Fascinado por la Belleza

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Daniel Rodríguez Diego, ordenado sacerdote el 27 de abril
Redacción ESTAR
En la tarde del sábado 27 de abril, nuestro colaborador
Daniel Rodríguez Diego recibía la ordenación sacerdotal en la Catedral de la Almudena
de Madrid, de manos del Cardenal Arzobispo Antonio María Rouco Varela, junto
con otros 21 jóvenes diáconos, y rodeado de familiares y amigos.
Nacido en Zamora hace 32 años, y formado como militante de
Santa María, Daniel -siempre Dani para los que le queremos- estudió Historia
del Arte en la Universidad de Salamanca, Humanidades en la de Navarra y
Teología en la Facultad de San Dámaso, de Madrid, donde se dedica de modo
especial al estudio de la espiritualidad oriental.
Ejerció como profesor de religión católica en el colegio Luis
Amigó, de Pamplona, y participa desde hace unos años en el Centro Aletti, que dirige
el P. Marko Rupnik SJ, y que promueve la convivencia de ortodoxos y católicos
de rito oriental y latino. Ha sido destinado a la parroquia de San Jorge de
Madrid.
En la Jornada Mundial de la Juventud de Colonia, en 2005,
recibió la gracia de reconocer cómo a lo largo de su vida -más claramente desde
los 11 años-, se había insinuado una llamada de Dios que hoy se abre a una
dimensión extraordinaria, a una historia de amor y de comunión, de
identificación con la belleza de Cristo crucificado.
La Catedral de Santa María de la Almudena se quedó francamente
pequeña para todos los asistentes que acompañaban a los ordenandos.
La ceremonia fue presidida por el Cardenal Arzobispo de Madrid,
Antonio María Rouco Varela, al que acompañaban sus obispos auxiliares y el
obispo de San Sebastián, José Ignacio Munilla. En sus palabras, el ordenante recordaba
a los jóvenes que se disponían a recibir el don del sacerdocio: “Tenéis que
sentiros elegidos y amados por el Señor para edificar la Iglesia… habéis sido
muy amados por el Señor. Elección y llamada que hoy se convierten ya en
consagración, en realidad sacramentalmente transmitida y donada, y que supone por
parte de Jesús un gran amor de predilección por vosotros, al que debéis de
responder en vuestra vida con un mismo amor perseverante, fiel y verdadero; es
decir, entregado… Vuestra misión, prosiguió, va a ser la de hacer vivo ese
sacerdocio en medio de vuestro pueblo, para que todo el pueblo participe de esa
vida y de esa gloria del Señor, de su amor”.
Y añadió: “El hombre necesita creer porque necesitar conocer
la verdad, necesita esperar porque la muerte no puede ser su destino, y
necesita ser amado y amar porque, si no, se convierte en un absurdo de
existencia, en sí mismo, y un instrumento de dolor y muerte para todos”.
Exhortó finalmente a los que iban a ser ordenados
presbíteros a no tener “miedo ni al presente ni al futuro”. “Tenéis que
perseverar en la fe. Ejercer un ministerio que tiene que estar siempre vivo: en
la predicación, en la celebración de los sacramentos, sobre todo en la
presidencia de la Eucaristía, en la penitencia, en el perdón de los pecados y
en el estar siempre cerca del que sufre y del que busca gracia, amor, perdón,
solución y bienes de todo tipo, tanto materiales como espirituales”.

“La Iglesia os acompaña con su oración para que no vaciléis
nunca. Que vuestra firmeza en la fe, vuestra apuesta por la esperanza y vuestro
testimonio con una vida entregada en el amor sea siempre la señal y el
distintivo de vuestras vidas”, manifestó.