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title: "La mariposa no vuela"
description: "La niña observaba cómo una mariposa, dentro del capullo, forzaba la salida intentado rasgarlo con sus patas. Impaciente y para ayudarle en ese trance vital, le facilitó la salida. La nueva..."
url: https://revistaestar.es/la-mariposa-no-vuela/
date: 2019-06-01
modified: 2020-02-25
author: "Juan Antonio Gómez Trinidad"
image: https://revistaestar.es/wp-content/uploads/2020/02/LaMariposaNoVuela.jpg
categories: ["Educar en la vida"]
tags: ["Revista nº 316"]
type: post
lang: es
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# La mariposa no vuela

La niña observaba cómo una mariposa, dentro del capullo, forzaba la
salida intentado rasgarlo con sus patas. Impaciente y para ayudarle en ese
trance vital, le facilitó la salida. La nueva mariposa con las alas plegadas
andaba torpe sobre la mesa. Horas después, la niña decidió de nuevo ayudarla
posándola sobre el alfeizar de la ventana desde donde la empujó a volar.
Extrañamente fue incapaz de levantar el vuelo y cayó al suelo como cualquier
objeto. La niña, llorosa, acudió a su abuelo, quejándose de que su mariposa
estaba enferma. Tras escucharla, el anciano le explicó lo que había pasado:
para salir del capullo, la mariposa debe frotar enérgicamente sus patas. Este
esfuerzo bombea la sangre de su corazón y la presión de la misma alcanza hasta
las alas que logran así desplegarse para realizar su misión natural, volar. Al
no haber recibido esta presión sanguínea por la ausencia de esfuerzo, evitado
con la mejor de las intenciones por la niña, a la mariposa se le habían
atrofiado los instrumentos necesarios para poder volar.

Me da la impresión de que esta anécdota refleja en gran medida el drama de la educación actual. Los educadores, empezando por las familias —madres, padres, abuelos, etc.— y siguiendo por la escuela —profesores y administración— estamos, con la mejor de las intenciones, atrofiando a los niños y jóvenes de hoy; dando, así, pie a una generación blandita.

Apenas hace unas décadas, el éxito de la educación
consistía en conseguir formar jóvenes con carácter. Hoy esta palabra, simplemente
asusta. Tener carácter no significa, ni ahora ni entonces, ser terco y egoísta,
sino tener principios e ideas claras, voluntad firme de alcanzar la metas
propuestas, alegría contagiosa y capacidad de liderazgo siempre al servicio de
los demás. En esta tarea se podía fracasar por distintas causas, pero en muchos
casos ninguna de ellas frenaba una voluntad decidida para conseguir las metas
propuestas. Muchísimos de los científicos, deportistas o líderes morales no
serían tales sin ese esfuerzo superador.

Sirva como ejemplo el campeón mundial de tenis
Rafa Nadal. Su tío y entrenador personal, Toni Nadal, ha escrito un libro muy
recomendable: «Todo se puede entrenar». En él afirma sin complejo que, más allá
de la preparación técnica, lo indispensable es la formación del carácter.

La vida no es más que una competición en la que
los educadores debemos entrenar, pero competir solo puede hacerlo el alumno,
contra las dificultades y limitaciones internas y externas. Para ello, más que
los conocimientos y habilidades instrumentales, —nuevas tecnologías, idiomas,
títulos, destrezas, etc.— lo que importa es tener los principios claros, la
fortaleza emocional necesaria para superar las dificultades y ser capaz de
revertir las derrotas.

Por contraste, me viene a la mente el diálogo
oído en el patio de un colegio de primaria, en el que una madre cuenta cómo a
su hija, de apenas ocho años, la profesora la ha castigado mandándole escribir
veinte veces la frase «no hablaré en clase». La madre animaba a su hija —que se
resistía al castigo— con la promesa de que ella le ayudaría escribiendo
alternativamente —madre e hija— la susodicha frase. No es de extrañar que
algunas madres se encarguen también de hacer los deberes de los hijos, y otros
actos que suponen anular la capacidad de superación, aprendizaje y maduración
de sus propios hijos. Si hasta la corteza del pan de molde es demasiado dura
para los adolescentes, según descubrieron los americanos, a los cuales hemos
imitado, ¿qué podrán hacer frente a las durezas inevitables de la vida?

El propio
sistema educativo se encarga, de forma obsesiva, de suprimir la disciplina y de
atraer la cada vez más escasa capacidad de atención de los jóvenes con
metodologías lúdicas, divertidas. Cualquier fracaso es atribuido a agentes o
factores externos: las condiciones sociales, la metodología, la exigencia de
los deberes, etc., cuando no a algunas «modernas enfermedades», con carácter
casi epidémico que no son más que problemas conductuales elevados a
patológicos, tal como están denunciando las autoridades médicas. Jamás se
plantea si la causa se debe a la falta de colaboración por parte del alumno, lo
que toda la vida se ha llamado esfuerzo, trabajo, capacidad de sufrir clavando
los codos, etc. No busquen estas palabras en los programas de los partidos
políticos ni en la programación de la enseñanza actual. La culpa es siempre
externa, la responsabilidad personal no existe de acuerdo con estos parámetros.
No es de extrañar que, en la sociedad actual, con los adultos cada vez más
infantilizados, ocurra lo mismo.

La consecuencia
es que estamos criando una generación blandita que no tiene tolerancia a la
frustración y, por lo tanto, propensos a una patología generacional por no
haber aprendido a sufrir, asignatura pendiente —prohibida diría—. Pero la
ausencia de esa asignatura no evita el sufrimiento sino que lo incrementa de
modo alarmante como lo demuestran los siguientes datos: las consultas
psiquiátricas están llenas de adolescentes por problemas neuróticos, en buena
medida de origen conductual; aumenta el número de suicidios entre los jóvenes,
así como el consumo de ansiolíticos para paliar las consecuencias —no las
causas— de una ansiedad generacional, y un largo etcétera. Aunque, siendo
prudentes, no podemos achacar todo a una falta de tolerancia a la frustración,
pero sin duda tiene mucho que ver.

Educar en la
vida es decir muchas veces no a los deseos incesantes del niño o joven. Es
mostrarle que no es el mejor ni tiene derecho a todo. Pero también es enseñarle
que hay muchos aspectos en que él es único y que puede ser mejor, si logra
superarse renunciando a placeres inmediatos para conseguir logros duraderos.

Los beneficios
de saber decir no y de saber superarse son muchos: aprender a valorar lo que se
tiene, ser agradecido con lo que se recibe, saber esperar el momento oportuno,
no temer al fracaso, ser más tolerante con los demás, superar las dificultades
y sobre todo, la felicidad que ello conlleva.

Me lo explicó de
forma sintética un maestro y amigo al comienzo de mi carreta profesional: «Hay
dos tipos de maestros: los que suspenden a sus alumnos, si es necesario, para
que aprueben la vida, y los que los aprueban para no tener problemas y que sea
la vida quien los suspenda. El maestro que ama a los alumnos es el primero que
sabe dar disgustos y llevárselos».

Dejemos volar a los jóvenes, no se lo impidamos
quitándoles la oportunidad de superarse.
