La UNIDAD, nuestro gran regalo

En el XXV aniversario de la muerte del venerable P. Tomás Morales, SJ

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P. Morales, río Porma
P. Morales, río Porma

El 1 de octubre de 1994 nos decía adiós el P. Morales. Por fuera, un cuerpo desgastado por su entrega durante muchos años en bien de los hombres. Por dentro, una vida colmada de frutos, pero de la que emergía imperceptiblemente un quejido lastimero que se apagaba, un deseo incumplido. Un ¡ay! repetido incesantemente, al menos desde el comienzo de los sesenta. Y es que el P. Morales no murió de pena, pero sí murió con una pena.

El recio jesuita animador del laicado no hizo testamento, pero sus voluntades (y no sólo las últimas), su voluntad manifestada durante más de treinta años fue la UNIDAD (él escribía siempre esta palabra con mayúsculas) dentro de las instituciones que había fundado. Puede decirse que más que fundar una institución, formó a líderes que se juntaron con un ideal común. Pero el líder corre siempre el riesgo de creer que él tiene la razón. El santo no tiene problema en manifestar su opinión y luego aceptar ser revisado e incluso discutido en sus ideas. El líder carismático se arroga con el carisma, que cree pertenecerle, y poco más.

Ya en 1962 escribía desde Cáceres: «La Cruzada quiere luchar para conseguir […] la UNIDAD de todos en Cristo […] Y al mismo tiempo quiere anhelar una UNIDAD, más fácil quizás de lograr, pero también necesaria: la UNIÓN de toda la juventud trabajadora y estudiosa» (11-II-1962). Los distintos pareceres y genialidades, sin embargo, pueden crear el germen de división. En una oración compuesta para los primeros viernes de mes expresaba: «Como Tú nos anunciaste, el enemigo quiere cribarnos como al trigo, separarnos a unos de otros y a todos de Ti, pero Tú ruega para que nuestra fe no desfallezca» (Oracional, p. 187).

Su propio estilo educativo, formando personalidades muy fuertes, daba pie a que cada uno pudiera erigirse en gobernador. «Y claro, en la Cruzada, solemos ser todos mandones, porque nos hemos acostumbrado a luchar» (Ejercicios, 22-VIII-1991). En la base de la unidad colocaba la obediencia al director y la vida de fe. Es notable el hincapié que hizo en 1973 sobre la obediencia a los órganos de gobierno, a cuantos lo tienen en la institución, y el valor profético de sus palabras.

«De no proceder así [sometiendo las propias ideas a la obediencia], todos vosotros seréis responsables no sólo de la adulteración de vuestra mística, de la pérdida del carisma fundacional, sino también de la disolución de la Cruzada misma. Os dividiréis en multitud de pequeñas sectas, cada uno con un pequeño mayor o minipapa, que se excomulgarían unas a otras. Os parcelaríais en tantas cruzadas cuantos grupos ajerárquicos surgiesen» (Vademecum 96-97).

Siempre consideró al sacerdote como pieza clave de todo este engranaje. En 1967, al redactar Notas íntimas, y más tarde en 1984, al completarlas en Sacerdotale, dos obras dirigidas a los sacerdotes cruzados, dedica el último capítulo al tema de la unidad: «Me parece que debo acabar sin acabar nunca, hablando de la UNIDAD entre vosotros, y de cada uno con los laicos de la Cruzada o de fuera. Sé que es lo que el enemigo ha combatido y combatirá más en la Iglesia. No puede hacer, ni hará, una excepción con la Cruzada» (Sacerdotale, p. 106). Apela al coraje de la fe: «Sed generosos y valientes […] Haced holocausto de vuestros criterios y voluntades para que no haya entre vosotros más que ‘un solo corazón y una sola alma’ (Hech 4, 32)» (Sacerdotale, p. 107).

Ya en 1972, con una escisión reciente, escribía: «Cismas y herejías jalonan el curso de los siglos a escala universal en la Iglesia, o a nivel sectorial en cada una de sus parcelas. Se inician casi siempre con un impulso generoso, pero equivocado. Se pretende salvar la Iglesia, enriquecerla, devolverle lo que se juzga su autenticidad primitiva, vivir un Evangelio más puro, realizar mejor mi vocación cruzada» (Vademecum, p. 90), y continúa con palabras de Hugo Wast: «Todas las apostasías comienzan pretendiendo algún bien espiritual que se quiere imponer contra todas las reglas divinas. Al principio, el orgullo se oculta de mil modos, y sólo aparece cuando se tropieza contra la voluntad del Superior. Se produce entonces la obstinación en el propio juicio, y como consecuencia, la rebeldía contra la suprema autoridad». El final es esperable: «Dura este período hasta que tiene lugar el doloroso desgaje» (Vademecum, p. 91).

Su insistencia en homilías y escritos revela que el tema no terminaba nunca de solucionarse.


Han pasado XXV años exactos desde su partida. Con el paso del tiempo, aquellos que han querido emprender caminos distintos, a su aire, sin ajustarse a las directrices de la institución, caminan ya por sus propias veredas. Si el P. Morales viera ahora a los Cruzados, descansaría en paz. Su deseo: que todos sean UNO, mil veces expresado, por fin se ha cumplido.

Descanse en paz, venerable P. Morales, que nos enseñó la coherencia y la unidad interior.

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