juan de la Cruz, P. Ayala SJ, don Andrés Manjón o el P. Pedro Poveda—, el padre utilizaba la poesía, como ellos, para remachar sus predicaciones.

El P. Tomás Morales supo imprimir en todos los que él formaba un amor grande a la verdad, descubriendo las trampas del saduceísmo, del fariseísmo, del relativismo, de tantas formas de deformación de la verdad que se iban inoculando poco a poco a través de la ideología modernista.

Era un gran pedagogo. Cómo no recordar aquellos cuadernillos que ponía en nuestras manos sobre el «apostolado alma a alma», sobre el «hacer-hacer», sobre el amor a la Virgen Santísima. Él fue el autor-pensador de los criterios de dirección de los campamentos de la Milicia de Santa María. En esos campamentos se volcaban los criterios pedagógicos que él había asimilado de aquellos de los que él había recibido su formación, los había enriquecido y los había transmitido.

Estuve con él de 1965 a 1975. En esta última fecha, mi camino cogió otro rumbo hacia el sacerdocio. Antes de ser ordenado le escribí una carta al P. Morales pidiéndole que rezara por mí e invitando si quería venir algún cruzado a mi ordenación. Con gran agradecimiento recibí de manos de dos cruzados que fueron a mi ordenación en Toledo, en S. Juan de los Reyes, una carta escrita por el P. Tomás Morales dirigida a mí donde me decía lo que era una verdad absoluta: «Hoy te ordenas y vas a recibir una cruz grande que el Señor quiere poner en tus hombros». Más o menos esa era la idea de una carta escrita por una cuartilla de un lado y medio. Yo se la agradecí siempre. Fue la carta de un padre espiritual a un hijo suyo que iba a recibir una gracia totalmente inmerecida, la de ser sacerdote de Jesucristo.

Mi camino se desarrolló lejos del P. Morales durante una temporada larga pero de vez en cuando tenía noticias suyas. En octubre de 1994 recibí la noticia de que el P. Morales había muerto y yo me desplacé hasta Alcalá de Henares para estar presente y con mi presencia manifestar mi agradecimiento a un hombre que ha cincelado mi alma y que ha puesto las bases para que yo pueda seguir comunicando al Hogar de la Madre todo lo que de él he aprendido. Celebré misa por el alma del P. Morales allí mismo en Alcalá; con gran emoción pude despedir a este gran hombre providencial que tanto ha significado en mi vida.