La misericordia de Dios en el Antiguo Testamento

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Por. P. Miguel
Ángel Íñiguez
Se suele
presentar al Dios del AT como el Dios del temor; o sea, todo lo contrario del
amor y la misericordia. Y nada más falso ni contrario a la realidad. El
calificativo de misericordioso es el que más se atribuye a Dios en el AT, ¡más
de 300 veces!
Y en la
Biblia hebrea este término contiene una enorme riqueza de matices.

1.- La misericordia es
perdón

El rey
David había pecado gravemente (adulterio y homicidio); pero ciego por la
pasión, no lo había reconocido. El profeta Natán se lo hace ver y David llora
su culpa (2 Sam 11-12). Probablemente es en esta ocasión cuando escribe la
maravillosa oración que es el salmo 50: “Por tu inmensa ternura, borra mi
delito. Lávame a fondo de mi culpa y purifícame de mi pecado. Rocíame con el
hisopo, y seré limpio, lávame y quedaré más blanco que la nieve”.
Dios
escucha toda oración, pero una humilde súplica de perdón alcanza lo más
sensible de su misericordia y lo mueve a responder: “Aunque fueran vuestros
pecados como la grana, como la nieve blanquearán” (Is 1, 18).
Dios
aparece en el AT como el gran perdonador. Antes nos cansamos nosotros de pedir
perdón, que él de concederlo (Gn 18). Da la impresión de que disfruta
perdonando. Su perdón es infinitamente mayor y más completo que el nuestro:
cuando Él perdona, no solo olvida nuestras culpas, sino que las borra, las hace
desaparecer. “Tú borras nuestras rebeldías” (Sal 65, 4). “Has quitado la culpa
de tu pueblo, has cubierto todos sus pecados” (Sal 85, 3).

2.- La misericordia es
fidelidad

Uno de los
términos más usados en la Biblia para designar la misericordia es hésed.
Podemos traducirlo como fidelidad en el amor.
Cuando en
el AT se emplea este término referido a Dios, es siempre en relación con la
alianza que hizo con Israel como don gratuito y benévolo.
Cuando
Israel rompe la alianza, el mutuo compromiso entre Dios e Israel deja
propiamente de obligar. Pero Dios no rompe con su pueblo, sino que lo sigue
amando y ayudando, porque su actuación bondadosa no depende de la conducta de
su pueblo, sino que brota de la fidelidad a sí mismo, de su propio amor
inmutable. “No lo hago por ti, casa de Israel, sino por el honor de mi nombre”
(Ez 36, 22).
Dios actúa
con bondad, no por obligación jurídica externa, sino por su amor fiel, más
fuerte que la traición y el pecado. Cuando cada uno de nosotros ha pecado, no
tiene derecho a recurrir a la misericordia de Dios por justicia legal, pues ha
roto el compromiso. Pero sí puede y debe confiar en obtener el perdón y la
restauración de la gracia y alianza, basándose en la misericordia de Dios, que
es fidelidad inquebrantable, su propia esencia de amor y bondad.
La
revelación del amor fiel de Dios llegará a su plenitud al enviar a su propio
Hijo al mundo (Jn 3, 16). Así lo profetiza Zacarías en el Benedictus: “haciendo
misericordia a nuestros padres, recordando su santa alianza y el juramento que
juró a nuestro padre Abraham”. También la Virgen lo utiliza con este sentido en
el Magníficat (Lc 1, 50. 54).

3.- La misericordia es
ternura

La
misericordia, tanto en castellano como en su etimología latina, recalca la
relación con la miseria (piedad, perdón). Pero, gracias a Dios, su misericordia
no consiste solo en perdonar. Sería descorazonador saber que a lo más que
podemos aspirar es a que no se tengan en cuenta nuestros pecados, pasando la vida
en una continua petición de perdón.
Ser
perdonados en insuficiente para nosotros, y perdonar es poco para Dios. Una
madre no se limita a perdonar a su hijo porque esté enfermo. Todo lo contrario,
lo atiende más, aumenta su cariño, su cuidado, hasta que lo pone más fuerte que
antes.
En virtud
de la unidad biológica que liga a la madre con el niño en gestación, brota un
instinto hacia él de afecto y de ternura. Es evidente que este amor no es por
los méritos del niño, sino fruto de una necesidad interior de la madre, una
exigencia del corazón.
Esto es
revolucionario en la historia de las religiones, y debe serlo en nuestra
espiritualidad personal.
Estamos
acostumbrados a ver cómo Dios se presenta como padre, esposo o amigo. Pero la
revelación nos presenta el corazón de Dios, en el AT, con expresiones aún más
evocadoras y dulces: ternura, bondad, caridad, fidelidad, delicadeza maternal.
Todo esto queda comprendido en el vocablo misericordia.
San Juan
Pablo II exclamaba: “Dios es Padre, pero sobre todo, es Madre”
Para quien
logra comprenderlo y experimentarlo vivencialmente, la religión adquiere un
matiz más íntimo y entrañable, y la vida espiritual se convierte en algo
atrayente y cordial.

4.- La manifestación del
amor misericordioso y maternal de Dios comienza con la creación

Podemos
llamar “protohistoria de la misericordia” a los primeros capítulos de Génesis
(creación, promesa de redención, salvación de Noé…)
Pero ya
desde el comienzo el hombre muestra su corazón pequeño y rebelde (Adán, Caín, Babel…)
Por eso la historia se perfila como una lucha entre la cerrazón humana y la
misericordia divina, que al final triunfa.
Los
Patriarcas tratan íntimamente con Dios y lo consideran bueno, cercano,
entrañable, como lo denota la oración de Jacob:
“Oh Yahveh,
Dios de mi padre Abraham, de mi padre Isaac, que me dijiste: “vuelve a tu
tierra y a tu patria, que yo seré bueno contigo”. ¡Qué poco merecía yo todas
las mercedes y toda la confianza que has dado a tu siervo! Fuiste tú quien me
dijiste. “Yo seré bueno contigo y haré tu descendencia como la arena del mar”
(Gn 32, 10-13).
Y Dios no
lo defraudó.
El
nacimiento del pueblo de Israel suele situarse en la liberación de la
esclavitud de Egipto, paso por el mar Rojo y peregrinación hacia la tierra
prometida. Es un tiempo de continua manifestación de la misericordia divina,
incesantemente contrastada con la rebelde obstinación de los israelitas: “En tu
misericordia te has hecho guía del pueblo que has liberado, y con tu poder lo
has conducido a tu santa morada” (Éx 15, 13).
Y así a lo
largo de toda la historia de salvación, tanto en el AT como en el NT.
Moisés pide
ver a Dios. Y este le responde: “Yo haré pasar ante tu vista toda mi bondad”
(Éx 33, 18).
Dios mismo
se define revelando su bondad, su propia intimidad. “Yahveh es Yahveh, Dios
misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad, que
mantiene su amor por mil generaciones, que perdona la iniquidad, la rebeldía y
el pecado” (Éx 34, 6).
Es el mismo
Dios el que se manifiesta solemnemente ante Moisés como Dios de ternura, de
gracia y misericordia, haciendo su autorretrato.

5.- La misericordia en los
Ejercicios Espirituales

San Ignacio
considera la misericordia de Dios en el primer ejercicio, el de la historia del
pecado [EE 45-53], presentando a pecadores y su castigo, mientras que yo aún no
he sido castigado: el ángel rebelde, Adán y Eva, y pecadores concretos (Caín,
Esaú, Saúl….). De aquí brota espontáneo un coloquio de misericordia con Cristo
clavado en la cruz, que tiene siempre misericordia de mí.