Por José Javier Lasunción, profesor de Historia
Hoy está de moda la reconversión pastoral de las parroquias para adaptarlas a las nuevas condiciones religiosas de la post cristiandad o las propuestas de primer anuncio, de llevar a la calle la novedad cristiana por excelencia. También la expresión de minorías creativas, para indicar que los grupos católicos deben provocar la transformación del entorno y la evangelización de los alejados.
Podemos preguntarnos si el Movimiento de Santa María tiene que ver con todo esto. Relacionemos, entonces, las ideas de actualidad con la doctrina del P. Morales, que es nuestro inspirador fundacional.
Lo primero que destaca es que, efectivamente, el P. Morales fue un convencido de la urgencia de la nueva evangelización, insistiendo en la conversión personal como su primer paso. Y para ello propuso la movilización en profundidad y extensión de los laicos. Este sería el término propio de nuestro Movimiento paralelo a reconversión pastoral y minoría creativa.
En los años 40 y 50 del pasado siglo, cuando iniciaba su actividad pastoral, Tomás Morales denunciaba el catolicismo vigente en España como mediocre, sociológico y burgués. Censuró el «infantilismo del apostolado» (centrar la pastoral en la infancia, descuidando o tratando infantilmente a los adultos). Comprendió que el reto era la pérdida de la fe.
«Todo el mundo, toda la tierra, hoy, es país de misión. Antes había que saltar las fronteras para buscar a los que no creían en Dios. Ahora me los encuentro en Cuatro Caminos, o en Vallecas, o en la Universitaria, en el metro, o en cualquier sitio… El fenómeno más grave de nuestros días es que el mundo ha perdido hoy la fe religiosa». En la primera edición de Laicos en marcha, había escrito que los jóvenes «empiezan en seguida a perder la fe de su niñez. No es que abracen otra religión —algunos pocos también—, es que comienzan a creer en otros dioses, adoran dinero, placer, hombre o mujer. Acaban pensando que esta vida es la vida, y lo religioso adquirido en la niñez queda —si queda— convertido en algo sobrepuesto a la vida, pero que no es la vida misma» (LM[i], 18).
Ante la gravedad del momento, ¿qué propone el P. Morales? Ideó una solución radical: movilizar a los laicos, suscitando minorías que sirvieran para despertar al «gigante dormido», el laicado católico inconsciente de su vocación bautismal.
Conociendo la incidencia del secularismo preponderante en mentalidades y comportamientos, estaba convencido de que solo el testimonio inmediato de los cristianos inmersos en las realidades temporales más variadas podría corregir la tendencia imparable de la secularización y garantizar la cristianización de personas y estructuras. «Para el noventa por ciento de los madrileños, quien anuncie a Cristo no será el sacerdote. Porque no irán a misa; no tienen contacto ninguno con la Iglesia. En cambio, ese laico que está metido como compañero, y como hermano, en medio del trabajo, de la actividad profesional, ese sí puede ser el puente para que salten a Cristo».
Por eso, la primera propuesta de Tomás Morales es que los laicos busquen la santificación personal, adquiriendo mediante la autoeducación criterios sólidos, fuerza de voluntad, equilibrio emocional y libertad y generosidad en el amor. Toda una invitación a ser, con la propia vida, un «formador de formadores», un apóstol de laicos, no desde la distancia o la superioridad, sino codo con codo.
Cree y predica con entusiasmo y convicción el poder transformador de las minorías en la historia espiritual del mundo. Siempre y cuando sean fieles a su fuerza interior, a su singularidad espiritual y sean consecuentes en la práctica. En ello, se muestra concorde con el testimonio de san Cipriano de Cartago (mártir en 258 d. C.), que se enorgullecía del comportamiento cristiano frente al convencional de su tiempo exclamando «nosotros, apreciamos más ser virtuosos que parecerlo; no hablamos de cosas grandes, sino que las ponemos en práctica» (Patientia, 3).
El P. Morales propone multiplicar minorías con capacidad de influjo a largo plazo: «El mundo será gobernado por una minoría de selectos, que con audacia y decisión arrastre con su vida a los demás» (FH[ii], 85). «Una minoría troquelada en exigencia y fidelidad, firme y consecuente en la fe, puede transformar el mundo» (LM, 84).
Para formar estas minorías, el P. Morales postula una «mística de la acción». Es decir, privilegia el compromiso concreto frente a la reflexión teórica. A los jóvenes, dice, «hay que hacerles sentir la alegría de la acción, empapar su corazón y su inteligencia en la poesía de la lucha diaria en bien de los demás. Es preciso desterrar la prosa monótona y caduca de darlo todo hecho, que anula en el joven la facultad de pensar y querer» (LM, 19-20).
Expone con insistencia y detalle el valor preponderante de la vida interior. Esta se desarrolla en tres niveles interrelacionados: primero, oración solitaria; segundo, presencia de Dios en la actividad ordinaria, y tercero, como fruto visible de la oración, ejemplaridad alegre y sencilla en el cumplimiento del deber familiar, profesional, social. Se trata, por tanto, de una espiritualidad encarnada.
Tomás Morales se inspira en el evangelio y no en las técnicas de marketing o del influencer, sino en la humilde eficacia de la levadura y del grano de trigo. Por eso, aun animando a los laicos a comprometerse en las estructuras sociales, propone a todos, y siempre, la acción concreta y callada a favor de cada persona del entorno, haciendo de ella sujeto de amor y no objeto de conquista. Es decir, privilegia el trato alma a alma sobre la actividad de masas.
En conclusión, sueña con una «minoría silenciosa de santos menudos que sepan ocultarse y desaparecer en la monotonía del deber de cada hora» (HL[iii], 13). Se hace eco del mensaje de la Virgen en Fátima y lleno de esperanza asegura: «La Virgen, en su corazón maternal en que los pequeños y miserables son los mejor acogidos, quiere troquelar almas que cambien el mundo sin abandonarlo» (HL, 556).
La evangelización es hoy más perentoria. «Lo que tenemos delante es una sociedad pagana. Y porque es un paganismo nacido del rechazo del cristianismo, es mucho más duro y resistente al Evangelio que el paganismo precristiano» (Lesslie Newbigin). Debemos reflexionar y discernir cómo reducir el salto cultural y mental que nos separa de los no creyentes. Si queremos mantener vivo el legado del P. Morales, urge la creatividad en su aplicación concreta. Así seremos verdaderamente sus continuadores.
[i] Laicos en marcha.
[ii] Forja de hombres.
[iii] Hora de los laicos.






