«Fui forastero y me acogiste»

Una experiencia de más de diez años

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Trabajo
Trabajo

Por Jesús Segura Zariquiegui

Verano del 93, estoy de ejercicios espirituales con la Milicia de Santa María en Villagarcía de Campos y, después de unos días de profunda oración y habiéndolo meditado mucho, tomo la decisión de acercarme a Cáritas e involucrarme de forma permanente en algún tipo de voluntariado, preferiblemente, con niños. En Cáritas me ofrecen colaborar en un programa nuevo que se va a abrir, y que se llamará Burgos Acoge, y será una asociación que se dedicará a la acogida de los inmigrantes, a la denuncia de las situaciones injustas por las que pasan, y a la concienciación a favor de su integración en Burgos. ¿Yo? ¿Con negros, árabes, sudamericanos…? ¿Yo? ¿Con unas gentes que, en el mejor de los casos, me eran totalmente lejanas o incómodas? Este ofrecimiento me confrontó con una contradicción interna, me mostró una parte de mí que era oscura. Sencillamente tenía muchos reparos a estar con inmigrantes. En ese punto vi con claridad que había una llamada personal a cambiar y a dejarme sorprender por la vida. Me animé a decir sí al ofrecimiento y a fundar con otras buenas gentes Burgos Acoge. Dios escribe recto sobre renglones torcidos.

La primera lección de vida que recibí fue que se puede trabajar con personas que piensan de forma muy diferente por un objetivo común, en este caso: la acogida a los inmigrantes. Personas de fuerte vida en la Iglesia y otras, claramente de izquierdas, que vivían su compromiso en diferentes movimientos sociales de la ciudad, fuimos las que fundamos Burgos Acoge. Conseguimos superar nuestras diferencias —en la mayoría de los casos— porque teníamos una gran misión que nos unió muy por encima de lo que nos separaba.

Personalmente lo que me transformó de arriba abajo fue conocer a los inmigrantes: descubrir sus realidades, acogerlos cuando llegaban, ayudarlos a buscar pisos, trabajos, acompañarlos cuando los detenían por no tener papeles, y muchas vivencias más hicieron que pasaran de ser desconocidos invisibles a, en muchos casos, amigos. Ya no eran negros, moros, sudacas… eran Miko, Mohamed, Zoran…, personas con nombre y una historia que, en la mayoría de los casos, era muy complicada.

Ves que la inmensa mayoría son gentes honradas que vienen en busca de trabajo, de una vida mejor, huyendo de la miseria y de la guerra. Personas que con muchísimo dolor tuvieron que dejar sus casas, familias y países. En este punto, deberíamos preguntarnos las causas que generan esta desgarradora realidad por la que millones de personas se ven obligadas a emigrar, y qué es lo que nosotros podemos hacer para revertir esta situación.

Te das cuenta también de que los inmigrantes que viven entre nosotros, por su situación personal tan precaria, son objeto de continuos desplantes o directamente de explotación por personas sin escrúpulos. He conocido inmigrantes que trabajaban, por un euro a la hora, en jornadas de más de doce horas; también muchos casos en los que, después de haber llegado a un acuerdo para alquilar un piso por teléfono, al ver el dueño del piso que la persona con la que había hablado era extranjero, rompían la palabra dada. Muchos de ellos vivían —y viven— hacinados en pisos que no son dignos, a precios elevados, y podría seguir con muchas experiencias similares.

Las instituciones desde mi punto de vista tampoco han estado a la altura del gran cambio que se ha producido en la sociedad española. Según el Instituto Nacional de Estadística, la población extranjera en los últimos 16 años ha pasado de 1.572.000 a 4.719.000. En estos momentos un inmigrante que está de forma irregular, aun teniendo una oferta en firme de trabajo, debe buscarse la vida durante tres largos años sin posibilidad de regularizar su situación. Se les aboca a trabajar en la economía sumergida, con el miedo en el cuerpo, sabiendo que en cualquier momento se les puede deportar. ¿No sería mejor facilitar los permisos de residencia y trabajo cuando tengan un contrato firme, para que puedan trabajar de forma legal?

No nos podemos olvidar que la mayoría de inmigrantes han venido a cubrir puestos de trabajo en los cuales nosotros no queremos estar: agricultura, ganadería, hostelería, cuidados de personas mayores y otros muchos más. Está comprobadísimo que los inmigrantes aportan mucho más al Estado de lo que cuestan; tres de cada cuatro inmigrantes, en edad de trabajar, cotizan actualmente a la seguridad social.

Pero valorar solo desde un punto de vista económico es un gran error. Como dice el papa Francisco: en la cuestión de la migración no están en juego solo números, sino personas, con su historia, su cultura, sus sentimientos, sus anhelos… Personas que necesitan protección.

Y si hay personas que se aprovechan de los inmigrantes, que los desprecian, hay muchísimas más que hacen vida el pasaje del evangelio (Mt 25,35: fui forastero y me acogiste) y acogen, protegen, promueven e integran a los forasteros como nos pide Francisco en su mensaje de este año en la jornada mundial del migrante y refugiado. Gente de forma personal, en asociaciones, a través de las delegaciones de migraciones que hacen que ellos se sientan acogidos en tierra extraña, que luchan por sus derechos. También hay que reconocer la labor de nuestros misioneros que sirviéndoles en sus tierras de origen, sin lugar a dudas, hacen que haya menos inmigración, potenciando la vida local.

Y aquí estoy 25 años más tarde, aunque ya no soy voluntario de Burgos Acoge, sigo tocado por esta realidad, con una sensibilidad más abierta, intentando seguir comprometido con los inmigrantes, desde mi trabajo, mi asociación, desde mi experiencia de misión, en definitiva, desde mi vida. A mí que venía de una actitud distante, llena de prejuicios, Dios me regaló conocer a muchas personas que me transformaron para siempre, incluso soy padrino de un hijo de una muy buena amiga iraquí.

¡Sí que dan de sí los ejercicios espirituales, ¿eh?!