Entrevista en familia

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Familia (Javier y María Jesús)
Familia (Javier y María Jesús)

El 9 de septiembre de 2017, tras su jornada en Medellín, el papa Francisco fue recibido por un grupo de matrimonios y religiosos en la Nunciatura Apostólica. El papa les dijo:

«Yo quisiera que cada uno de nosotros recordara el primer llamado, cuando Jesús nos puso un nombre, la primera vocación, el primer amor, y lo conjugara en esas diversas músicas de la vida, en la que nos lleva la vida, momentos lindos, momentos plenos, momentos de equivocación, momentos de pecado, momentos de querer romper todo y empezar de nuevo con otra cosa», manifestó. E invitó a pedirle a Dios la fuerza «para seguir adelante», e incluso llegar a «mendigar» la «perseverancia».

José Javier Ruiz Serradilla y María Jesús García del Pozo Jiménez, han cumplido 25 años de matrimonio. Con este motivo nos ponemos en contacto con ellos.

• José Javier, María Jesús, ¿cómo empezó vuestra historia?

J.J.— Nos conocimos cuando estábamos en el último año de Universidad. Los dos andábamos en torno a una asociación cultural que trataba de transformar el mundo desde dentro haciéndonos tomar en serio nuestra vocación laical.

Allí conocí a Susi y, desde el primer momento, tuve la sensación de que Dios quería unirme a ella pues me cautivó su presencia, su sencillez, su discreción, su amor a Cristo y la idea clara de que el matrimonio y la familia eran una llamada, una vocación, a la santidad. (Y tantas otras cosas que no se pueden contar).

M.J.— Soy la tercera de seis hermanos. A los 14 años me trasladé, junto con mi hermana, a un internado en Toledo. Mi hermana Mati, un año mayor que yo, se convirtió en mi principal apoyo. Más tarde nos dirigimos a Madrid. Desde mi llegada anduve muy perdida. Tras cuatro años de búsqueda hice mis primeros ejercicios espirituales. Me uní al grupo universitario al que Javier se acaba de referir. Allí conocí a gente muy distinta e interesante, pero, desde el principio, me llamó la atención lo que Javier decía de los laicos, su vocación y su movilización. Hablaba tan bien y con las ideas tan claras que, aunque quería conocerle, no me atrevía a acercarme a él. Recuerdo una tarde. Después de misa me quedé haciendo oración, le pedía a la Virgen que me ayudara a conocerle. Al salir para irme a casa…, ¡allí estaba! (Aunque no lo diga, pidiendo lo mismo que yo). Allí comenzó todo.

• ¿Vuestro noviazgo?

M.J.— Si tuviéramos que destacar algo de nuestro noviazgo, sería la sencillez. Comenzamos a quedar para ir al cine juntos, a tomar una cerveza, y empezamos a conocernos. Cuando quisimos darnos cuenta, éramos novios sin habernos pedido salir.

El noviazgo fue un tiempo de conocimiento mutuo, de compartir sueños, de poner bases y de convivencia. Tuvimos un noviazgo «pesado» —tal como nos decían algunos— ya que nos veíamos todos los días.

J.J.— Y, ya al comienzo, tuvimos que pasar una primera prueba de fuego. A Susi le concedieron una beca y tuvo que ir a trabajar a Asturias. Nos las ingeniamos para pasar juntos los fines de semana. Aquel año fue maravilloso, allí comenzó a nacer nuestro matrimonio.

M.J.— Nuestro noviazgo fue, por las circunstancias de la vida, quizás demasiado largo, 5 años. Pero llegó un día en que nos dimos cuenta de que ya era el momento. Y así, un 20 de marzo, bajo el amparo de S. José, nos casamos.

• ¿Hay algún truco para conciliar la vida profesional con la vida familiar?

M.J.— Mi trabajo me ha exigido dedicarle muchas horas al día. Sin embargo, Javier siempre ha tenido un horario más razonable. Así que él es el que se ha ocupado, fundamentalmente, de la logística de la casa y de los hijos. Siempre intentando comprender mi situación y sin reproches. Yo, lo que más deseo en el día es llegar a casa.

J.J.— La clave es saber que lo más importante es que somos el uno para el otro y, desde ahí, algo que vivimos muy imperfectamente pero que marca nuestro matrimonio: amor es donación.

• ¿Recordáis algunos momentos difíciles durante el matrimonio? ¿Cómo se superan?

M.J.— Siempre tuvimos claro que nuestro amor tenía que ser fecundo en nuestros hijos. Pasaba el tiempo y los hijos no llegaban. Médicos, tratamientos y sensación de que esa llamada a la fecundidad quedaba truncada. Fueron momentos duros, muy duros…

J.J.— Me recuerdo en aquel tiempo sufriendo y aullando como Job, pero sabiendo que Dios no podía defraudar esa llamada. Y Dios abrió otra puerta, la mejor: la adopción.

M.J.— Nuestros cinco embarazos adoptivos fueron difíciles. El primero mucho. El segundo truncado. El tercero una puerta abierta inesperadamente. El cuarto tan complicado que no llegó a buen puerto y el quinto un regalo inesperado.

J.J.— Hemos tenido que ir a la otra parte del mundo a recibir a nuestros dos primeros hijos y la tercera nos llegó como un regalo inesperado aquí mismo. Si algo nos ha hecho comprender Dios, es que los hijos son frutos del amor y, como el amor, son un regalo.

• Y, ¿cómo se fomentan los momentos agradables, constructivos?

M.J.— Con sencillez, con normalidad. Sin proyectarlos. Intentando vivir juntos, el uno para el otro.

J.J.— Es verdad, siempre que hemos querido proyectar, hemos caído en el artificio y en vez de fomentar lo bueno, nos hemos encontrado con lo malo. En la vida no hay recetas y menos en la vida matrimonial.

• Los hijos, ¿qué papel juegan en la estabilidad matrimonial?

J.J.— Los hijos absorben y tienden a desestabilizar el matrimonio a menos que se tenga claro que el primer lugar no lo ocupan ellos. El primer lugar es el de Susi y solo desde ella cobran su sentido y su lugar.

M.J.— Siempre hemos tenido esa idea clara, aunque no nos resulta fácil ponerle patas porque muchas veces los hijos desbordan. Siempre, hemos intentado ir a una en la educación de los hijos y siempre, siempre, nos hemos recordado que si son nuestros hijos es porque, en primer lugar, nos queremos y tenemos que hacer que nuestro amor crezca día a día.

• Juan Pablo II decía que el hombre es capaz de compromisos definitivos. ¿Encontráis en la doctrina de la Iglesia apoyo para dar estabilidad a vuestro matrimonio?

J.J.— Siempre hemos huido de ese catolicismo sociológico que se atiene a lo que la Iglesia dice porque la Iglesia lo dice. Intentamos que nuestro matrimonio sea experiencia de Cristo donde la Iglesia, y lo que enseña, cobran sentido. El cristianismo es una historia de amor entre Cristo y nosotros y ese Cristo se nos da en la Iglesia, y la primera Iglesia es la iglesia doméstica. Susi es la Iglesia en mi vida. Entonces, ¿cómo no vamos a encontrar en la Iglesia universal y en su doctrina apoyo para nuestro matrimonio?

M.J.— Amén.

• 25 años juntos supone haber compartido muchas tormentas, muchas bonanzas, muchos inviernos, muchas primaveras… Para esos matrimonios jóvenes, todo ilusión, que empiezan, ¿algún consejo?

J.J.— Les diría: «amaos profundamente como Cristo ama a su Iglesia». No perdáis ocasión para amaros todos los días, a todas horas. Vivid el uno para el otro. Sin aspavientos, sin grandes cosas, en la sencillez de lo cotidiano con sus pequeñas cosas, sus placeres y dolores. Con todo. Recordad que el fundamento del matrimonio es que no podéis ser el uno sin el otro.

M.J.— Efectivamente. Yo no puedo pensarme sin Javier y él no puede pensarse sin mí ahora y siempre. ¿Poético? ¡No! Cotidiano.

Y otra cosa: No os canséis nunca de estar empezando siempre. ¿Os suena?