Enseñar a pensar, a querer y a amar

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Voluntad para querer.
Voluntad para querer.

P. Tomás Morales. Hora de los laicos (1985). Extracto (pp. 403-437).

Educar es desarrollar armónicamente todas las potencialidades del hombre. Enseñar o instruir es algo casi mecánico. Algún cerebro electrónico, andando el tiempo, también podría hacerlo, pero solo el hombre puede educar enseñando a pensar, a querer y a amar.

Enseñar a pensar

Enseñar a pensar con profundidad, orden y nitidez, es el primer objetivo del educador. Es no limitarse a transmitir conocimientos. Es estimular al alumno a descubrir la verdad por sí mismo, encauzándole para que no se despiste. Es obligarle al esfuerzo para que experimente la alegría íntima de encontrar la verdad. Hay que hacerle sentir un gozo parecido al que experimenta un astrónomo cuando descubre una estrella después de años de laboriosa y tenaz observación.

Enseñar a querer

Las ideas sólo se comprenden si se viven. Si se viven más, se comprenden mejor. Si menos, peor. Si dejan de vivirse, se vuelven a ignorar. Por eso, el que quiere evangelizar la enseñanza se propone, al mismo tiempo, ilustrar la inteligencia y formar la voluntad, para que el hombre quiera con eficacia y entienda lo que aprende con el entendimiento.

Las modernas «ideologías» —no merecen el nombre de filosofías— de la educación amputan al hombre una de sus más nobles facultades. Ignoran que tiene voluntad. Le dejan manco en una de sus dimensiones. La conducta humana se analiza y programa de forma parecida al comportamiento animal. Se habla mucho de estímulos, motivaciones, condicionamientos, de evitar traumas de la sensibilidad, pero no se habla nada de la voluntad y de su disciplina.

Enseñar a amar

La pedagogía moderna olvida con facilidad no sólo la educación de la voluntad, sino también la del corazón. Se habla mucho a su cabeza y nada a su corazón. Se cultiva intensamente la inteligencia, y se abandona el sentimiento.

El corazón, si se le educa, ayuda a pensar mejor. La razón no es más que el satélite del corazón. Sólo comprendemos bien lo que amamos. Las ideas puras en la punta de la inteligencia nunca mueven a la acción. Se parecen a la nieve helada en la cumbre de las montañas, que sólo se transforma en riqueza cuando se derrite bajo el sol. Las ideas frías sólo se convierten en acción fecunda y permanente cuando se funden al calor de una afectividad pacientemente educada.

La corriente eléctrica, al atravesar un trozo de hierro, orienta los imanes elementales que en ella se encontraban dislocados y lo convierte en un potente electroimán. La idea actúa así respecto de los sentimientos que encuentra en el alma. Los orienta y dirige. Apoyándose en ellos, adquiere un vigor y una potencia extraordinarias.

Las ideas, por sí solas, apenas si tienen fuerza; pero cuando son sentidas adquieren una vitalidad fecunda. La religión, por ejemplo, si es mera creencia intelectual, no influye en la vida; hace compatibles la externa práctica de unas prescripciones cultuales con el egoísmo más brutal. Por el contrario, la religión sentida lleva al religioso y al mártir al sacrificio de su vida.

Educación liberadora

La verdadera educación liberadora a lo Cristo —cuya Encarnación es la única historia interesante que ha sucedido jamás (Péguy)—, es esta: sacudir el yugo de los estímulos sensoriales que nos aprisionan, romper cadenas libertando la inteligencia para pensar, la voluntad para querer y el corazón para amar.

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