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title: "España, una herencia que nos compromete"
description: "Por Juan Gutiérrez del Pozo Si preguntáramos en la calle al ciudadano normal por qué se celebra el 12 de octubre el día de la Hispanidad, o por qué Santiago apóstol es patrono de España, o por..."
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date: 2018-10-01
modified: 2023-02-28
author: "y otros autores"
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tags: ["Revista nº 312"]
type: post
lang: es
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# España, una herencia que nos compromete

**Por Juan Gutiérrez del Pozo**

Si preguntáramos en la calle al
ciudadano normal por qué se celebra el 12 de octubre el día de la Hispanidad, o
por qué Santiago apóstol es patrono de España, o por qué la Inmaculada es día
festivo todos los años, lo más probable es que se encogiera de hombros y poco
más. Y si es un adolescente, posiblemente, el gesto de desinterés lo diría
todo.

Por otro lado, estamos
asistiendo en la vida pública a una confrontación extrema y continuada sobre el
valor de España, en que su supervivencia como unidad política multisecular
parece estar fundada solo en el peso de la ley (la *Constitución*), frente a la que se
alzan reivindicaciones emocionales y sentimentales, al abrigo de las libertades
y derechos democráticos que el propio Estado español garantiza.

Curiosamente, en el
debate ideológico de fondo, a menudo

se olvida que si España no es un bien común de los pueblos que la componen, si
sus ciudadanos no advierten las herencias de donde vienen y no están dispuestos
a vitalizarlas como riqueza compartida, entonces es muy posible que los «hechos
diferenciales» de algunos de sus integrantes se tornen causas de crisis y
disolución.

¿No es esto
lo que nos está pasando?

## **Un poco de historia**

La realidad histórica de España es muy antigua. Sus orígenes
se remontan a la creación de la monarquía visigoda, que basaba la unidad
política de Hispania en la homogeneidad cultural y religiosa de los pueblos que
la habitaban, de manera que la herencia romana predominante constituía el
fermento de transformación de la identidad germánica de la minoría dirigente
visigoda. Fue el III concilio de Toledo (589) el marco en que se selló, bajo el
liderazgo de la Iglesia católica, esta primera configuración de España.

Tras
la «pérdida de España» que la invasión musulmana de 711 causó, la reacción
emancipadora de los reinos del norte contra Al-Andalus tuvo una justificación
doble e interrelacionada. Por una parte, se pretendía la recuperación de la
unidad visigoda, y por otra se apostaba por la identidad cristiana que enlazaba
los reinos peninsulares con la primera Europa que por entonces se iba forjando
con el nombre significativo de Cristiandad, porque la nueva cultura y los
valores sociales emanados de los grandes principios de la fe, impregnaban
progresivamente todas las esferas de la actividad humana de Occidente. El
proceso de reconquista española es, sin duda, el hecho más significativo de
nuestra Edad Media y un caso insólito, pues no existe en el mundo otro país
configurado durante siglos por el Islam y su cosmovisión, que haya vuelto a
recuperar su identidad anterior. Ello explica que en nuestra historia posterior
haya prevalecido un catolicismo militante como seña de España.

Con
la culminación de la reconquista (1492) por los Reyes Católicos, mientras se
desgaja el primer jirón, Portugal, del colectivo que hasta ahora han
significado los reinos hispánicos, se abre la gran hora de la acción exterior
española: Coherentemente con su pasado, la conquista y colonización de América
se concibe como una prolongación de la reconquista medieval y, por tanto, como
la forja de la «prolongación» de España en las Indias occidentales. De este
modo, y como recordó con admiración el papa san Juan Pablo II en su primera
visita a España en 1982, *gracias sobre
todo a esa simpar actividad evangelizadora, la porción más numerosa de la
Iglesia de Cristo habla hoy y reza a Dios en español.*

Al mismo tiempo, la Monarquía
Católica, término usado para España por la diplomacia de los siglos XVI y XVII,
se convertía en la firme defensora política del catolicismo en el contexto de
las guerras religiosas derivadas del «tsunami» que significó la explosión del
protestantismo, y en el bastión de la Cristiandad frente al imperio musulmán
otomano que desde el oriente turco amenazaba Centroeuropa y el Mediterráneo. Al
mismo tiempo, en su interior, España vivía su edad de oro de la cultura,
firmemente anclada en sus valores católicos, que en *El Quijote*
alcanza una cumbre universal y clásica de la visión humanista y cristiana del
ser humano.

Curiosamente, los avatares del
siglo XVIII plantean por primera vez el tema de la decadencia de España, a
tenor del recorte territorial de nuestro imperio europeo (por los tratados de
Utrecht, 1713) y del agotamiento de recursos económicos y humanos que la misma
política exterior ha conllevado en el siglo anterior. No obstante, España
muestra capacidad de recuperación en todos los órdenes en la segunda mitad de
este siglo y en el ámbito cultural alumbra una «ilustración cristiana» que no
encontrará seguidores.

El
siglo XIX y el primer tercio del XX verán crecer el debate sobre la identidad
católica de España. El «problema» de España trasciende los asuntos
estrictamente económicos (escasa industrialización) y políticos (organización
centralista del Estado liberal) para convertirse en una pugna ideológica sobre
el ser de España, su historia y su cultura, en que se enfrentan básicamente dos
posturas: La revolución que viene en oleadas sucesivas (liberal y socialista)
del occidente europeo con su conciencia crítica y su aspiración a crear «otra»
España, y la vitalidad que, en maneras diversas, muestra la herencia católica
del pasado. Una parte de las raíces del terrible enfrentamiento de la guerra
civil se vislumbra aquí.

## **La memoria histórica**

¿Es conveniente y posible para España encontrar un remedio a
este conflicto entre la tradición que la ha hecho reconocible en su historia y
un presente tan plural y fragmentado?

Creo que es una empresa necesaria
y vital en la que se juega mucho más que un destino político. Las
colectividades, como las personas, no pueden vivir sin memoria (pasado y
raíces) ni sin esperanza (promesa de futuro). Del pasado, del mejor pasado,
reflexionado y asumido, sabiendo cerrar con tiento sus heridas y frustraciones,
se obtiene la savia y la energía para resolver los retos del presente y caminar
confiados hacia el porvenir.

Si asumimos con sinceridad nuestro
pasado colectivo, no podemos dejar de reconocer que la secular historia de
convivencia compartida de todas las regiones y pueblos de España, es un valor
decisivo de nuestro presente y que, como ya recordó en 2006 la Conferencia
Episcopal Española, existe «una responsabilidad respecto al bien común de toda
España […] (porque) ninguno de los pueblos o regiones que forman parte del
Estado español podría entenderse, tal y como es hoy, si no hubiera formado
parte de la larga historia de unidad cultural y política de esta antigua nación
que es España». Por lo tanto, tenemos raíces.

Ahora bien, el pasado no viene con
su propio manual de instrucciones. El desentrañamiento de sus porqués, de sus
caminos y sus bifurcaciones, no es tarea de eruditos. Todos los ciudadanos de
un país contamos con un conjunto de tradiciones y elementos básicos que
posibilitan reconocernos y reconocer a nuestros abuelos. Por tanto, eso que hoy
está tan en boga, la memoria histórica, es un componente decisivo de la vida
pública, y todos tenemos el derecho y el deber de contribuir a su
configuración. Para ello, hoy se hace necesario reaccionar frente a la
ideologización y el falseamiento de la historia que, en el caso que estamos
comentando, se empeña por subrayar lo propio y singular en contraposición con
lo compartido o por construir lo diferencial como fragmento segregado
selectivamente de lo compartido.

## **Alma y corazón**

Ahora bien, hay un tema si cabe más profundo y decisivo:
«¿Tiene alma España?» En el contexto de la civilización que compartimos con el
resto de los países de Europa, ¿hay algo que nos define en profundidad, que
singulariza lo español?

Esta cuestión ha hecho correr ríos
de tinta entre pensadores y ensayistas nacionales y extranjeros. Pienso que en
todo caso no puede ignorarse que el sentimiento nacional español ha estado
hondamente marcado por la religiosidad católica.

Es imposible entender nuestro
pasado sin la referencia a la «explosión de lo divino» (Bennassar) que ha
caracterizado tantas empresas y personalidades del proyecto histórico de
España. Piénsese en el bélico «Santiago y cierra España» de nuestros Tercios, en
la defensa de la Inmaculada de nuestros doctores y Universidades, en la «lucha
por la justicia» (Hanke) en la colonización de América que «adoptó en España,
desde mediados del siglo XVI, mayores dimensiones que en cualquier imperio
transoceánico» (Payne), basada en la nueva escuela teológico-jurídica de
Salamanca, que alumbró los principios del derecho internacional.

Parece también imposible pensar en
el legado cultural y artístico español sin advertir la difusión universal de
nuestros místicos santa Teresa de Jesús y san Juan de la Cruz, o la divulgación
popular de las imágenes piadosas de pintores e imagineros, sobre todo del
Barroco, que alcanza su máximo fervor espiritual y un efecto inigualable de
teatralidad y fascinación al trasformar nuestras calles en otras Vías Dolorosas
en las procesiones de Semana Santa.

## **El reto del presente**

Es legítimo que los católicos españoles miremos con sano
orgullo la aportación fructífera y bienhechora, más allá de los claroscuros de
toda obra humana, que el catolicismo ha propiciado en nuestro pasado.

Conviene también que valoremos y
reconozcamos otras huellas más recientes e igualmente fecundas, que confirman
el importante y secular papel de la religión, no circunscrito exclusivamente a
ser guía moral o cultural de gran parte del pueblo español. Por poner un solo
ejemplo: Casi todas nuestras Cajas de Ahorros provinciales, hoy tristemente
desaparecidas, y Cajas Rurales nacen con el catolicismo social en torno a los
inicios del siglo XX. Pero no debemos quedarnos anclados ni en la arqueología,
ni el panegírico, ni en el lamento.

El reto actual es vivificar la
herencia católica en un contexto muy distinto: Nuestra España forma parte hoy
de un espacio social occidental plural y secularizado, en el que los católicos
debemos insertarnos sin complejos, desde el respeto de la libertad legítima de
todos los actores sociales.

No es tarea sencilla ni de corta
duración. Exige opciones valientes basadas en fuertes convicciones personales,
lleva tiempo, formación en vida interior y asociacionismo de los laicos para
evitar un individualismo que esteriliza cualquier acción.

Pero los tiempos lo reclaman: Hay
que dar urgente respuesta a los desafíos presentes desde el carácter
trascendente y comprometido («encarnado») que el pensamiento católico ha
impregnado el «alma de España». Lo demanda la pérdida progresiva de la
conciencia del carácter sagrado de la vida humana, del valor social
insustituible del matrimonio y la familia, del destino universal de los bienes
(económicos) y la solidaridad, y un largo etcétera.

Como nos decía san Juan Pablo II
en la despedida de su primer e inolvidable viaje a España: «Con mi viaje he
querido despertar en vosotros el recuerdo de vuestro pasado cristiano y de los
grandes momentos de vuestra historia religiosa […] Sin que ello significase
invitaros a vivir de nostalgias o con los ojos sólo en el pasado, deseaba
dinamizar vuestra virtualidad cristiana. Para que sepáis iluminar desde la fe
vuestro futuro, y construir sobre un humanismo cristiano las bases de vuestra
actual convivencia. Porque amando vuestro pasado y purificándolo, seréis fieles
a vosotros mismos y capaces de abriros con originalidad al porvenir».

***Todo un programa de vida.***
