La religiosidad popular y las misiones populares

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Procesión Cristo de las Batallas
Procesión Cristo de las Batallas

Por Aquilino Vicente

Las misiones populares fueron un medio muy eficiente y generalizado de religiosidad popular en España, entre los años 1950-1970. Después fueron perdiendo vitalidad y hoy no tienen tanta vigencia.

Las misiones populares en los pueblos eran un fuerte revulsivo para la fe de toda la población, con el objetivo de lograr la conversión a Dios de los más alejados y encauzar a los fieles, purificando y actualizando sus creencias.

Podríamos definir las misiones populares como un tiempo fuerte de la presencia actuante de Dios en los participantes y, por lo tanto, festivo, novedoso e intenso.

Se hace de una manera explícita, sencilla y popular dirigido a todas las personas del lugar misionado.

De una manera muy sintética podemos decir que los principales objetivos de las misiones populares eran los siguientes:

  • Alentar en los miembros de la comunidad parroquial a un encuentro fuerte con los demás cristianos y con la Palabra de Dios del que salgan fortalecidos y renovados en su vida de fe.
  • Estimular al apostolado entre los seglares para conseguir nuevos colaboradores.
  • Ayudar a que cada uno de los miembros de la comunidad descubra cuál es su puesto de responsabilidad y de servicio en la comunidad y en el barrio.
  • Acercarse a los alejados. «Iglesia en salida», animar a la comunidad parroquial a salir al encuentro de los que se han alejado de la fe, o se han apartado de la práctica religiosa.
  • Inicio de grupos de formación en la fe. Es la gran laguna de la mayoría de nuestros cristianos, a la que se trata de dar respuesta con la puesta en marcha de asambleas familiares y, posteriormente, con la catequesis de adultos.

¿Quién lleva a cabo la misión? Los misioneros animan, estimulan, impulsan, pero es la comunidad parroquial la que se pone en estado de misión. El párroco será el formador de los monitores quien junto con ellos serán los responsables de animar, renovar y conducir la comunidad parroquial.

¿Qué resultados produce?

El resultado depende, entre otras cosas, del compromiso del sacerdote, de la participación de los laicos activos, y de la intensidad de la pre-misión. La experiencia suele dar estos resultados:

  • Fortalece el ánimo y la ilusión de los sacerdotes.
  • Hace que los laicos se sientan más Iglesia, porque aviva la participación eclesial y el compromiso de estos.
  • Al convertir a los fieles en agentes activos, ayuda a descubrir nuevos laicos comprometidos.
  • Surgen grupos de diálogo y reflexión que, con frecuencia, dan paso a grupos de catequesis de adultos con inquietud misionera.
  • Favorece la comunicación y el encuentro entre practicantes y no practicantes.
  • Potencia la pastoral de conjunto a nivel parroquial y arciprestal.

Trasladando estos planteamientos generales a mi vivencia personal, mis primeros recuerdos de una misión popular, se remontan a los años cincuenta en mi pueblo natal, Santiago de Alcántara (Cáceres), con pocos añitos y en brazos de mi padre, contemplando un Vía Crucis con el Cristo de las Batallas y la Virgen de los Dolores, en procesión con mucha gente rodeando las imágenes.

Una década después, se predica la Santa Misión que va a ser dirigida por dos o tres misioneros, no sé de qué orden religiosa. Por las mañanas las campanas despertaban a los parroquianos, antes del alba, para que asistieran al rezo del Santo Rosario por las calles del pueblo: Mujeres, jóvenes, niños y algunos hombres se encaminan a la iglesia con velas de cera y farolillos. El misionero más joven entonaba canciones como:

Venid cristianos, venid.
Devotos llegar,
a rezar el rosario a María
que con alegría, espera ya.

El demonio a la oreja
te está diciendo: no vayas al rosario;
sigue durmiendo.

Que viva María,
que viva el rosario,
que viva Santo Domingo
que lo ha fundado.

Después del Rosario de la Aurora, se celebraba la Misa, con el sermón de la mañana, de temática conmovedora y relacionado con la Pasión de Jesucristo.

Más tarde los misioneros visitaban las escuelas y nos invitaban a participar en las catequesis que se impartirían en la parroquia, nos proyectaban filminas, enseñaban canciones, oraciones y catecismo.

Por la tarde las conferencias eran de mujeres y jóvenes y se daban en la iglesia; la afluencia era masiva, pues los misioneros eran buenos oradores y con recursos suficientes para atraer cada día a más personas.

Y por la noche era el turno de los hombres, que motivados por las mujeres acudían aunque en menor número que ellas, pero también salían impresionados y comentando lo bien que hablaba el misionero.

Uno de los objetivos de la misión era la conversión y, por tanto, conseguir el mayor número posible de confesiones. Las misas batían récord de comuniones; un gran número de fieles del pueblo pasaban por los confesonarios y participaban en la misa matutina comulgando.

Los Padres Misioneros también encontraban tiempo para visitar a los enfermos y pobres del pueblo, llevándoles consuelo y perdón.

Uno de los actos importantes de la misión era el Vía Crucis procesional con el Cristo de las Batallas, el patrón del pueblo, y la Virgen de los Dolores. A él acudía prácticamente todo el pueblo, pues sacaban en procesión al Cristo, al que profesaban mucha fe. Entre estación y estación resonaba el «Perdona a tu pueblo Señor, perdona a tu pueblo, perdónales Señor…» o «Sálvame Virgen María, ¡Óyeme, te imploro con fe! Mi corazón en ti confía, Virgen María, sálvame…».

La Misión era presidida por una gran cruz negra, en la que figuraba el nombre de Santa Misión y los símbolos de la crucifixión: corona de espinas, clavos, martillo, lanza, escalera, sudario, además del año de la misión, en la de mi pueblo: 1950.

Solía terminar la Misión con la Misa de clausura el domingo, en la que un gran número de fieles se acercaba a comulgar y los monaguillos contaban las comuniones.

Se regalaba a los fieles participantes una estampa conmemorativa de la Santa Misión.

La última Misión que recuerdo fue ya en Fuente del Maestre (Badajoz), en la Cuaresma de 1976, predicada por cuatro padres claretianos. Uno de ellos, el P. Carlos Díaz Sierra, estaba ciego, era el encargado de la pastoral juvenil y consiguió fundar en el pueblo la Legión de María, que fructificará en varios grupos legionarios y de aquí se difundió por toda la diócesis.

Algunos años más tarde, se celebra otra en Almendralejo (Badajoz) y ocurre algo similar, en este caso serán los Equipos de Nuestra Señora, los que se multiplicarán.