Los desafíos a los que se enfrenta la familia

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Los desafíos de la familia
Los desafíos de la familia

Por Juan Iniesta Sáez, delegado de Pastoral Familiar de la diócesis de Albacete

Es difícil no caer en un tono reivindicativo o incluso contestatario, frente a los postulados sociales a la hora de expresar cuáles son los desafíos a los que se enfrenta la familia en esta sociedad nuestra, que ya muchos califican de post-cristiana. Ante esos desafíos, surge espontáneamente un tono beligerante con respecto a las pretensiones de desvirtuar una institución que, paradójicamente, sigue siendo la más valorada en los estudios demoscópicos.

La institución familiar, desde un punto de vista meramente humano, y aún más enriquecido si la contemplamos con mirada de trascendencia, nos enraíza en una tradición, palabra a la vez maldita y añorada; nos vincula «con lazos de amor» a otras personas; nos hace interdependientes, en lugar de independientes y aislados. Tradición, vínculo, dependencia… Y a estas tres se podrían sumas muchas palabras más: sacrificio, entrega, abnegación, compromiso, procesos lentos, paciencia, comprensión, amor incondicional… ¿Cómo va a estar de moda un proyecto que tenga estas características? En esta sociedad de las prisas, de relaciones fluidas y donde impera vivir al instante, el momento y lo provisorio, ¿qué cabida tiene el matrimonio y la familia?

«Hablando en cristiano», el sacramento hace que, al insertar el vínculo matrimonial en la comunión de amor de Cristo y de la Iglesia, el amor de los esposos esté dirigido a ser imagen del amor redentor del Señor. Jesús se sirve del amor de los esposos para amar y dar a conocer cómo es el amor con que él mismo ama a su Iglesia y se entrega por ella.

Existen corrientes de pensamiento de diverso tipo que distorsionan la concepción del hombre, creado a imagen de Dios, para establecer relaciones de comunión, y en consecuencia la imagen del matrimonio y la familia. Desde las tendencias del tipo de un espiritualismo puritano, para el que la corporeidad se ve como un obstáculo para el amor, hasta las teorías materialistas en las que el cuerpo se reduce a un instrumento para obtener cualquier forma de placer.

En este sentido, una de las teorías con más peso es la ideología de género, caracterizada por vaciar de contenido un dato —aparentemente indiscutible— como es la corporalidad y su constitutiva vivencia sexuada, así como por una concepción de la relación hombre y mujer como de lucha de clases. Desde estos postulados, los ideólogos de género proponen la absolutización subjetivista de una libertad que, desvinculada de la verdad, termina por hacer de las emociones parciales, como el placer, la norma del bien y la moralidad.

En esta sociedad desvinculada, en esta cultura de lo provisorio, la cuestión de fondo toca directamente a la noción del ser humano, pues desde una concepción puramente materialista y hedonista de la persona, sin ningún tipo de consideración trascendente, puede resultar valida cualquier actuación que se dirija a evitar el sufrimiento o a proporcionar un placer inmediato. Sin embargo, desde una visión personalista, que comprende la vida como un don otorgado por algo o alguien que nos trasciende y que, por lo tanto, está orientado hacia una plenitud que va mucho más allá de la vida terrena, no todo vale. Si la vida es un regalo que nos ha sido dado, debemos preocuparnos por orientarla hacia su verdadero fin.

Parafraseando a san Juan Pablo II, gritamos: ¡Familia, sé tú misma! Con esta exhortación, este santo de hoy indicaba que la verdad es atrayente precisamente porque en su autenticidad y sencillez, se impone como algo iluminador, es el esplendor de la verdad. Pues en ese mismo sentido, creo que el mayor favor que se puede hacer a la familia, y por ello a la humanidad, es presentar el «familiaris splendor», la belleza y grandeza del proyecto conyugal, vivido con un sano realismo, que no es ajeno a las dificultades de la vida cotidiana, sino que cuenta con ellas para crecer a partir de los momentos de crisis, que saber vivir esas dificultades, también los muchos momentos gozosos, como estímulo para afianzar un compromiso tan nuclear y por el que hay que apostar decididamente.

En palabras de Francisco, «hoy la familia es despreciada, es maltratada, y lo que se nos pide es reconocer lo bello, auténtico y bueno que es formar una familia, ser familia hoy; es indispensable para la vida del mundo, para el futuro de la humanidad».

Para ese «reconocer», dos herramientas son indispensables y mutuamente enriquecedoras: la enseñanza y el testimonio. No en vano, si «la Revelación se realiza con hechos y palabras intrínsecamente conexos entre sí» (DV2), la revelación de la verdad de la familia no puede hacerse de otro modo. Hechos y palabras intrínsecamente unidos.

En las palabras, en las enseñanzas, constituye un pilar fundamental el largo ciclo de catequesis dedicado por san Juan Pablo II a la familia en los primeros cinco años de su pontificado. Existen innumerables materiales e iniciativas que intentan traducir estas catequesis a la vida cotidiana. No se ama lo que no se conoce, se suele decir, y estas catequesis nos ayudan a conocer en sencillez y profundidad la verdad de la alianza

En el ámbito de los hechos, son muchas las líneas de actuación posibles:

1) Lograr que nuestros pequeños vivan ya desde su experiencia doméstica lo que supone ser familia cristiana, con sus retos, pero también con la convicción de que el camino no se hace «dejados de la mano de Dios», sino bien al contrario.

2) Que la presentación en positivo y propositivo del matrimonio, enfrentando decididamente la visión negativa y superficial de tantos sectores sociales, cale en la formación de nuestros jóvenes, aunque ni siquiera estén en edad o circunstancias de plantearse su posible vocación matrimonia.

3) Presentar a familias concretas y reales como un modelo de realización auténtica y tangible, porque lo es y porque los hay (esos modelos), como un modo de realización, de alcanzar la felicidad haciendo felices a los demás y empezando por los más cercanos.

4) Ampararnos en los instrumentos que desde la sociedad —y especialmente desde la Iglesia— se nos dan para afrontar situaciones de dificultad, con la actitud explícitamente marcada por Amoris laetitia de acoger, discernir y acompañar todas esas situaciones.

5) Dar el enorme valor que merecen a aquellos que han llegado en fidelidad a la ancianidad, y acompañar con ternura a quienes sufren la ausencia de quien durante largos años ha sido compañero de camino…

Son solo algunos ejemplos de hechos concretos que deben iluminar la exposición de las enseñanzas sobre el matrimonio.

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