Entre la belleza de la fe y la alegría del evangelio

A los diez años de pontificado del papa Francisco

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Papa Francisco
Papa Francisco. Foto: Nacho Arteaga2

Por Juan Luis Martín Barrios,
Vicario para el Ministerio Ordenado y Ministerios Laicales.
Diócesis de Zamora.

El artículo que lleva por título «Entre la belleza de la fe y la alegría del Evangelio» se corresponde a los dos primeros documentos firmados por el papa Francisco en el contexto del Año de la fe (2012-2013) y con motivo del XIII Sínodo de los Obispos sobre La Nueva evangelización para la transmisión de la fe. Además de ser dos coordenadas permanentes en su preocupación apostólica, en el segundo documento, que desborda su índole de exhortación postsinodal, ya apunta el carácter programático para su pontificado, pues «pretende indicar caminos para la marcha de la Iglesia en los próximos años».

Introducción

Esta reflexión está estructurada en tres apartados acompasados por una introducción y conclusión correspondiente. Tras un breve apunte sobre la llegada a la sede de Pedro de un obispo venido de los confines del mundo, me centraré en las tres claves que considero más significativas para la Iglesia con la elección de J. M. Bergoglio como obispo de Roma; en segundo lugar, citaré sus escritos más importantes: las encíclicas, un significativo discurso y las cartas apostólicas en forma motu proprio en las que baja al terreno de conformar evangelio y vida, teología y pastoral; finalmente, indicaré las líneas de fuerza que sostienen y delinean el proyecto de Iglesia del papa Bergoglio.

La primera vez que me pidieron un servicio sobre Evangelii gaudium, al finalizar la exposición, alguien me preguntó: «¿Qué es lo que más te llama la atención del papa?». A lo que respondí: «Su persona, el nombre elegido y la encíclica de sus gestos». La novedad de la persona es que viene del sur y se instala en el norte, un salto cualitativo de grandes dimensiones; el sur se instala en el centro de la Iglesia, y al revés; del nombre hablo a continuación y la carta de los gestos, que constituyen un documento grabado a fuego en el corazón de los hombres y mujeres de buena voluntad.

Claves para la renovación de la Iglesia, hoy, en el papa Francisco

La llegada de Francisco a la sede de Pedro generó unas expectativas e ilusiones dentro de la sociedad y de la Iglesia que difícilmente podrán ser correspondidas según el deseo de quien las esperara. Pero, ¿qué representa realmente Francisco para la Iglesia hoy? ¿Qué ha significado o qué quiere significar en la reciente historia de la Iglesia según los gestos y las palabras pronunciadas? En mi opinión, tres aspectos que son otras tantas claves de la Evangelii gaudium:

a) La vuelta al Evangelio, la reforma desde la sencillez y el discernimiento o el sentido práctico y pastoral del magisterio. No es casual que el papa haya elegido el nombre de Francisco. Para la Iglesia, el santo de Asís ha sido la expresión, quizá más lograda, de la vuelta al Evangelio «sine glossa» y desde aquí, el impulso para una renovación y la reforma de la vida eclesial. Con la elección de este nombre, Bergoglio ha querido ponerse bajo su modelo y protección: Francisco «repara mi Iglesia». Precisamente, la exhortación apostólica que nos dirigió a toda la Iglesia al comienzo de su pontificado comienza con la palabra evangelio (en latín y en genitivo). No es un hecho casual ni improvisado, sino que hay que entenderlo como un auténtico programa. El papa Francisco ha invitado a la Iglesia a volver al Evangelio como centro de la vida personal, eclesial y social. Esto significa recuperar la alegría que llena el corazón del hombre; salir fuera de la conciencia aislada y de la vida autorreferencial que nos entristece; poner a la Iglesia en estado de misión; conectar el discurso cristiano con el corazón del Evangelio; concentrar la doctrina eclesial con lo esencial y positivo de la propuesta cristiana (gracia) para poder ofrecer, desde aquí, el marco adecuado de interpretación de la moral de la Iglesia (ley); la audacia y la creatividad para encontrar nuevas formas de evangelización y trasmisión de la fe; la urgente y necesaria inclusión social de los pobres, su lugar preferencial en la Iglesia, la relevancia social del Evangelio, etc.

b) La reforma de la Iglesia, que, en el fondo, está directamente ligada a la anterior. Es verdad que esta es una tarea permanente y nunca acabada, pues la Iglesia es una comunidad siempre en camino, en estado permanente de reforma. Sin embargo, por circunstancias diversas se había ido creando una sensación, fuera y dentro de la Iglesia, de que estaba excesivamente anquilosada en estructuras del pasado que le hacía perder credibilidad y eficacia en su misión fundamental de la evangelización. Francisco ha asumido esta tarea como algo programático de su pontificado, señalando que se trata de una reforma desde la sencillez y la conversión pastoral, que haga de contrapeso a la «mundanización espiritual» (H. de Lubac). Con el teólogo dominico Y. Congar podríamos decir que Francisco ha asumido esta máxima: todo lo que ayude a otorgar más dinamismo apostólico y misionero a la Iglesia puede ser planteado con rigor y seriedad en este orden de la reforma eclesial, porque la verdadera reforma es siempre una vuelta a la profundidad de la tradición y a la novedad de la vida evangélica. La gran apuesta del papa ha sido afrontar la cuestión de la reforma de la Iglesia, no como un fin en sí mismo quedándose estancada en discusiones inútiles intraeclesiales, sino en situar este problema en el horizonte de la misión.

c) Finalmente, nos referimos a su sentido práctico o, dicho de una forma más clásica según los padres del desierto y la tradición jesuítica, el ejercicio del discernimiento. A diferencia de Benedicto, Francisco no es un hombre de la teología. Él es un jesuita que ha acompañado personalmente a distintas personas, ha gobernado las instituciones jesuíticas donde se le pidió esa responsabilidad, con un estilo carismático y fuertes convicciones personales, y ha dirigido pastoralmente la extensa y compleja diócesis de Buenos Aires. Conoce la Iglesia y la sociedad desde dentro, fruto de su propia experiencia personal, no por cultura libresca o análisis intelectuales. A lo largo de toda su vida ha ejercitado el discernimiento espiritual acompañando a personas concretas y guiando la porción del pueblo de Dios que le ha tocado presidir. Cuando al final de su trayectoria episcopal ha sido llamado a la sede de Roma, no está haciendo otra cosa que ejercer esta guía espiritual, que había realizado antes, pero ahora para toda la cristiandad y con una repercusión internacional. Si Benedicto prolongaba su pequeño atril universitario en cada homilía y discurso que pronunciaba desde Roma con la profundidad y lucidez que siempre le caracterizaron, convirtiéndose en el sabio maestro y profesor que nos mostraba la luz y belleza de la fe, Francisco dirige espiritualmente a cada fiel cristiano en la predicación diaria de la eucaristía, y da orientaciones prácticas para lograr renovar y remover una institución tan compleja como es la Iglesia, para que así se ponga en estado permanente de misión. Este estilo y lenguaje directo hace que cada cristiano lo entienda sin dificultad y sin necesidad de mediadores, y así se sienta interpelado por sus palabras evangélicas y su autenticidad personal.

Documentos más significativos de este pontificado

En el recorrido por los diez años de su ministerio, recuerdo los dos primeros documentos que han venido a ser como la transversalidad de cuanto anuncia, celebra y vive. La primera encíclica de Francisco y última de Benedicto, Lumen fidei, 29 de junio de 2013, escrita, como dijo, a cuatro manos, propone recuperar el carácter luminoso propio de la fe que es capaz de iluminar toda la existencia humana; y el segundo es la exhortación apostólica Evangelii gaudium, 24 de noviembre de 2013, tras el cierre del Año de la fe, y en él nos invita a recuperar la alegría evangélica.

Un aspecto importante a tener en cuenta en la eclesiología del papa Bergoglio es el de la sinodalidad, «caminar juntos, es el itinerario que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio». De aquí que el Discurso en la conmemoración del 50º de la institución del Sínodo de los Obispos (17 de septiembre de 2015), en el sentir de algunos teólogos, pasará como el mejor documento de este pontificado.

Podemos decir que sí, que sus orientaciones son trasversales en las otras dos grandes encíclicas: Laudato si’, 24 de mayo de 2015, sobre el medio ambiente y el desarrollo sostenible, y Fratelli tutti, 3 de octubre de 2020, sobre la fraternidad y la amistad social.

A la luz de los dos primeros documentos, Lumen fidei y Evangelii gaudium, nacieron las dos cartas apostólicas en forma motu proprio del papa Francisco: Spiritus Domini (10 de enero de 2021) y Antiquum ministerium (10 de mayo de 2021) donde nos recuerda que la Iglesia evangeliza por medio de la palabra y de los sacramentos, y que para ello se necesitan cristianos, hombres y mujeres, que, llamados por la Iglesia, ejerzan el servicio de la palabra y del altar en la liturgia, y también el servicio de la catequesis.

Líneas fuerza que sostienen el proyecto de Iglesia del papa Francisco

Podemos decir que todas ellas se reflejan en el estilo propio del papa Berglogio, marcado por la clara conciencia de no separar mensaje y vida, teología y pastoral. En este sentido conviene subrayar que su lenguaje configura ya su estilo de pensar, plástico, claro y directo, que destaca de manera especial en sus homilías. En Francisco, «la renovación de la Iglesia depende del anuncio misionero del Evangelio, en toda su pureza: reforma y misión son las dos caras de la misma moneda»[1].

Para llevar a cabo su sueño, experiencia de gobierno no le falta; empezó muy joven, cuando fue nombrado provincial de la Compañía de Jesús en Argentina y ha tenido tiempo de evolucionar de un estilo «excesivamente autoritario», según sus propias palabras, a esa tripleta de diálogo, discernimiento y sinodalidad que configura su gobierno, con una perspectiva que consiste en mirar el mundo desde las periferias, porque solo así se capta adecuadamente la totalidad. Apoyado en el poliedro del todo es superior a las partes, la unidad es superior al conflicto, el tiempo es superior al espacio y la realidad es superior a la idea, se abre paso con su formación jesuítica «clásica» y con unas excelentes dotes para la comunicación, enfocándose en una Iglesia cuya viga debe ser la misericordia, uno de los nombres de Dios en la escritura y el camino del encuentro «soñado» por el papa.

¿Sus intuiciones más profundas?: la reforma sinodal y misionera dentro de la Iglesia, por un lado, y la ecología integral y de una humanidad hermanada fuera de ella, por otro, representan el mejor sueño y el mejor antídoto para esta humanidad. Podemos decir que las señas de identidad de este pontificado son: misión y reforma, sinodalidad, cultura del encuentro y evangelio de la paz, discernimiento, ecología integral, combate espiritual.

Pero yendo al fondo del asunto, como decíamos antes, es oportuno recorrer las secciones de su documento programático, Evangelii gaudium con el énfasis puesto en el anuncio misionero y en la primera comunicación de la fe, o kerygma. Para el papa Bergoglio, la renovación de la Iglesia depende del anuncio misionero del Evangelio, sine glossa, en toda su pureza. Reforma y misión son las dos caras de la misma moneda. Respecto al énfasis kerigmático, hay que decir que tiene que ver con la clara conciencia de no separar mensaje y vida; esta orientación hunde sus raíces en la lectura de Hugo Rahner, el teólogo jesuita y profesor en Innsbruck, valedor junto a J. A. Jungmann, de la llamada «teología del anuncio» o kerigmática, innovadora en su tiempo y en pugna con la teología escolástica al uso, y que fue un anticipo de la pastoralidad querida por san Juan XXIII y desarrollada por el Vaticano II.

Por otro lado, intramuros de la Iglesia, es y será un punto de referencia el discurso conmemorativo del 50º aniversario de la creación del Sínodo de los Obispos por san Pablo VI (2015). Este discurso es una piedra miliar de cara al «ejercicio sinodal» del primado. Tampoco le duelen prendas en reconocer que se ha avanzado poco en la línea de la colegialidad y de la comunión en el ejercicio de la autoridad primacial, tal y como fue urgida por san Juan Pablo II en la última sección de su encíclica Ut unum sint (1995). Francisco ha retomado las afirmaciones del papa Wojtyla para relanzar una «conversión pastoral» del papado. A todo ello hay que añadir esa insistencia suya en una Iglesia pobre y para los pobres, que va asociada a esa perspectiva específica que consiste en mirar el mundo desde las periferias, porque solo así se capta adecuadamente la totalidad.

Decir, también, que el combate del clericalismo está en el centro de su interés y pugna eclesiológica. Por ejemplo, a la hora de explanar la imagen de una pirámide invertida. Ello depende de su imagen preferida de Iglesia, la que se deriva de una lectura: Lumen gentium, nn.10-12, que él sintetiza en una cláusula: el santo pueblo fiel de Dios.

A modo de conclusión

Se viene asociando el pontificado de Francisco, desde su comienzo, a la «primavera», de la misma manera que se considera que el Vaticano II fue también una «primavera». En realidad, la celebración del concilio tuvo lugar en cuatro otoños, y «el otoño», de por sí, tiene un poco de todo, de final de la cosecha y de nueva siembra. Así los describe Rilke en sus versos. El pontificado de Francisco también pasa, si se quiere seguir con la metáfora, por las cuatro estaciones del año con sus modulaciones y sensaciones específicas. Tiene que haber un poco de todo. Pero, a la postre, sus intuiciones más profundas, que se dejan sintetizar intraeclesialmente en ese ideal de reforma sinodal y misionera, y, extraeclesialmente, en ese horizonte omnicomprensivo de una ecología integral y de una humanidad hermanada, representan el mejor sueño y el mejor antídoto para esta humanidad nuestra dolorida y aquejada gravemente de una pandemia sanitaria, social, económica. En este sentido, las señas de identidad de este pontificado están cargadas de futuro.

En nuestra felicitación al papa, en el décimo aniversario de su pontificado, agradecemos su entrega y disponibilidad al servicio del Evangelio en la Iglesia y para el mundo, a la vez que deseamos filialmente la paz interior y la alegría auténtica. Ad multos annos.


[1] Para este apartado tengo presente el libro: Madrigal, S., De pirámides y poliedros. Señas de identidad del pontificado de Francisco (Santander, 2020).

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