La mirada del Amor

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La mirada del Amor
La mirada del Amor

Por José Javier Ruiz Serradilla

Todos estamos convencidos de que la tarea educativa es esencial a la paternidad y a la maternidad. Los hijos brotan de la fecundidad matrimonial porque el amor del uno para el otro y del otro para el uno es fecundo y genera vida común. Desde ahí su fecundidad se abre hacia los hijos. Estos son de los dos y no se puede amarlos si no es en el otro. Consecuentemente, la tarea educativa es una tarea conjunta de los padres, de ambos.

Todo matrimonio lo tiene claro y un matrimonio cristiano, más aún. (O eso se supone).

Pero el problema reside en qué queremos educar, no tanto en el cómo educar. De hecho, solo si tenemos claro el qué, podremos ver los cómo.

Es uno de los sinos de nuestro tiempo el hacer mucho hincapié en los métodos, llegando a olvidar que estos son relativos, instrumentos al servicio de los fines en los que queremos educar: los valores. Nosotros, los padres cristianos, no estamos exentos de estas consideraciones. Nos preocupamos mucho de cómo educar: si hay que corregir o no; si se debe premiar, castigar o ambas cosas; si debemos alzar la voz o no; si…; si…; si… Sin embargo, a veces olvidamos —quizás por darlos por supuestos—, cuáles son los valores que nuestros hijos deben encarnar en sus vidas.

Llama la atención que, nosotros cristianos, estamos muy preocupados porque nuestros hijos vayan bien en los estudios, que sean sociables, que realicen unos buenos estudios universitarios, que sean chicos sanos (que no fumen, no beban…), que piensen en cristiano, que tengan un buen novio o novia… Preocupaciones todas legítimas pero, sin embargo, parece que olvidamos lo fundamental: nuestros hijos están llamados a la santidad y deben ser santos.

La experiencia de Cristo

Desde esta clave, ¿cuál debe ser nuestra primera referencia educativa? La experiencia de Cristo. El santo es aquel que se enamora profundamente de Cristo y le entrega toda su vida, tenga la vocación que tenga. ¿Qué podemos hacer nosotros como padres para que nuestros hijos puedan llegar a dejarse tocar por el amor de Cristo?

Lo primero es haber sido seducidos por él y que se manifieste en el profundo amor que tenemos a nuestra mujer o a nuestro marido. Nuestros hijos tienen que permear nuestro amor y, en él, el amor de Cristo. ¿Cómo van a encontrarse con su amor si sus padres no se aman?

De ese profundo amor matrimonial que es amor a Cristo brotan los valores, actitudes y virtudes clave en los que debemos pretender educar a nuestros hijos.

El amor como actitud fundamental

Debemos contribuir a que en ellos aflore una actitud fundamental: el amor.

Desde el amor brota la exigencia de autoconocerse. Deben conocerse para dar lo mejor de sí a aquellos a los que aman. Verse desde la mirada de quien les ama, las dos miradas, maternal y paternal que miran con misericordia. Esa mirada de misericordia impide toda exigencia desencarnada que desembocaría en un voluntarismo tornado en soberbia y destructor del amor. La misericordia —mirada de amor— nunca es blandita, sabe de exigencia porque solo el amor entiende de ella. Es por ello que no podemos educar a nuestros hijos desde una exigencia despiadada pensando que para llegar a la misericordia hay que pasar por el voluntarismo. Ser santo no exige el voluntarismo y, cuando este se ha dado, deja tales heridas y cicatrices que es muy costoso dejarse amar por el otro. Exigencia sí, pero amor, mucho amor. Corrección, por supuesto, pero desde el amor que siempre confía, comprende, perdona, acoge. El camino podrá parecer más lento, a veces demasiado, pero ahí es donde el corazón de nuestros hijos se abrirá a crecer. Verán que tienen que crecer no para ser superhombres sino para amar y dejarse amar.

Servicio, comunión, vocación

El que es educado desde el amor y para el amor, entiende su vida como servicio. Por ello como padres debemos saber situar los distintos aprendizajes de nuestros hijos. Deben ser buenos profesionales y competentes, pero nunca soberbios e individualistas lo que depende en buena medida de nosotros, sus padres. ¿Cómo entendemos su formación? ¿Desde qué claves la vemos? ¿Qué nos preocupa más? ¿Intentamos fomentar en ellos la reflexión serena, el estudio comprensivo, el fomento de su sensibilidad, la dirección de su voluntad al bien, el profundo reconocimiento de la maravilla de ser seres de carne y hueso, el sentido del placer auténtico, el combate contra el mal, la alegría de sentir y tocar lo sagrado, el saberse pecadores y redimidos o, por el contrario, solo queremos que sean católicos biempensantes que asumen los criterios del mundo? ¿Fomentamos el sentido de que todos los dones son para darlos al otro, que siempre tiene rostro, o, por el contrario, nos conformamos con que tengan una solidaridad de fin de semana? ¿Dónde está el otro cercano, el prójimo? Los valores evangélicos encarnados en las bienaventuranzas tienen que ser el objetivo real de nuestra labor educadora. Una educación para servir al otro.

Servicio que desemboca en comunión. Nuestros hijos no pueden ser ni liberales individualistas ni colectivistas que disuelvan a las personas en una supuesta igualdad social que las trate como piezas de una maquinaria que debe funcionar armónicamente. Como padres debemos transmitirles un profundo sentido de comunión que brota del amor y que ilumina la vida. No conformarnos con que sean niños buenos de sacristía; la comunión trasciende el ámbito eclesial y debe crear profundos lazos en el mundo. Tienen que transformar el mundo no desde el activismo sino desde la vida concreta, pequeña y humilde que palpan en el Nazaret familiar que es fecundo porque dos, sus padres, se aman. Y desde ahí serán fecundos para el mundo.

Educar, pues, para la vocación. Para oír la llamada que Cristo hace en su vida entendiendo que no hay santidad de primera ni de segunda sino solo santidad. Deben descubrir que la vida cristiana es vocación, llamada a dejarlo todo por Cristo, ya sea en la vida sacerdotal, religiosa, laical consagrada o laical matrimonial. Vivir consagrados a Cristo como matrimonio y como padres es nuestro testimonio educador.

La mirada del Amor

De Cristo y para Cristo. Esa es la clave de la vida. Es lo que buscamos para nuestros hijos, el sentido de nuestra labor educadora como padres. Ahí nuestro entusiasmo, el de ser educadores. Entusiasmo que surge de nuestro mirarnos a los ojos como esposos y, en aquel al que amamos, ver a nuestros hijos como padres. Ese es el secreto, el de una mirada: la mirada del Amor.