Lo político, la política y el político

No solamente soy político por el ciudadano sino para el ciudadano

17
Foto: Tobi Oluremi
Foto: Tobi Oluremi

Por Mar Carranza Jiménez, politóloga y socióloga

El tedio político se extiende por todo Occidente. Se observa en el descontento de los ciudadanos que cuestionan el funcionamiento de los partidos, la honestidad de los políticos, la política y, a veces, hasta la propia democracia. España no está al margen de esta situación, y no creo exagerar cuando afirmo que da la impresión de vivir uno de los momentos de mayor desafección política, que se manifiesta en desconfianza hacia las instituciones y hacia sus representantes políticos, que desemboca en una falta de motivación para abordar las cuestiones que a todos nos afectan como ciudadanos. Parece que hoy el político está más interesado en el ejercicio del poder en sí, que en el cómo —atendiendo a valores morales y éticos— y para quién, abriéndose así un abismo entre el ciudadano y quien lo representa. En la calle, hablando con un amigo o desayunando en la cafetería, suele escucharse: «todos los políticos son unos vividores», «no te puedes fiar de ninguno», «solo quieren el poder».

¿Por qué identificamos la política solo con los políticos, con los partidos, con el poder, con el abuso? ¿Qué le ha ocurrido a la política para dejar de ser el arte del buen gobierno, referido al ciudadano, a lo público, a lo social? ¿En qué momento olvidamos que la sociedad y la política han de estar encaminados a la búsqueda de la belleza, el bien y la verdad?

Érase una vez la política

Siempre ha preocupado al erudito lo referente a la naturaleza del hombre: ¿social por naturaleza o por necesidad?, ¿cooperantes o individualistas?, ¿tendentes al bien o al egoísmo? Ya los griegos se hacían estas preguntas. Platón hablaba de que la virtud del Estado es la misma que la del ciudadano, sin distinción, de que lo que era bueno para el Estado y en el Estado era bueno para el ciudadano; proponía una moral única, no solo para una ciudad-estado sino para todas. Aristóteles mantenía que el hombre es un ser social por naturaleza, que crece y se desarrolla en sociedad, por lo que no establecía la diferencia entre individuo (sujeto social) y ciudadano (sujeto político); el ciudadano era un todo integrado que debía participar en los asuntos de la polis. Aristóteles buscaba, como Platón, el mejor gobierno posible, los mejores hombres para el mejor gobierno; defendía un estado virtuoso con hombres virtuosos que buscaran el mayor bien para todos. Para los griegos, la política era todo aquello que concernía al hombre.

Estas reflexiones no se circunscriben en exclusividad a la actividad intelectual y abstracta de filósofos y politólogos; tienen una clara aplicación práctica, la de conocer las necesidades de las personas como sujetos sociales (individuos) y sujetos políticos (ciudadanos). Se trata de instituir los criterios de protección de una sociedad y de cada uno de sus miembros; de reconocer y fomentar las diferentes actividades productivas; el tipo de relaciones laborales; el mercado que permita el intercambio de productos; el sistema económico idóneo para el bien de la mayoría; tener presente la educación y la formación, buscando su fin último, el por qué y el para qué; reflexionar sobre la desigualdad, sobre el umbral de pobreza que estamos dispuestos a permitir sin mirar para otro lado. Es hablar de las oportunidades que han de tener las personas para que puedan vivir con la dignidad propia del ser humano, así como para crecer y potenciarse como persona. Es considerar el papel social de los ancianos, de los niños, de los enfermos. Es, en definitiva, preocuparse, discernir, debatir, sobre lo que nos afecta a todos: el modelo de sociedad y de Estado. Hoy, sin embargo, la política se define como aquella actividad vinculada al ejercicio del poder en todos los ámbitos de una sociedad. Carl Schmitt la contempla como un juego dialéctico, «amigo-enemigo», que tiene en la guerra su máxima expresión. Maurice Duverger, por su parte, la entiende como la resolución de conflictos, considerando dicho conflicto como el motor de avance y desarrollo de la sociedad. Y, cómo no, recordar a Carlos Marx y su lucha irreconciliable entre opresores y oprimidos. Aparece, así ante nosotros, un paisaje desolador porque la mayoría de los politólogos tienden a definirla como el juego de relaciones de poder entre los diferentes agentes sociales (políticos, económicos, laborales, etc.), poniendo su énfasis en las deliberaciones, los acuerdos, los desacuerdos, los consensos o la imposición que antecede a cualquier toma de decisión, produciéndose, así, la ruptura entre política y ciudadano.

Consecuentemente, los ciudadanos hemos asumido que la política es algo extraño a nosotros, que es cosa de los políticos más o menos honestos y preparados a los que hemos otorgado nuestra confianza para que tomen decisiones por nosotros. Decisiones, no lo olvidemos, que nos afectan a todos, todos los días. Y algo peor, nos hemos contagiado de una «desconfianza colectiva» —este es uno de los rasgos de la desafección política—: No confiamos en las instituciones propias del Estado; todo queda puesto en tela de juicio, creando así un ambiente de crítica corrosiva que nos deteriora como personas, y como ciudadanos. Por eso es más necesario que nunca volver a pensar la política, imaginar el modelo de sociedad que nos gustaría disfrutar y compartir.

Y esto es posible, pues existen otras propuestas: una, la heredada de los clásicos, recreada y trasmitida por santo Tomás de Aquino (1225-1274) e interpretada en la actualidad por pensadores neotomistas del siglo XX como Jacques Maritain o Etienne Gilson —entre otros— o los personalistas cristianos como Emmanuel Mounier1, afirmando que la política ha de tener un sentido moral y ético, y debe dirigir sus esfuerzos a la búsqueda del bien común. Otra, la propuesta por John Rawls (1921-2002), liberal, neokantiano, que afirma la necesidad de una concepción moral del hombre racional razonable, a partir de la cual se establezcan los valores políticos que serán los pilares fundamentales de una sociedad moral y justa2.

Una sociedad de ciudadanos cooperantes caminando hacia el bien común

En esta reflexión, viene a la memoria Tomás Moro (1478-1535). Hombre de fuertes convicciones cristianas, vivió las tensiones religiosas del reinado de Enrique VIII hasta ser condenado a muerte, acusado de alta traición por oponerse al divorcio del rey con su esposa legítima y por no aceptar que el rey fuera cabeza de la nueva iglesia de Inglaterra.

Moro fue un profesional de la política: Lord Canciller de Inglaterra, abogado, profesor de leyes, juez, humanista de primera magnitud que escribió una obra (Utopía, la llamó) sobre la organización de una sociedad ideal. Estudió a Platón, y por su inicial formación tomista adquirió una noción moral del hombre y de la sociedad, de la política y del político. Tomás vuelve su mirada, con cierta melancolía, al ideal platónico de la «sociedad cooperante», de una «comunidad cooperativa» (G. Sabine) en un momento en que el engaño, la estafa y la injusticia estaban desnudando al hombre de la dignidad conferida por el Creador. Nunca negó las diferencias sociales, pero otorgó a todas ellas una misma dignidad, «recibiendo a cambio la recompensa debida, así como el respeto necesario, sin invadir los derechos […] de las otras» (id.). Consideró a todos los hombres ciudadanos libres, que debían cuidar su formación moral e intelectual. Entendió que una sociedad formada y dirigida por hombres decentes e ilustrados sería una sociedad moral en la que las necesidades básicas de todos sus miembros estarían cubiertas; donde el trabajo sería para el hombre y no el hombre para el trabajo; una sociedad austera, sin servidumbres, en la que un hombre no podría ser utilizado por otros solo por ser pobre, y en la que sus miembros no se dejasen llevar por la necedad del lujo y el derroche; una sociedad de ciudadanos cooperantes, comprometidos uno con el otro y con toda la sociedad, donde la libertad de espíritu fuera la antorcha del bien común entre ellos.

La política, una vocación al servicio del otro

La ciencia política ofrece diversas definiciones de política, sin que ninguna de ellas parezca mejor que la otra. Da, así, un enfoque muy apropiado para esta sociedad de la posmodernidad, del hombre líquido, de las identidades nómadas (¿qué es la verdad?, ¿por qué ha de existir una moral válida para todos?). Mayoritariamente callamos ante la imposición cultural del relativismo, pero el politólogo cristiano debe hablar, gritar si es preciso, que la política es vocación y servicio. La vocación es esa inclinación nacida de lo íntimo de la naturaleza de una persona hacía determinada actividad o genero de vida que incluye la mirada hacia el servicio. El papa Francisco afirma que «el servicio siempre mira el rostro del hermano, toca su carne»3. San Juan Pablo II vincula directamente el poder político al servicio: «En el ejercicio del poder político es fundamental aquel espíritu de servicio, que, unido a la necesaria competencia y eficiencia, es el único capaz de hacer “transparente” o “limpia” la actividad de los hombres políticos, como justamente, además, la gente exige»4.

La política, como vocación y servicio es la búsqueda del bien común, de una sociedad bien ordenada, que se apoya en una moral compartida —trascendente y racional—, que busca la mejor forma de convivencia entre ciudadanos que cooperan los unos con los otros para la consecución del bien común. El servidor del ciudadano es el político. El que hace todo lo posible para que otras personas vivan con dignidad es el político. El que deja su proyección individualista para darse a los demás en la búsqueda del bien, la belleza y la verdad, es el político. Ahora bien, «hay un “servicio” que sirve a los otros; pero debemos cuidarnos del otro servicio […] que “se” sirve de los otros»5 para obtener un beneficio personal. Entonces la política deja de ser una vocación de servicio, para convertirse en una actividad con ánimo de lucro personal olvidando el bien general.

Para un cristiano, esta vocación de «testificar aquellos valores humanos y evangélicos, que están íntimamente relacionados con la misma actividad política, como son la libertad y la justicia, la solidaridad, la dedicación leal y desinteresada al bien de todos»6 no se improvisa. Es necesaria una triple formación: intelectual, práctica y espiritual: «Quienes son o pueden llegar a ser capaces de ejercer este arte tan difícil y tan noble que es la política, prepárense para ella y procuren ejercitarla con olvido del propio interés y de toda ganancia venal»7. La riqueza doctrinal que nos ofrece la Iglesia en su Doctrina Social Católica (DSC) es un tesoro y un referente seguro a nuestra disposición8.

Si esto es ser político y hacer política ¿nos negaremos a aceptar este reto?


Notas

1 J. Maritain (1882-1973) es autor de El hombre y el Estado; E. Gilson (1884-1978), escribió Por un orden católico. E. Mounier (1905 – 1950), fundó la revista Esprit.

2 John B. Rawls (1921–2002), filósofo y politólogo estadounidense, fue profesor en Harvard. Es autor entre otras obras de Teoría de la justicia y liberalismo político. En su concepción política, el «hombre moral» ha de ser racional (es decir, que obedece a los propios intereses y motivaciones de la persona) y razonable (que antepone el bien general a los intereses particulares), lo que es incompatible con el egoísmo. Estas dos condiciones son ineludibles para la formación de una «virtud social», esencial para toda convivencia política. En Rawls, como en Moro siglos antes, se identifica la moral individual del ciudadano cooperante con «la virtud social esencial».

3 Homilía de la misa celebrada en La Habana (20.09.2015).

4 Christifideles laici, nº.152.

5 Homilía de la misa celebrada en La Habana (20.09.2015).

6 Christifideles laici, nº.152.

7 Conc. Vaticano II. Const. Apost. Gaudium et spes, nº. 76. 8 Por no citar sino solamente la aportación de los papas de la segunda mitad del siglo XX: San Juan XXIII (Mater et magistra, de 1961; Pacem in terris, de 1963). San Pablo VI (Populorum progressio, de 1967). San Juan Pablo II (Laborem exercens, de 1981; Sollicitudo rei socialis, de 1987; Centessimus annus, de 1991). Ya en el siglo XXI: Papa Francisco (Laudato si’, de 2015).

Artículo anteriorUna nueva Visitación
Artículo siguienteEsto también pasará