La creación en las vidrieras del Hogar de Zamora

Belleza Trinidad. Vidrieras en Zamora (II)

26
La creación, vidrieras Hogar de Zamora
La creación, vidrieras Hogar de Zamora

Por Rogelio Cabado

La creación

La primera vidriera nos introduce en un nuevo espacio, diverso, sagrado y reverente. La creación es inicio de una vida nueva, el amor de Dios repartiendo belleza y luz, modelando con infinito amor su esencia y generosidad. Cuando diseñé esta primera vidriera, pensaba en algún hilo conductor que unificara la secuencia de las cuatro vidrieras en su conjunto. Nada fácil, considerando que con «dallas» de vidrio de veinte milímetros de espesor y hormigón pudiera resultar una composición equilibrada e inteligible, en un espacio tan reducido como una capilla.

Debía jugar con expresiones artísticas reducidas, pero con sentido lógico. El estudio de las obras de mi gran maestro vidrierista, Luis Quico, conocido artista zamorano, me permitía vislumbrar en sus diseños lo que podía ser nuestra capilla de Pl. de San Esteban. Fueron horas y horas contemplando su obra en la iglesia de Cristo Rey, en el colegio Amor de Dios de la calle Príncipe de Asturias o la iglesia de San Lorenzo, así como obras particulares.

Sus creaciones eran toda una teología en vidrio. Nuestra vidriera sobre la creación inicia un camino desde el primer «Hágase»; «hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza» (Gén 1,26). En el recorrido artístico el centro es siempre antropológico: el hombre y la mujer en un camino de perfección y santificación personal que alienta a quien la contempla. Un camino arco iris multicolor, como Dios ha soñado de su creación y de nosotros, camino que en perspectiva se pierde al infinito de un futuro incierto pero confiado en sus manos.

«Manos de Dios poderosas, manos que todo lo crean y en mi nada se recrean, manos de un Dios que es amor», como tantas veces escuchamos cantar a Abelardo. Dios Padre con sus manos extendidas ofrece a los corazones del hombre y la mujer la maravilla del universo celeste y terrestre, color blanco-azul, cielo y tierra-mar. Dios se deshace en amor regalándonos el calor y la luz de un sol gigante, el espacio mayor de la vidriera que todo lo baña.

«Haya lumbreras en la expansión de los cielos para separar el día de la noche…, y sean lumbreras en la expansión de los cielos para alumbrar sobre la tierra. Y fue así. E hizo Dios las dos grandes lumbreras; la lumbrera mayor para que señorease en el día, y la lumbrera menor para que señorease en la noche» (Gén 1,14-16). «Y vio Dios que era bueno», expresión repetida varias veces en el capítulo primero del Génesis.

Por el hombre, el Creador modela su belleza en cada creatura: astros, estrellas, color celeste del agua, la inquietud de la vida, árboles, vegetación, musgo suave de serenidad y paz, sobre el asentamiento firme de la roca y la tierra. Las montañas, que nos recuerdan a Gredos, alturas tantas veces acariciadas por muchos de nosotros, invitan a la exigencia y la suavidad. Como colofón de este maravilloso cuadro embebido de color, dos corazones en los que Dios creador ha volcado su sabiduría, reflejo de su corazón de padre, como dos frutos colgantes del árbol arco iris, árbol de la vida, pacto de Dios con la humanidad.

El conjunto de la vidriera tiene sentido desde ese punto focal que lo centra todo. Finalmente, el corazón más limpio y puro, lirio del campo por excelencia, el corazón de María, blanco, bella perfección de la creación, modelo del creyente. Es el único color blanco junto al universo celeste creado por Dios, y la luna expresión de María, la madre presente. El color rojo simboliza el dolor y la entrega martirial. «La naturaleza gime con dolores de parto…, nosotros también gemimos esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo» (cf. Rom 8,22-27). María realiza ese camino no exento de dolor redentor, colaboradora de la Trinidad en la redención del mundo.

La composición de los elementos en el espacio nos adentra en el mensaje que se nos quiere transmitir. El elemento humano por excelencia son las manos del Padre que angularmente reparte la creación, se acerca a la humanidad, centro de la vidriera, regalándole vida.

Así como en el gótico aparece la perspectiva teológica, aquí también los personajes simbólicos tienen el espacio y volumen que les corresponde, en función de su importancia. En la jerarquía medieval, se distribuye todo en función del hombre; así en nuestra vidriera, son los dos corazones centrales los que equilibran los demás símbolos. El arco iris nos invita a un punto de fuga desde la fuente de energía que todo alimenta…, pero, la creación se prolonga y completa su sentido en la segunda vidriera: la redención.

Artículo anteriorPaternidad perdida… paternidad encontrada
Artículo siguiente¡Un Aula Familiar llena de gracia!