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El posible giro católico del siglo XXI: ¿moda, búsqueda o cambio profundo?

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Jóvenes levantan las manos en un concierto, símbolo de búsqueda espiritual y sentido en la cultura contemporánea
Una generación que, entre música y emoción colectiva, vuelve a preguntarse por lo trascendente.

Quizás va llegando el momento de que podamos hablar, con un poco de perspectiva, del giro católico del que muchos empiezan a opinar. No se trata de una etiqueta académica ni de un fenómeno de laboratorio, sino de un conjunto de señales culturales que apuntan en la misma dirección.

Ahí está, por ejemplo, Lux, el último disco de Rosalía, con un imaginario espiritual que no teme cruzar lo popular con lo litúrgico. Ahí está, también, el Premio Princesa de Asturias concedido al filósofo Byung-Chul Han, cuyo pensamiento ha resonado entre jóvenes que buscan algo más que rendimiento y ruido. Aparece, igualmente, Los domingos una película que retrata la fe sin caricaturas; la expansión de retiros como Emaús; el fenómeno juvenil de Hakuna; o la multiplicación de seguidores de series como The Chosen, donde la figura de Jesús vuelve a interpelar sin complejos.

Algo está pasando, sin duda. Parece como si nuestra joven generación saturada de pantallas, algoritmos y todo tipo de estímulos, empezara a redescubrir el valor de lo trascendente. No se trata necesariamente de un regreso masivo a la práctica religiosa, pero sí de un cansancio profundo del vacío. Nos han hecho creer que los jóvenes se alejaban de la fe por irrelevante o anticuada, pero hoy, sin embargo, muchas personas experimentan que el secularismo total tampoco los satisface.

Lo que se ha dado en llamar una modernidad líquida agota, y en ese descampado emerge el deseo de raíces, comunidad, silencio, trascendencia; por eso cada vez sorprende menos que propuestas que antes se veían demasiado religiosas ahora resulten atractivas.

Este giro no es uniforme ni está exento de ambigüedades. Convive lo espiritual con lo comercial, lo profundo con lo superficial, la verdadera búsqueda con la simple moda. Pero reducirlo a una estrategia de marketing sería ingenuo. Hay una necesidad real de sentido. Lo confirma el interés por autores que hablan de contemplación, por experiencias de oración que ofrecen descanso interior, o por comunidades que viven la fe con naturalidad y alegría.

¿Cómo posicionarnos ante esta situación? Tal vez la clave esté en no instrumentalizar el fenómeno ni desde la nostalgia ni desde el triunfalismo. Este movimiento no es un retorno al pasado, sino un intento —a veces titubeante, a veces sólido— de reconciliar fe y contemporaneidad.

Si de verdad hay un giro católico, no será por los nombres famosos que lo ilustran, sino por el latido interior de tantas personas que, sin ruido, vuelven a hacerse la gran pregunta de siempre: ¿para qué vivo?

Y ese terreno, fértil y frágil, merece ser cuidado con profundidad y esperanza.

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