Érase una vez…

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Campamento circo de Gredos 1986
Campamento circo de Gredos 1986

Por Marcelo González

Era apenas un muchacho cuando, en presencia de un sagrario, oí a un hombre decir con un hilo de voz uncido de profundo anhelo:

—La historia de mi vida quiero que comience así…

Y, tras una breve pausa, como si estuviese leyendo un cuento, añadió:

—Érase una vez un hombrecillo de la tierra con un Dios que le quería mucho…

Siguió hablando y hablando con encendida pasión de la bondad y misericordia de Dios para con él. Era su voz, emocionada, puro sentimiento de gratitud. Su palabra, consciente ante la presencia del Señor, brotaba directa de su corazón y, aunque tenía los ojos abiertos para mirar, su brillo traslucía un alma entregada, alerta, celosa de su Dios.

Así lo recuerdo.

Era Abelardo de Armas. Un hombre sumergido en Dios.

Abelardo se dejaba querer por Dios. Era su forma de amarle.

Por lo que le escuché era muy consciente que el Señor le había rescatado del abismo y había pagado por él un precio muy alto. Con predilección de Padre. Él le había llamado por su nombre. Él le había elegido. Y Abelardo aceptó la llamada. Por su amor abrazó la pobreza y de su mano se mimetizó con el Evangelio hasta desaparecer en él.

Abelardo no era hombre de medias tintas.

Convencido de la empresa encomendada por el Señor y de su inutilidad y debilidad se le oía cada día suplicar el amparo de María, la venerada Madre, su refugio, cuyo nombre tenía siempre en la boca.

Abelardo, literalmente, se abandonó hasta desaparecer en la misericordia infinita del adorado Corazón de Jesús, única pasión de su vida. Por eso nos repetía que la historia de su vida debía comenzar así: Érase una vez un hombrecillo de la tierra con un Dios que le quería mucho…

Le oí reiteradamente ofrecerse al Señor para, aunque indigno siervo, servirle con manos y pies, alma y corazón, salud y enfermedad, hasta la aniquilación total de su ser, a su mayor gloria si era la voluntad del señor Jesús. Dispuesto con una sonrisa a la inmolación total de la vida en silencio y olvido.

Recuerdo cuando, encendido el corazón, cantaba —inolvidable— aquello de:

Señor te bendigo
por lo que me das;
si nada me das,
también te bendigo.
Te sigo riendo
si entre rosas vas,
si vas entres espinas
y zarzas te sigo.
Contigo en lo menos,
contigo en lo más,
y siempre contigo
pues eres mi amigo
y conmigo vas.
Y siempre contigo
pues eres mi amigo
y conmigo estás.
[…] Dame tu sonrisa
dame tu perdón […]

Escuché algunas veces esta canción, pocas —escribo de memoria—.

La primera vez fue en Villagarcía de Campos (Valladolid) —recuerdo el ambiente, la luz…— durante la eucaristía de los Cruzados, su voz inflamó el aire como el fuego la leña y su llamarada inflamó el corazón para siempre como una oración ardiente y viva. Han pasado 41 años, sus notas siguen consumiendo, inextinguibles, el interior del tiempo de la vida. Su luz me acompaña, me ilumina y me fortalece con cada nueva respiración.

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