Laicos que salen del refugio

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Sabemos que el
concepto de persona exige relación y el servicio; pero nuestro ego —raramente
excéntrico— patina dando vueltas sobre sí mismo y, casi sin darnos cuenta,
tenemos mil razones para encerrarnos en nosotros mismos. “Señorita, —le decía
un pequeñín a su maestra— usted a lo mío”. Eso es. Las sociedades en
descomposición olvidan fácilmente el sentido comunitario y echan mano del lema
de los naufragios: sálvese el que pueda.
No es eso
lo que nos enseña Don Quijote. En este año del cuarto centenario de la muerte
de Cervantes, quizás nos animemos a releer las motivaciones y aventuras de
aquel hidalgo, de mediano vivir —con ama, sobrina, discreto vestir, sobrio
comer, dedicado a la caza y, mayormente, a la lectura, a la entretenida
tertulia con el cura, el barbero y el bachiller, y a cumplir lo que la Santa
Madre Iglesia ordene—. Tenía además un mozo de campo y
plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. A este
hidalgo de la Mancha los vecinos le pusieron el apodo de “el bueno” por sus
costumbres.
¿Qué
necesidad tenía de meterse en un berenjenal tan de poco provecho y seguro
riesgo? Tenía la vida hecha y ordenada. Si se hunde el mundo, que se hunda. Qué
bien se lo advirtió la sobrina: Pero, ¿quién le mete a
vuestra merced, señor tío, en esas pendencias? ¿No será mejor estarse pacífico
en su casa y no irse por el mundo a buscar pan de trastrigo, sin considerar que
muchos van por lana y vuelven tresquilados? (Cap. VI de la 1ª parte).
Harta
prudencia humana tiene el consejo de la sobrina. Pero, ¿qué ocurre si te
reconcome que este mundo no va bien, que está apartándose de los bellos ideales
de un mundo mejor, de una sociedad que anteponía el bien común y la verdadera
libertad al interés egoísta, al medrar a costa de los débiles, de los
menesterosos, de los desvalidos? En El Quijote se
percibe la nostalgia de un paraíso terrenal perdido. Su error, creer que con
los ideales de la caballería andante podía restablecerse el mundo perdido
(quizás lo anhelado por la sociedad cristiana en la era de las catedrales y
cruzadas —Daniel Rops—).
Leed en el
capítulo L de la primera parte, la disputa con el canónigo y entenderéis por
qué Don Quijote creyó que el remedio estaba en las novelas de caballería. Lagos
fétidos bajo cuyas aguas se encuentra la civilización perdida. En medio, la voz
de una doncella que pide angustiosamente ayuda. Desde entonces el caballero Don
Quijote se siente: “De mí sé decir que, después que soy caballero andante, soy
valiente, comedido, liberal, bien criado, generoso, cortés, atrevido, blando,
paciente, sufridor de trabajos, de prisiones, de encantos…”
Alma
gigante en estrafalario y frágil cuerpo, inasequible al desaliento, capaz de
descubrir a Dulcinea en Aldonza Lorenzo y estar dispuesto a morir por ella, de
la misma manera que a la Molinera y a la Tolosa las había convertido en damas.

De nuevo,
el pintor canadiense Rob Gonsalves. La fantasía y la realidad construyen la
escena. Son los niños los que perfeccionan la ciudad con sus juegos o sus
audacias. Otra manera de presentar a Don Quijote.