Jesús, al nacer, experimentó la pobreza del deportado, del exiliado, del desterrado

Extraído de los retiros de fin de año de 1971 y 1983, y de los Ejercicios Espirituales a los Cruzados de 1975 y 1977, P. Tomás Morales, SJ.

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Huida a Egipto, de Giotto
Huida a Egipto, de Giotto

Navidad, misterio de amor. Jesús, naciendo en la pobreza del venido a menos, la pobreza del nacido sin hogar. Cualquier niño, por pobre que sea, tiene una casucha vieja en que nacer; está en un suburbio, en una chabola y allí nace. Jesús ni eso, «no había lugar para ellos en el mesón». Todas las puertas se cierran en Belén; no hay donde nazca.

Y todavía más, pobreza del desterrado. La Virgen, san José y Jesús sufren la pobreza del deportado, del exilado. En plena noche se les ordena salir a Egipto, desterrados.

Imagínate cómo sería ese camino. En la noche, desconocidos, sin saber por dónde ir y guiados por el Padre de los cielos. ¿Cómo llegarían? Era un desierto el que había que atravesar; eran varios días de camino. Y de repente se encuentran en Egipto sin saber cómo han llegado. Y allí en Egipto ¿qué? Nadie les conoce.

Esta situación del deportado la conocen bien los que durante la guerra fueron despertados de noche, obligados a salir rápidamente de sus casas. Sólo se les permitía llevar lo indispensable. Ahora, cuando en el Extremo Oriente han pasado cosas por el estilo, se acuerda uno sin querer de Egipto.

No sabían dónde iban ni cuánto duraría el destierro, ni cómo vivirían. No es siempre fácil encontrar trabajo en el propio país; mucho menos en país extranjero. Los que van a buscar trabajo a otro país, si sobreviene el paro, son los primeros afectados. En la teoría tienen los mismos derechos que los naturales del país; en la práctica… Cuando se es extranjero, se está de más en todas partes.

Qué bonito es ser un desterrado por amor a Cristo. Qué bonito, cuando yo tuve que irme a Bélgica por amor a Jesucristo y me echaron de España, porque yo empecé mi vida religiosa entre las nubes de Bélgica y las brumas de aquel país, y allí pasé mis seis primeros años [de jesuita]. Pero qué bonito: la sensación del destierro, sin ver el sol de los trescientos sesenta y cinco días al año más que unas horitas de vez en cuando, y solamente allá por el mes de julio y agosto —cuando ese año no era año de lluvias, porque entonces ni eso—. Pero qué bonito: «desterrados hijos de Eva», la pobreza del desterrado. La consideración es muy sencilla: hasta que llegue a la patria soy desterrado. Las gracias que Dios derramó en aquellos 6 u 8 años de destierro fueron fabulosas.

Cuando se contempla a la Virgen y a san José en el Evangelio, se les encuentra muy cerquita de nosotros, en sus angustias, en sus luchas, en la pobreza, en los trabajos, y al mismo tiempo nos parecen que están tan lejos, porque viven en un ambiente divino y celestial, totalmente colgados del Padre de los cielos. Que sintamos que intercede por nosotros aquélla por quien merecimos recibir al autor de la vida, para que nos arrastre al seguimiento de Cristo pobre.