Los «padres» de la UE y la desaparición (demográfica) de Europa

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Foto: Il Ragazzo
Foto: Il Ragazzo

Por José Javier Lasunción

A finales de los años 80 del siglo pasado, el investigador y ensayista francés Jean Dumont, pronosticaba el fin de la civilización europea en torno a 2025. Se basaba en el declive pronunciado de la población de los principales países de Europa occidental a partir de 1970; fue tachado de catastrofista, en un tiempo en que nadie alertaba de los peligros de una implosión demográfica como la que estamos viviendo y que, como decimos, está asentada desde hace décadas. Hoy sus augurios parecen confirmarse. Y el tema y su urgencia son, ahora sí, materia de opinión pública.

El papa Francisco, como hombre venido «de lejos», de otro espacio geográfico y cultural, se refirió a «la imagen de una Europa un poco envejecida y reducida», en su intervención ante el Parlamento Europeo el 25 de noviembre de 2014. Dos años después, al recibir el premio Carlomagno, nuevamente citaba «una Europa cansada y envejecida, no fértil ni vital, donde los grandes ideales que inspiraron a Europa parecen haber perdido fuerza de atracción» (Roma, 6 de mayo de 2016). En esta ocasión, su comentario amplía la perspectiva, desde el ámbito de la geografía, del comportamiento demográfico (envejecimiento y falta de fertilidad), a la constatación de la cultura imperante que ha relegado los valores fundacionales de nuestra civilización. Y como remedio, añadía, «nos hará bien evocar a los padres fundadores de Europa».

¿Quiénes son «los padres» de la actual Europa, la que llamamos Unión Europea? Cuatro personalidades extraordinarias han merecido este apelativo por iniciar la integración económica y política del continente, al sentar las bases, tras el conflicto bélico más terrible de la historia, de un escenario internacional nuevo fundado en la paz y el crecimiento de todos los países europeos. Jean Monet, Robert Schuman, Konrad Adenauer y Alcide de Gasperi: Un autodidacta experto en los negocios transcontinentales y tres estadistas; dos franceses, un alemán y un italiano. Los cuatro, defensores de la libertad frente al totalitarismo nazi. Los cuatro compartían los ideales del humanismo europeo y tres de ellos, los políticos Schuman, Adenauer y De Gasperi, son católicos confesos y coherentes en la vida pública.

«Tuvieron la audacia no solo de soñar la idea de Europa, sino que osaron transformar radicalmente los modelos que únicamente provocaban violencia y destrucción» (papa Francisco). Su clarividencia y su coraje para hacer realidad los sueños han sido fecundos y son inspiradores para asumir los retos actuales. Entre ellos, el declive de la natalidad y la crisis del matrimonio y la familia; en suma, el ocaso de Europa.

Evidentemente, debemos poner las cosas en su sitio: ninguno de ellos se planteó un problema semejante al expuesto. La época postbélica que vivieron, fue un tiempo de reconstrucción y de recuperación demográfica, social y económica. Ellos resolvieron el viejo fantasma de los nacionalismos excluyentes y enfrentados, sanaron las terribles cicatrices de la guerra que supuraban venganza. Si son fuente de inspiración, lo son por su capacidad de asumir los retos con decisión y coherencia, arrostrando las incomprensiones y oposiciones a sus planteamientos, que, a la postre, resultaron providenciales.

En particular, los tres políticos católicos, Schuman, Adenauer y De Gasperi, fueron capaces de darse la mano y cooperar porque compartían los mismos ideales de la doctrina social católica y estaban comprometidos en su aplicación. Tenían una misma visión de la dignidad del ser humano, de su responsabilidad en el ejercicio de la libertad, de la dimensión social del bien común, del destino compartido de las riquezas y, en suma, de la vocación eterna de las personas.

La coherencia de su vida, con sus opciones de fe, hacía más creíble la rectitud de sus decisiones políticas. ¿Cómo no admirar a un Schuman, en los años 50, exjefe del gobierno de Francia, ministro de Exteriores y diputado de la Asamblea francesa desde los años 20, al tomar muchos viernes un tren en París, bajarse en Metz y montar en un autobús hasta su pueblo lorenés para pasar el fin de semana? Tanto él como De Gasperi eran austeros en sus costumbres, amantes de su familia y de las tradiciones patrias y con una vida de piedad intensa y sincera. De ambos está iniciado el proceso de beatificación, ya muy avanzado en el caso de Schuman.

Nos estimulan a soñar con otra Europa mejor. Respecto al reto demográfico, es evidente que la inmigración resultará decisiva y el ejemplo de «los padres» invita a dejar a un lado los exclusivismos, haciendo de Europa una casa de acogida, diálogo e integración, sin descuidar, por otra parte, el realismo político (que ellos mismos practicaron) que vela por una regulación de los flujos migratorios y el respeto escrupuloso de los derechos de las personas migrantes y de los propios patriotas.

Pero si la civilización europea agoniza, no es a causa de una fuerza emergente y externa que la destruye, sino por el vacío espiritual interno, derivado de la sustitución del genuino humanismo europeo, de raíces cristianas, por el relativismo, el consumismo y el materialismo. Y aquí, de nuevo, «los padres» nos advierten de que sin espíritu cristiano, sin humanismo trascendente (el que postula la capacidad de la razón y la libertad para el encuentro con la verdad y el bien) no hay futuro para Europa y sus realizaciones históricas (democracia, derechos de la persona, cultura y ética como rectoras de la tecnología…).

El papa Francisco cerraba su discurso de 2016 soñando con «una Europa joven, capaz de ser todavía madre: una madre que tenga vida, porque respeta la vida y ofrece esperanza de vida. Una Europa que se hace cargo del niño. Una Europa donde los jóvenes respiren el aire limpio de la honestidad, amen la belleza de la cultura y de una vida sencilla, no contaminada por las infinitas necesidades del consumismo; donde casarse y tener hijos sea una responsabilidad y una gran alegría. Una Europa de las familias, con políticas realmente eficaces, centradas en los rostros más que en los números, en el nacimiento de hijos más que en el aumento de los bienes».

¿Apostaremos por este programa de futuro, hoy por hoy un sueño imposible, a ejemplo de «los padres», o transitaremos los caminos de la corrección política y lo fáctico hacia el abismo y la desaparición?