La religiosidad popular

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Un viatico en el Baztán
Un viatico en el Baztán

¿Verdad que sabemos lo que es la endodoncia? El dentista para conservar visible tu pieza dental le quita el nervio. Le ha dejado sin vida.

De la misma manera que cuando vemos una iglesita románica no podemos reducirnos a contemplar las formas o sus proporciones o los materiales empleados, sino que es imprescindible, si quiere uno comprender la totalidad que en ese volumen o edificio se simboliza, adentrarse en lo que no vemos, pero que está tan presente como sus piedras. Es decir, una especie de enciclopedia de las artes que le confería su carácter de obra encaminada a la alabanza de Dios, plasmada por medio del esplendor del lugar donde él habita.

Toda la cultura se encontraba en relación con la fe, creándose una metafísica religiosa en la que lo terrenal estaba en unión con el más allá. Mira solo volumen y formas, y habrás aplicado al románico la endodoncia. Lo has dejado en pie pero sin alma.

Esta impresión siento cuando participo en un acto de religiosidad popular. Cuando recorro las calles en las mañanitas dominicales de octubre rezando el rosario de la aurora, siento una emoción que me lleva de la ciudad descreída presente a una ciudad impregnada en la fe. «Despertad del sueño, hijos de María, que amanece el alba anunciando el día», mientras el repique manual de un campanillo anuncia la oración por las ánimas del purgatorio y los auroros con guitarras, violines, cantan un zorcico en alabanza a María. Lo que vemos es un poquito del iceberg oculto. Era la ciudad cristiana. Eran formas en que la alegría de la vida comenzaba en la alabanza y en gozo de la fiesta, que implica el desayuno con churros y las rosquillas y dulces de toda romería.

Toda la religiosidad popular es un signo de la vivencia plena de un tiempo en que vida, cultura, fiesta, elegía y canto, se aunaban en una misma vida plena. Es que son restos del tsunami que está demoliendo la cristiandad. Tienen fecundidad y, en todo caso, nunca apagan el pábilo vacilante, que del rescoldo siempre puede brotar la llama vigorosa. Hermandades, cofradías, procesiones, romerías a ermitas y santuarios, tradiciones populares como las javieradas, son cauces de gracia y, en la ciudad desolada, hontanares de Dios.

Hay un cuadro en el museo de Navarra del pintor Javier Ciga, pintado en 1916, que permite captar el verdadero sentido de una de las mil formas de la religiosidad popular. En este caso la procesión que se organizaba en los pueblos para acompañar, con la máxima solemnidad, el sacramento llamado, entonces, de la extremaunción o viático de los enfermos. Se titula Un viático en el Baztán. El cuadro es una obra maestra por la composición, el colorido, la ambientación costumbrista, los retratos vigorosos de los distintos personajes, pero sobre todo porque no lo reduce a una escena costumbrista del pasado, sino que sabe reproducir en la unción —y en la concentración de rostros y gestos— el misterio que se está celebrando. Del dueño de la casa que recibe a la comitiva, al sacerdote que porta el viático, al monaguillo, y a las enlutadas ancianas que lo acompañan. Dios, eucaristía, acercándose a quien espera dentro del hogar a realizar la última etapa de su camino. El cuadro no habla de un pasado, sino de la fe de un pueblo, de su vida, y del Dios vivo que sigue entre nosotros.