Los jóvenes del viejo mundo (nunca mejor dicho)

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Foto: Il Ragazzo
Foto: Il Ragazzo

Por Javier Segura

Un mundo viejo

Europa ha sido llamada «viejo mundo» en contraposición al «nuevo mundo» que se descubrió en el siglo XV. Por desgracia, hoy podemos hablar también de viejo continente por la elevada de la media de edad provocada por la baja natalidad. Y es que cada vez hay menos jóvenes en esta Europa nuestra.

Siempre que hablamos de esta situación, lo enfocamos pensando en la situación que se generará en el futuro, en un continente envejecido, sin recambio generacional. Y lo pensamos sobre todo en claves económicas —¡¿quién sostendrá las pensiones?!— y miramos con cierto recelo a los pueblos que suponemos vendrán a cubrir ese «hueco» que nosotros dejamos.

Pero hay otro aspecto que me parece relevante.

Una sociedad en la que hay un porcentaje amplio de jóvenes, es una sociedad dinámica, que arriesga, que inventa, que mira al futuro de cara. Una sociedad con una población envejecida es menos audaz, más conservadora, más replegada sobre sí misma, normalmente más temerosa del futuro.

Este es quizás el principal reto de los jóvenes que viven en un mundo de viejos. Que la propia sociedad es vieja. Que por mucho que parezca que vivimos en un mundo totalmente nuevo basado en avances tecnológicos que nos abren un mundo de oportunidades, el alma de esta sociedad es vieja, conformista, preocupada solo por mantener el estado del bienestar.

Y es que los adultos hemos trasladado a los jóvenes nuestras propias frustraciones y escepticismos. Y nuestra sociedad está impregnada, en bastante medida, de un materialismo que nos invita a pensar en nosotros mismos, a que no hay más vida que esta, a que hay que aprovechar y disfrutar la vida, porque son cuatro días…, y tres ya los hemos vivido.

Es verdad que se «endiosa» a la juventud. Pero solo en la parte que añoramos los adultos y que es la más superficial. Una piel tersa, una vida sin preocupaciones, la fiesta y el fin de semana como ideal vital. Pero eso no es tener un corazón joven.

Un corazón joven

En esta sociedad envejecida el reto de los jóvenes es no dejar de ser auténticamente jóvenes, no solo en la piel. No dejar de soñar, no dejar de construir una sociedad mejor. Sin miedo al sacrificio, creyendo en los demás hombres, con un inmenso respeto a la tradición de sus mayores y, a la vez, una fuerza joven para transformar este viejo continente.

La Europa que nació joven después de la II Guerra Mundial, preñada de ilusiones e ideales, también ha envejecido y, del bien común que buscaron los padres de Europa, se ha pasado a los intereses compartidos de los actuales burócratas.

También la Unión Europea tiene la necesidad de rejuvenecer su alma y volver a soñar y repensarse. Necesita oír el grito de san Juan Pablo II en Santiago de Compostela: «¡Sé tú misma!», anclarse en lo mejor de su tradición, para aportar al mundo la luz que su civilización puede dar en el tercer milenio.

Para mí, ese es el secreto para mantener un corazón joven. Mirar al futuro sabiendo que tenemos una misión. Y esto se aplica a las personas y también a los pueblos.

Quizás lo que los jóvenes actuales necesitan es saber que tienen una tarea encomendada, una misión que cumplir. Que su vida, personal y colectivamente, no puede quedarse simplemente en un cómodo sobrevivir. Que tienen que «supervivir». Que están llamados, como decía Jesucristo, a tener vida y vida en abundancia, a ser luz y sal del mundo.

Europa como sociedad, y en concreto la Unión Europea como proyecto político, nació con la ilusión de poder alumbrar nuevas y creativas fórmulas de convivencia entre países distintos y aún enfrentados —como ocurría con Francia y Alemania—. Un modelo que podía exportarse a otras zonas del planeta y generar una humanidad cada vez más unida y cooperante. Con ese mismo deseo de convivencia mundial nació la ONU; también tras la gran hecatombe que supuso la II Guerra Mundial.

Hoy nuestra sociedad necesita mirar al futuro con esa ilusión e idealismo con el que estos proyectos nacieron, y volver a enfrentar esta nueva época con una renovada creatividad e ideales fundados en el bien común.

Este proyecto cultural nuevo no se puede hacer sin la experiencia de las generaciones adultas, pero es imposible llevarlo a cabo sin el entusiasmo y energía, el deseo de riesgo y la generosidad de los jóvenes.

El viejo mundo ha de rejuvenecerse con la sangre de las nuevas generaciones. Y emprender un camino de auténtica renovación social. Antes de que ocurra como contaba Quino en un chiste. Mafalda, esa niña precoz, oye a un par de adultos la siguiente conversación entre risas: «¡Cambiar el mundo! ¡Yo también pensaba así cuando era joven!». Y mientras los señores trajeados se suben en su coche, Mafalda va corriendo a sus amiguitos y les dice: «¡Muchachos! ¡Hay que cambiar pronto el mundo o el mundo nos cambiará a nosotros!».

La fuente de la juventud

Pero, ¿cómo evitar que el mundo nos cambie, especialmente si estamos en un mundo ya viejo, marcado por parámetros de conformismo y mediocridad, en los que vivimos —no podemos negarlo— muy cómodos?

¿Dónde está la fuente de la juventud que rejuvenezca a este mundo, que ponga carne nueva en los huesos resecos que veía el profeta?

En verdad no encuentro otra respuesta más definitiva que volver al manantial de donde brota la vida, a Dios mismo. El Espíritu es quien renueva todo, quien da vida a los muertos, quien gesta personas nuevas para sociedades nuevas. Solo Dios es auténticamente creador. Solo quien está unido a Dios puede participar de esa creatividad radical que genera una nueva cultura, una nueva forma de relacionarse, un nuevo hombre, como nos enseñó san Pablo.

Y esto vale para el mundo antiguo de Roma y para la vieja Europa del siglo XXI.

Desde la vida nueva que gesta hombres nuevos brotan los santos como Francisco de Asís, Juan Bosco o la madre Teresa de Calcuta, y recrean la tierra en la que viven.

Joven que estás leyendo estas líneas. ¡No tengas miedo a ser santo! Es lo que añora tu corazón. Es lo que traerá un soplo de aire fresco a tu vida, el soplo del Espíritu. Y te hará ser luz para este mundo que parece oscurecer por momentos, sal que dé sabor a una vida insulsa.

El viejo mundo espera santos jóvenes que le den una nueva esperanza, le traigan de nuevo la vida, ahora que parece que la partida está casi perdida, en un mundo que envejece y muere por momentos.

Un joven que aspira a la santidad es el as en la manga que Dios se guarda para darle la vuelta a esta partida que es la vida.