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title: "Esperanza"
description: "La muerte de Vicente Guillén, cruzado de Santa María (a quien no tuve la ocasión de tratar personalmente, pero cuya enfermedad seguí a través de sus hermanos de Instituto), el 16 de septiembre..."
url: https://revistaestar.es/esperanza/
date: 2018-12-01
modified: 2023-02-28
author: "Abilio de Gregorio"
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categories: ["Tribuna libre"]
tags: ["Revista nº 313"]
type: post
lang: es
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# Esperanza

***La muerte de Vicente Guillén, cruzado de Santa María (a quien no tuve la ocasión de tratar personalmente, pero cuya enfermedad seguí a través de sus hermanos de Instituto), el 16 de septiembre de 2018, me ha llevado a reflexionar acerca de la pulsión de la esperanza.***

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Es un tópico la
afirmación de que el anciano vive mirando al pasado porque es consciente de que
cada vez se presenta más menguado el horizonte del futuro. Ello podría llevar a
pensar que la senectud es una edad en la que no tiene cabida la esperanza. Sin
embargo, como viene a decir el médico humanista Pedro Laín Entralgo, la
naturaleza humana posee una estructura que incluye la realidad dinámica de la
esperanza, estructura que permanece mientras hay naturaleza humana.

El hombre es un
ser proyectante: vive casi en estado de proyecto. En el fondo, es lo mismo que
afirma Hannah Arendt al mantener la idea de que no es posible vivir una vida
humana sin el perdón y la promesa. No hay sentido para la vida sin esperanza:
esta está implícita en la vida. Esa tendencia natural a la supervivencia, a
mantenerse en la vida, a perdurar, hace que, como observaba Cicerón, por muchos
años que lleve vividos un anciano, siempre desea y espera un poquito más. Ahora
bien, esa tendencia a la supervivencia no creo que sea solamente duración, sino
deseo, tendencia y esperanza de «sobre-vida», de mejor vida, de contenido de
vida, es decir, de vida contenta, de llegar a ser más, de que la vida tenga más
sentido. Es más: creo que la esperanza inscrita en nuestra naturaleza apunta a
un «seguir siendo» y a un «ser para siempre», o, como exclamaba Unamuno: «tengo
hambre de eternidad». Creo que es ésta la esperanza que nos constituye.

Se puede mirar
al pasado con pesimismo cuando se constata que se ha «perdido el tiempo» en la
obra de vivir. Mas, aunque así fuera, siempre existe la posibilidad de
recobrarlo haciendo fecundo el presente. Ciertamente, no se recupera el tiempo
que es irremisiblemente pasado, pero se puede recuperar el sentido que
irresponsablemente se perdió. Y para ello habrá que preguntarse si hay algo que
me permita «seguir siendo» y «ser para siempre».

Así, pues, la
esperanza no es ese optimismo infantiloide y bobalicón que se niega a mirar a
la realidad en el convencimiento de que lo que no se mira, no se ve, y lo que
no se ve, desaparece. Ni es simplemente un estado de ánimo o una estoica
resignación. Entiendo la esperanza como una adhesión cognitiva y vital a una
promesa. En el fondo, más allá de los distingos académicos, la esperanza es
confianza, es fe. No se trata de creer algo que me permite aguardar expectante,
sino de creer en alguien (Alguien en cristiano) que me prometió seguir siendo
superando el fracaso de la muerte.

Tampoco la
esperanza puede actuar de placebo ante las dificultades de la vida. Ni evita el
dolor ni suprime el miedo cuando ambos se hacen presentes. Es más: parecería
que la esperanza encuentra un humus especial de crecimiento allí donde hay
miedo y sufrimiento. Basta acercarse a un hospital para advertirlo: la
esperanza sobrevive a la ruina más total del organismo. Sin embargo, la
esperanza tiene la virtualidad de liberar de las tenazas paralizantes del
sufrimiento y del miedo.

Pero el hombre,
que está hecho constitutivamente para la esperanza, puede vivir como quien
espera solamente en los contornos del mundo o como quien espera en plenitud. A
la vista de la vulnerabilidad de la condición biológica humana y la fugacidad
del tiempo, es natural que, en la intimidad del alma, se sienta la necesidad de
elevarse a una manera de esperar sustancialmente por encima de la naturaleza
humana. Es en estos lindes donde aparece la esperanza cristiana: esperanza de
ser más, seguir siendo y ser para siempre, porque es una esperanza anclada en
Aquél que venció al sepulcro y prometió un vivir para siempre. Y su promesa y
él son de fiar.

Si el hombre
lleva en su urdimbre natural el impulso a la esperanza, tiene que ser muy
diferente el final del trayecto de quien nada espera, de quien anhela un
encuentro en el que la fe y la esperanza se transforman conclusivamente en una
explosión de amor. Quienes han tenido la oportunidad de estar cerca de esos
finales de camino lo saben, y saben que la despedida de un «esperanzado con
causa» suele ser de otro orden para quien se va y para quienes lo lloran.

Pero esta
esperanza cristiana no se improvisa seguramente en los momentos de incitante
necesidad. Esta esperanza me parece que llega a formar parte de una matriz
cognitiva personal cuando se ha habituado a lo largo de su vida a mirar, leer,
interpretar la realidad cotidiana, y a interactuar con ella, desde los
supuestos cristianos. Y ¿no es precisamente esto la fe?

Si el hombre es, como afirma Laín Entralgo, *naturaliter* orientado a la esperanza, entonces habría que concluir que el mundo será de quienes sean capaces de transmitir esperanza. ¿Es casual que incluso las ideologías más perversas han logrado permeabilizar a las gentes cuando han conseguido transmitir mensajes empaquetados en promesas de paraísos futuros?

Me permito el
atrevimiento de unirme al cruzado de Santa María, Vicente Guillén, para decir:
yo creo, Señor, que Tú me esperas al final del camino con el mismo mimo que me
estás acompañando en el trayecto.
