España en la encrucijada

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Puerta del Sol de Madrid
Una calle de Madrid puede refleja la encrucijada española.

Nuestra época vive, con distintos nombres, un proceso cultural en el que se trata de evitar cualquier referencia trascendente al ser humano; las personas —en general— viven en el aquí y ahora sin abrirse al futuro, sin concebir ningún tipo de valor absoluto: ni religioso, ni estético, ni social, ni político.

Esto conduce a que numerosas personas se encuentren sin raíces y sin esperanzas, buscando con frenesí experiencias fáciles y superficiales que puedan llenar el vacío existencial o superar el hastío que las invade… Carecen de proyectos y de compromisos duraderos vinculados a principios éticos fundamentados en la cultura cristiana.

Cada vez son más las personas en todo el mundo, pero más en Europa y más todavía en España, que viven confusas, inmersas en un cierto caos moral. No hay certezas; cualquier perspectiva ética se percibe como relativa, subjetiva y carente de valor universal. Se vive, en términos políticos y culturales, en esa especie de dictadura del relativismo a la que se refería el papa Benedicto XVI, y que marca los pasos de una nueva era que se distancia de la cultura cristiana y de cualquier movimiento en el que predominen principios éticos universales, valores morales capaces de unificar a los ciudadanos y otorgarles identidad comunitaria europea y cristiana, principios cívicos cuyo núcleo fundamental se comprometa en la defensa de la dignidad de cada persona.

Hoy da la impresión de que los líderes políticos europeos se han empeñado en alejarse cada vez más de lo que ha supuesto la cristiandad durante siglos como fenómeno cultural, moral, político y religioso. Es más, nos atreveríamos a decir que lo que se percibe en muchos países europeos es algo así como una cierta cristofobia, un rechazo visceral a todo lo cristiano, parece obsesivo el objetivo de la deconstrucción del humanismo cristiano.

No hace mucho, un político español de centroderecha afirmaba: «Unos principios inquebrantables te convierten a una opción inútil», y, sin embargo, uno de los fundadores de la Unión Europea, Robert Schuman (1886-1963), llegó a afirmar que «a Europa la distingue que está formada por democracias que deben su existencia al cristianismo, el primero que enseñó la igualdad de naturaleza de todos los hombres, hijos de un mismo Dios». Parece que Schuman sí tenía principios inquebrantables.

No parece —y es una pena— que quienes gobiernan hoy las instituciones europeas valoren en absoluto las raíces cristianas de las democracias occidentales, que era algo fundamental para los padres fundadores.

Y esto es manifiestamente evidente en España; por eso deberíamos ser conscientes de que el declinar de la fe religiosa conduce a un aumento del nihilismo, y esto está llevando —con la agresividad de unos y la pasividad de otros— al mundo, y particularmente a España, a una encrucijada preocupante.

La encrucijada es preocupante, sí, pero, gracias a Dios, hay realidades esperanzadoras.

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