Hemos estado cuatro

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Hemos estado cuatro
Hemos estado cuatro

Por Luis Vela

Hace ya algunos años, Abelardo de Armas (Abe) era profesor en una academia de capacitación de botones de un banco. Por allí andaba un jovencito de 16 años que acude a una tanda de Ejercicios que el mismo Abe daba. Como consecuencia, aquel joven pasó de indiferencia a fervor en lo referente a la vida espiritual. Fue un cambio radical que me entusiasmó de por vida.

Sintiendo que la mejor forma de agradecer lo recibido era compartirlo con los próximos, en este caso los compañeros de academia, y animado por el propio Abe, en mayo, me lanza a organizar las «flores a María».

Aquella tarde primaveral éramos cuatro contados, ante la imagen de la Madre de Dios. Una imagen, dicho sea de paso, que nos costó «Dios y ayuda» llevarla al centro docente. Era viernes, el día en que Abelardo nos daba clase de «Ética y Sociología». Al ver entrar a Abelardo me acerco a saludarle y le digo:

—Hemos hecho las flores; hemos estado cuatro.

Abelardo se quedó pensando. Yo esperaba que me fuera a decir lo que otras veces: «Un alma es suficiente diócesis para un obispo» pero no, sonrió y me dijo:

—Habéis celebrado la inauguración del nuevo local de la academia hace unos días.

—Sí, le digo, sin saber muy bien a qué venía ese comentario.

—Yo no pude venir a la fiesta. Hoy puedo hacer una pequeña actuación y después celebrar las flores.

De acuerdo, avisamos por las aulas, le respondí entusiasmado.

Aquel día, cuando acabaron las clases, nos juntamos toda la academia en el aula más grande, donde habíamos puesto la imagen de la Virgen. Abelardo se puso frente a nosotros y nos deleitó con «Guadalcanal». Era una parodia de la guerra, donde la música, de vez en cuando, la tarareaban los propios espectadores. Recuerdo cómo se ponía de cuclillas y, al mismo tiempo, hacía el ruido de las «lanchas de desembarco que trasportaban los marines». Aquellos muchachos de 16-18 años reían y reían, y cuando a continuación se les pidió cantar a la Virgen lo hicieron, recordando una niñez próxima en la que miraban con ojos limpios a la Madre.

Han pasado 41 años de aquel mes de mayo, hoy tengo un pequeño papel en un musical que es homenaje a Abelardo. Algunas veces pienso: ¿Qué pinto yo aquí, rodeado de jóvenes llenos de vitalidad? Entonces, recuerdo aquella tarde de mayo, aquellas «lanchas de desembarco», aquel «Jimmy», que era un valiente… aquella lección que me dio Abelardo.

En las primeras «flores» éramos cuatro, en el primer musical más de cuatrocientos. Han pasado muchos años, más de cuarenta, y yo sigo intentando, a mi manera, llevar a los que me rodean aquella lección que aprendí de Abelardo.