Id al mundo entero y proclamad el Evangelio

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Id al mundo entero
Id al mundo entero

Por Gerdis Alexandra Castro Santana

En este verano fui con una religiosa, la hermana Mayra, durante un mes, a visitar algunas de las comunidades religiosas de las Hermanas Misioneras de Santa Teresita del Niño Jesús, en Medellín. Una de las casas era la de las mayores. Me quedé sobrecogida de emoción, cuántas vivencias, cuánta vida han dado estas religiosas que, permaneciendo fieles a su sí, se han gastado llevando el Evangelio por lugares inhóspitos, muchas veces pasando peligros, enfermedades, soledades, ¡cuánto amor expresado y vivido por amor a Dios en los pobres, ahora en cuerpos tan gastados!

Una de ellas, la hermana Gilma con 92 años —y esa sonrisa espléndida, y ese sentido del humor que la hacen ser más dulce, con una alegría, y con su cuerpo encorvado, agarrada de otra hermana para poder sostenerse— nos contaba lo maravilloso que ha sido vivir entre los pobres, entre tribus indígenas donde lo único que le movía y sostenía era hacer presente a Cristo en la vida de esas gentes, el vivir desde dentro, confiando plenamente en él. No puedo quitarme sus palabras de la cabeza: «Nunca he sido tan feliz, como en la misión, aprendiendo de lo que ellos saben, porque amar a Dios es amarle en el otro, en los que sufren». Una verdadera lección para mí, que me ha recordado que sigo siendo una aprendiz de misionera.

¿Qué ha sido este mes de misión para mí? Este verano me embarqué en nuevos horizontes, caminos desconocidos, a la aventura total, pero abandonada y confiada en la misericordia divina. ¿Cómo decir que no a la llamada y al mandato del Señor?: «Id».

Soy misionera de Cristo (aprendiz de misionera) y para Cristo, y con el corazón abierto respondo al Señor, con mi pequeñez, con mi miseria, y con todas y cada una de las cicatrices de aquellas heridas que solo él entiende.

En la misión que estuve es Nuqui, departamento del Chocó, Colombia, con las teresitas, y lo primero que quiero reseñar es mi gratitud a todas por recibirme sin conocerme, y por abrirme las puertas de su comunidad y de su corazón; sin duda me he sentido como en casa.

Este pueblo está poblado en su mayoría por afro (descendientes de negros africanos) y a su alrededor tiene siete comunidades o caseríos indígenas y cuatro de afro. A estos caseríos es difícil llegar por la distancia, por las condiciones naturales (mar, río, lluvia), por las condiciones políticas (guerrilla, paramilitares) y por las económicas, que ni las hermanas ni el sacerdote pueden sostener. Las comunidades indígenas son las más afectadas: hace muchos años de la última visita que la Iglesia hizo a estos lugares. Pude visitar algunos de los caseríos con las diferentes hermanas de la comunidad. Era como empezar de cero, hablamos de primer anuncio, el padre nuestro, la señal de la cruz…

¿Por qué les cuento esto? Para que se hagan una idea de la cantidad de personas que probablemente no han escuchado hablar de Dios, y pienso en los diferentes lugares donde he estado de misión: República Dominicana en las plantaciones de azúcar, en Gode Etiopía, Kalafo frontera con Somalia, Sudán del Sur, y tantos lugares del mundo donde el Evangelio, y la presencia de Cristo en la Eucaristía no ha llegado.

Y no puedo dejar de dar gracias a Dios Padre por su tierno y suave amor, por permitirme a mí, una pequeña pecadora vivir lo que vivo, tener la dicha de conocer tantos Cristos rotos, tantos Cristos hambrientos, tantos Cristos sedientos, y poder darle un poco de esperanza llevándolos a Cristo, pero sobre todo aprender a mirarlos con otra mirada, con la mirada con la que Cristo los mira.

Miro mi vida atrás y cada vez estoy más convencida de que soy privilegiada, ¡Cuánto me ama el Señor! He tenido la dicha de conocer a Efrén, que postrado en una cama sin poder valerse por sí mismo, dependiendo de su madre Iris que, con amor y sin apenas quejarse, lo cuida. Efrén es un Cristo roto, pero un Cristo feliz, sonriente, que a pesar de su cuerpo inválido te mira con esos ojos que desgarran mi corazón, ¡no tengo derecho a quejarme! Y como Efrén puedo nombrar a otros tantos Cristos. A veces me pregunto, ¿a cuántos Cristos he dejado pasar de largo en mi vida, a cuántos no he mirado?, ¿me creo el Evangelio?

A los pobres les debo mi entrega, mi sí, mi amor a Dios, y el deseo de amarle más y más, y porque le amo a él, los pobres me importan. Serán ellos los intercesores en el cielo: «déjale entrar». Recuerdo el nombre de tantos pobres, espero que ellos recuerden el mío, y puedan hablar de mí ante Dios.

He disfrutado un montón con todo lo que hice, con cada encuentro, cada mirada, cada palabra, cada gesto, cada sonrisa.

Pensad un momento: ¿Cuántos podrían dedicar algo más de su tiempo a evangelizar, a llevar a Cristo a otros? Dice santa Teresa: ¿Cómo puede haber tanta paz y sosiego en algunas personas si dan alguna limosna y no se dan cuenta que los bienes que tienen no son suyos, sino que son administradores? ¿Por qué aferrarnos a lo efímero cuando lo que él nos ofrece es eterno? La situación social de este lugar es muy complicada: familias rotas, hijos que han perdido a sus padres asesinados, o simplemente que han desaparecido, temas muy difíciles de explicar en un texto; hay que estar para entenderlo.

Hoy me resuenan más las palabras del Señor, «Id al mundo entero y predicad el Evangelio» hasta perder la vida, hasta el cansancio, hasta que ya no quede nada más que cenizas (como dice un gran amigo). Soy misionera, soy católica como ustedes y predicar la palabra, celebrar los sacramentos y vivir la caridad, sobre todo con los pobres, es nuestra misión, no es un juego, no es apariencia, debe ser con el corazón, con radicalidad, con entusiasmo.

He cambiado este año de lugar, pero los pobres son pobres en cualquier lugar, eso no cambia, es su realidad, a la que tantos apenas miran, a la que muchos prefieren ignorar. Dice san Ignacio de Loyola: «son tan grandes los pobres en la presencia divina, que principalmente para ellos fue enviado Jesucristo a la tierra».

¡Cuando lo hiciste con uno de estos pequeños, conmigo lo hiciste!

Gracias amigos y hermanos por sus oraciones porque gracias a ellas muchos seguimos en pie.

«Señor que yo no pase de largo, que no cierre los ojos ante el dolor de los pobres, que no cierre mis labios ante la ausencia de tu palabra, que no cierre mi corazón frente a la soledad y el abandono de tantos hermanos». Amén

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