La difícil tarea de «ser padres»

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Ser padres

Por Juan Carlos López, delegado diocesano de enseñanza de Zamora

A día de hoy, el ser humano es el resultado de un proceso evolutivo que se ha extendido a lo largo de millones de años. Su patrimonio biológico acumula una potente carga genética que le ha ido fortaleciendo como especie. No obstante, se caracteriza por su fragilidad ontológica, limitación que se compensa con eso que hemos venido llamando «educación», algo así como una suerte de complemento vitamínico inmaterial que le permitirá subsistir con garantías de éxito. El ser humano se incorpora a la vida con evidentes taras y precisa de la tribu para completarse y alcanzar dignamente sus objetivos vitales. Este aprendizaje se construye en dos niveles: el de la socialización, en el que el individuo recibe las pautas de comportamiento de manera inconsciente, asegurando así la supervivencia de la especie (alimentación, vestido, modales, lenguaje…), y el propiamente educativo, que implica una apropiación consciente de los grandes proyectos de sentido para el desarrollo integral de su existencia.

Siendo que son muchos los sujetos que intervienen en la educación de los alevines de hombre —véase aquí por ejemplo la escuela, los «influencers», los medios de comunicación, los gobiernos, los deportistas de élite, los profesores, los ídolos de masas, los iguales, etc.—, evidentemente es la familia la que debería asumir una mayor y decisiva responsabilidad en la tarea. No han sido pocas las voces, particularmente de políticos fuertemente ideologizados, que han reclamado abiertamente para sí el protagonismo preferente en el proceso educativo de los niños y adolescentes. Arrogándose una autoridad moral que ni merecen, ni nadie les otorgó, han reivindicado la dilución de la potestad educativa de la familia a favor de los técnicos gubernamentales en orden a potenciar, en el mejor de los casos, un resultado favorable en el balance productivo del país o, en el peor, un determinado proyecto de ingeniería social que reconfigure la conciencia y las expectativas de los individuos y los pueblos.

Es cierto que hoy asistimos a una aparente crisis de la institución familiar —la caída en el número de matrimonios, el notable retraso en su constitución, la escasa natalidad y el elevado número de divorcios podrían estar indicándolo—, pero esto no justifica que se procure, con descaro y a plena luz del día, la reducción de las responsabilidades familiares o la destrucción de la capacidad educativa de la familia por vía de ley orgánica o real decreto. Se hace por tanto urgente recuperar el lugar que la familia nunca debió perder en un proceso que pinta decisivo para la salud de nuestros hijos y de nuestro pueblo.

«Ser padres» es tarea difícil, quizá una de las más complicadas y decisivas que nadie se pueda plantear. No se reduce a traer un hijo al mundo, o a criarlo y a vestirlo, lo fundamental y más complejo es educarlo para que se convierta en un ser maduro, satisfecho consigo mismo y encajado en el mundo y en la vida que le toca vivir. Me atrevo, por eso de la experiencia acumulada, a diseñar una propuesta inacabada para padres que quieran educar a sus hijos en coherencia:

  • En primer lugar —no es detalle menor que aparezca en este orden—, los padres no deben mirar hacia otro lado cuando los políticos perfilan los planes educativos. El diseño de la educación en su sentido más amplio no puede depender exclusivamente de los gobiernos. Carecen de legitimidad para configurar las conciencias de los alumnos que, a la postre, son nuestros hijos, pequeño detalle que, a veces, se olvida. Una mayor atención a los BOE es tan decisiva como asegurar el sustento alimenticio. Cabe pues pensar en el urgente rearme de las estructuras intermedias para recuperar el lugar que las familias nunca debieron perder.
  • Los padres deben ser ejemplo de trabajo y responsabilidad, solo así mostrarán a sus hijos que la excelencia no se alcanza vía subvenciones, sino con esfuerzo, dedicación y pasión, valores que el sistema oculta con su filosofía líquida y acomodaticia.
  • La tercera clave es la de la autoridad, que no autoritarismo. Padre y madre deben apoyarse mutuamente para mantener el respeto, el prestigio de quienes se saben líderes de un proyecto de construcción compartido, con un claro horizonte, a saber: hacer personas virtuosas. La verdadera autoridad es la que razona las decisiones y se enmarca en el diálogo explicativo, un proceso exigente en el que el «no» es necesario porque el permisivismo es tan nocivo como el autoritarismo.
  • Hay que saber esperar. Esta es la cuarta clave. En la guerra una batalla se puede perder, pero la victoria final no puede ponerse en riesgo. La educación precisa tiempo, es una receta que requiere fuego lento y mucha atención, presencia y vigilancia. A veces podrá desesperar la falta de resultados, pero los padres que persisten y que organizan su vida en torno a los hijos, no en base a sus apetencias como pareja, terminan alcanzando el éxito educativo y familiar.
  • Las exigencias laborales, el ocio y otros compromisos adquiridos aceleran los ritmos y rebajan la calidad de la escucha. No es fácil atender sosegadamente a los hijos, pero es decisivo en su proceso de construcción personal. Si los padres aprendemos a escuchar estaremos habilitados para comunicar con sinceridad, humildad, paciencia, cordialidad, discreción y valentía.
  • Proporcionarles un autoconcepto positivo mediante el refuerzo constante de sus virtudes y la aceptación de sus defectos ayudará a los hijos a aceptarse como son y a esforzarse por mejorar.
  • Por último, pero no menos importante, la educación de la fe es un instrumento fundamental para el crecimiento integral de nuestros hijos. El niño aprende lo que ve desde su nacimiento, y si en la familia la religión ocupa un lugar importante, los hijos tendrán recursos para incorporar a su futuro ese mismo valor.

Los padres tienen delante de sí la tarea más apasionante de su vida, que es la educación de los hijos. Nada más decisivo. Nada más trascendental. El éxito o el fracaso de la aventura familiar que comienza con el matrimonio depende en gran medida de la formación de sus hijos.

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