Madrecita mía en la fe

El P. Eduardo y la Virgen de Fátima

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Eduardo con el Dr. Montes y el P. Manso
Eduardo con el Dr. Montes y el P. Manso

Por Javier Laforet

El hospital estaba silencioso. Había caído la tarde y la habitación iba quedando en penumbra. Sentado junto a la cama, miraba a Eduardo que dormía inquieto.

—Mamá, mamá.

Apenas un murmullo entre sueños. La sombra de la imagen de la Virgen de Fátima se adivinaba tenuemente sobre la sábana, como si quisiera envolver a Eduardo con una caricia protectora.

Habían pasado más de tres años desde aquella tarde en la plaza de San Pedro, en la que cuatro balas en el cuerpo de Juan Pablo II cambiaron tantas cosas. Más de tres años desde aquella tarde en la que Dios entró en silencio y a raudales, una vez más, en la vida de Eduardo, arrancándole sin esfuerzo una entrega que era fruto de muchas otras, y que marcaría el inicio de otra aún mayor: su ofrecimiento por la vida del Papa, y que mantuvo con una fidelidad y una confianza audaces, y fue creciendo, de manos del amor y del dolor, hasta convertirse en el ofrecimiento de su vida al amor de Dios, en favor de todas las personas.

Encendí una luz suave, y Eduardo se movió en la cama.

—Creo que he dormido un rato… No puedo rezar…

Miró con sus ojos doloridos hacia la imagen de la Virgen que le acompañaba desde el primer día. Volvió a cerrar los ojos.

—Mamá…

Recordé una foto de Eduardo de algunos años atrás, con la imagen peregrina de la Virgen de Fátima. Sonriente, lleno de vida, alegre junto a aquella imagen de María, su «madrecita en la fe». Desde el atentado del 13 de mayo de 1981, el mensaje de Fátima había ido formando parte de su espiritualidad cada vez más intensamente, y se había convertido en un vínculo silencioso, pero poderoso, con el Papa, con la Iglesia, con sus hermanos y hermanas de todo tiempo, de todo lugar.

Cogí suavemente una de sus manos heladas y la retuve entre las mías. La misma mano que había trazado sobre mí la señal de la cruz tras años de ausencia. Una mano ahora desnuda, herida, y por eso aún más sacerdotal. Y, de un modo misterioso, más llena de vida que en cualquier otro momento, que en cualquier otra caricia. Sacerdocio silencioso y fecundo, al modo de Jesús en la Eucaristía.

Miré yo también la imagen de la Virgen de Fátima en medio de la penumbra. Recordé unas palabras escritas por Eduardo dos años antes. «Madre, tú me has elegido para vivir siempre en tu Cruzada y me has puesto en el corazón el deseo ardiente de ser sacerdote… me llamas al sacerdocio para ofrecerme por la conversión de los pecadores… Sí, me ofrezco a hacer penitencia, quiero aceptarlo todo por amor…» Eco sacerdotal de aquella petición de la Virgen en Fátima: «¿Queréis ofreceros y hacer penitencia por la conversión de los pecadores?»

Aquellas palabras: penitencia, pecadores, ofrecimientos, sacrificios…, me resultaban de algún modo oscuras, llenas de dolor, tan lejanas de aquellas otras que le había escuchado a él, con su voz enamorada y vehemente: «Mira, Javi, todo está vivo, todo rebosa vida, ¡todo llama a la vida!» Y a la vez, aquellas palabras que me parecían tan oscuras resonaban en mi interior como portadoras de una verdad que no entendía, pero que me sobrepasaba.

Esa tarde, con su mano entre las mías, sosteniéndola como se sostiene en las manos un regalo aún sin desenvolver, solo podía intuir cuánto amor había en todo aquello. Tardé mucho tiempo en empezar a entender. En entender con el corazón cuánto amor había en decidir no disponer de sí mismo para que Jesús dispusiera de él. De escoger un camino de pobreza, de pequeñas —y grandes— decisiones en favor de otros. Cuánto amor en luchar por llenar la propia vida de gestos de solidaridad con el sufrimiento de otros, para acompañarlos, para no olvidarlos, para ser uno con ellos. En desear, con toda su vida, la Vida para sus hermanos y hermanas que no podían, que no querían, que no sabían, vivir del amor de Dios. Cuánta confianza hacía falta para no huir, aún más, para acoger la realidad, la propia y la del mundo, amable, terrible, gozosa, crucificada, llena de vida y de muerte, y que así el amor de Dios pudiera traspasarla toda.

La puerta se abrió y la enfermera encendió la luz. Sentí su sonrisa cariñosa bajo la mascarilla, y con mucho cuidado cambió la bolsa de suero, añadiendo algún medicamento. Tocó la frente de Eduardo. Le arregló las sábanas, le susurró «descansa, Eduardo, buenas noches» y con una leve caricia salió de la habitación. Con la luz aún encendida, me quedé mirando su respiración agitada, el ceño fruncido, y sintiendo su mano apretando la mía.

Tardé más tiempo aún en empezar a entender el infinito valor de la vida de mi hermano así, postrado, enfermo, lleno de dolor, de impotencia. «Mira, Javi, todo está vivo, todo rebosa vida, ¡todo llama a la vida!» Era verdad. Es verdad. Porque la vida de la que me hablaba aquella tarde lejana en el Parque del Oeste, en Madrid, toda la vida que nos rodeaba en aquel paseo, era el símbolo y la presencia de la Vida de Dios en el mundo. La que no cesa, la que arrebata todo y lo hace valioso, fecundo, amable, en un movimiento que nosotros vivimos como vida y como muerte, y que muchas veces nos aterra; y que Eduardo vivía con una confianza sin límites, a pesar del miedo, como un niño enamorado de su Padre, una confianza que le mantenía en la seguridad de que Jesús transformaba su vida en «un puro querer a Dios y todo lo que Él ama». Y en aquella habitación del Hospital Puerta de Hierro, un anochecer caluroso de julio de hace más de treinta años, la vida rebosaba, llamaba a la vida, lo volvía todo fecundo.

En medio del silencio, pude adivinar el rumor de su corazón herido, lleno de vida como la primera vez: «Jesús, es por tu amor. Sí, quiero».