Hacen falta educadores de verdad

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La educación es uno de los asuntos más decisivos de
nuestro tiempo. Tanto en los escenarios formales -los sistemas educativos, los
currículos, la formación del profesorado, la política educativa, etc.- como en
los no formales -la familia sobre todo, pero también los medios de comunicación,
las redes sociales, el ambiente de la calle, las modas, etc.- se aprecia que la
educación está afectada por la crisis que aqueja a nuestra sociedad y a nuestra
cultura.
En 2008, afirmaba Benedicto XVI: “Debemos, preocuparnos
por la formación de las futuras generaciones, por su capacidad de orientarse en
la vida y de discernir el bien del mal, por su salud no sólo física sino
también moral… Ahora bien, educar hoy parece ser cada vez más difícil. Se
habla, por este motivo, de una gran «emergencia educativa», confirmada por los fracasos
que encuentran con demasiada frecuencia nuestros esfuerzos por formar persona
sólidas, capaces de colaborar con los demás, y de dar un sentido a la propia
vida.”
A través de la experiencia educativa se transmiten los
saberes, las experiencias, los valores, los hábitos, las actitudes… Se van
configurando las conciencias y forjando los caracteres. El referente de toda
educación es el adecuado perfeccionamiento de la naturaleza humana en cada
persona.
Pero el escenario educativo se puede convertir en lugar y
ocasión de manipulación si en lugar de fomentar la libertad responsable y la
búsqueda de la verdad, se orienta al niño o al joven hacia criterios,
comportamientos y concepciones indignas. En lugar de hacer posible que el niño
o el joven aprenda a pensar, a decidir y a actuar por sí mismo de acuerdo con
el orden moral objetivo y la dignidad de las personas, el manipulador fomenta
la inmadurez: pretende pensar, decidir y actuar en su lugar. Refiriéndose de manera
específica a la educación cristiana, el P. Morales solía repetir con Pío XI:
«El verdadero cristiano, fruto de la educación cristiana, es el hombre sobrenatural
que piensa, juzga y obra constante y coherentemente según la recta razón
iluminada por la luz sobrenatural de los ejemplos y de la doctrina de Cristo; o
por decirlo con el lenguaje ahora en uso, el verdadero y auténtico hombre de
carácter».
En el acto educativo una persona ayuda a otra a
introducirse en la realidad, a crecer en humanidad, a tomar decisiones y
ejercer su libertad de forma responsable y acorde con la verdad y el bien; a
captar y engendrar la belleza en el mundo.
Para ello, el educador se sirve de su pericia pedagógica,
pero ante todo de sus actitudes y valores personales: debe acompañar con el
ejemplo, debe exigir para incitar a la excelencia y a las demás virtudes.
En última instancia, la verdadera educación requiere la
dedicación amorosa -el amor busca siempre el bien de la persona amada- y el
respeto. Todo auténtico educador sabe que para educar tiene que procurar dar lo
mejor de sí mismo y que sólo así puede ayudar a sus alumnos a superar el
egoísmo para poder, a su vez, ser capaces del auténtico amor.
Suele decir Abilio de Gregorio que cuando un educador se
pone ante sus discípulos, tan sólo con su actitud ya les está diciendo: “el
mundo es así”. Por ello, ante todo, hacen falta educadores, maestros de vida.
Si hay verdaderos maestros que amen su labor, y transmitan lo que se esfuerzan
lealmente por vivir, a pesar de las insidias de todo tipo y de un entorno
moralmente demoledor, habrá esperanza para nuestros jóvenes.