Granos de la misma espiga

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Van Gogh, campo de trigo a la puesta del sol
Van Gogh, campo de trigo a la puesta del sol

En algunos museos arqueológicos se exhiben, ante la admiración de todos, granos de trigo que han permanecido más de 4.000 años enterrados en vasijas.

Pero resultan más admirables otros granos de trigo, hermanos quizá de la misma espiga, que —como dice el Evangelio—, cayeron en tierra, «murieron», se desarrollaron y produjeron 30, 60, 100 semillas. Algunas de estas fueron sembradas de nuevo, y así sucesivamente, año tras año, durante más de 4.000 generaciones. Podemos decir que los granos de trigo que sembramos y comemos hoy son «tataranietos» de aquellos que un día se inmolaron. Su identidad genética y sus frutos permanecen.

¡Cuánto aprendemos de las semillas! Nos enseñan que hay que morir para vivir. Que quien se ama a sí mismo y se afana en conservar su vida, la pierde, se convierte en semilla momificada de museo; pero quien se olvida de sí mismo y entrega su vida, el que ama a fondo y desaparece en el surco, da mucho fruto que permanece y se multiplica. Porque, «¿para qué sirve la vida si no es para darla?» (Paul Claudel).

Jesús, al relatar la parábola del grano que cae y muere dando mucho fruto, se nos revela a sí mismo: Él es la auténtica semilla que cayó en tierra por su pasión y muerte, y que resucitó dándonos como fruto la vida eterna. Manifestó así su amor hasta el extremo, ya que nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Fue grano de trigo molido y amasado en la Cruz, hecho pan eucarístico para nuestro alimento. Y ahora, viviendo en nosotros, nos impulsa a encarnar esta lógica del grano de trigo. Desgranemos algunas aplicaciones.

1. Saber ocultarse. Ganamos perdiendo, porque, en palabras del Señor, el que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. «La vida cristiana es un desaparecer para aparecer, morir para vivir, ocultarse en la noche para resplandecer al mediodía… Desaparecer a mí mismo, olvidarme, para que Dios vaya apareciendo en mi vida y acabe Él viviendo plenamente» (P. Tomás Morales).

2. Tener paciencia. Vencer el nerviosismo, la inquietud; aceptar el ritmo lento del desarrollo de la semilla. No por tirar de las hojas la planta crecerá antes.

3. Entregar la vida. De una vez —si Dios lo pide— como los mártires, o, como sucederá habitualmente, desgranándola poco a poco. Hay un verbo español (sin parangón en otras lenguas) que expresa bien esta actitud: desvivirse. Consiste en «mostrar incesante y vivo interés, solicitud o amor por alguien o algo». Todo lo contrario de actuar con apatía o rutina.

4. Dar fruto. No solo sembrando, actuando, sino sobre todo sembrándonos; entregándonos en lo que hacemos, siendo «semilla de santidad arrojada a manos llenas en los surcos de la historia» (Benedicto XVI).

5. En comunión. Somos granos de la misma espiga en Jesucristo. ¡Qué buena definición de la Iglesia y del Movimiento de Santa María!

6. Confiar a María nuestra vida. Ella es la tierra buena, de la cual brotó el mejor de los frutos, Jesucristo. ¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!, cantó Isabel en el primer avemaría de la historia. María custodia el crecimiento de su Hijo en nosotros. Haced lo que Él os diga, nos repite hoy. Este es en definitiva su mensaje en Fátima, del cual conmemoramos su centenario: «¿Queréis ofreceros…?»

«Madre: que aprenda a caer en la tierra y pudrirme. Que rindamos, no al treinta, ni siquiera al sesenta, sino al ciento por uno. Es el milagro de una santidad sencilla en medio del mundo. Que seamos buena tierra para Jesús» (P. Morales).