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title: "Migrantes en un mundo sin fronteras"
description: "Por Mª Montaña Malpartida (Maestra y antropóloga) Los grandes flujos migratorios son una realidad. Hasta en los lugares más recónditos de nuestro país es fácil comprobar que la..."
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date: 2018-12-01
modified: 2020-02-03
author: "y otros autores"
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# Migrantes en un mundo sin fronteras

**Por Mª Montaña Malpartida
(Maestra y antropóloga)**

Los grandes flujos
migratorios son una realidad. Hasta en los lugares más recónditos de nuestro
país es fácil comprobar que la multiculturalidad forma parte ya de nuestra cotidianidad
y que, además, no es algo que esté de paso; ha venido para quedarse.

El mundo ha cambiado y nosotros tenemos que adaptarnos a esos cambios. Eso sí, podemos elegir el tipo de cambio en el que queremos participar: trabajar por él o en contra de él. **Ya no vale ser indiferente**.

La movilidad humana se ha convertido en
un acontecimiento de gran importancia que forma, hoy día, parte del individuo.
No obstante, no es algo totalmente nuevo. Ya sucedía desde los comienzos de la
historia: ese afán del hombre por ocupar, explorar y conocer
nuevos territorios; o bien, sencillamente, para huir o sobrevivir.

Entendemos por emigrante a quien, por razones de trabajo o de
violencia, sale de su país y se sitúa en otro, con la pretensión de residir y
trabajar en él, sin adquirir, por los motivos que fuere,
su ciudadanía y sin poseer, por consiguiente, los mismos derechos o
posibilidades que los miembros que lo componen.

Cabe recordar y tener presente, que en la actualidad son más de 800.000
españoles los que viven fuera de nuestras fronteras, y que
miles de jóvenes abandonan el país cada año buscando nuevos horizontes, bien
para completar su formación, bien para buscar un medio de vida; pero la
diferencia está en que la mayor parte de esta migración se realiza desde la libertad, libertad del emigrante, sin riesgo de su vida y la de su
familia.

Pero existe una inmigración masiva,
con ausencia de libertad para el inmigrante, que se ve obligado a huir de su
tierra para salvar la vida. Dejan atrás su cultura, su familia, su hogar y salen sin fecha de retorno, porque la situación es
insostenible, peligrosa, porque no solo está en juego su bienestar, sino que,
además, su vida carece de valor.

La mayoría de estas personas son engañadas por las mafias que les
brindan la tierra prometida. Cuando, muchos de ellos
descubren la realidad, ya es demasiado tarde, quedando sometidos a una
esclavitud de la que es muy difícil escapar. Estos flujos migratorios se están
convirtiendo en un gran desafío para la sociedad receptora y, también, para la Iglesia.

La Iglesia española, como se recogía en la Pastoral de las Migraciones,
reconoce que no tiene soluciones técnicas para este problema *(LXI plenaria de la Conferencia Episcopal, Pastoral de las Migraciones)*. Allí leemos: «Después de escudriñar la Sagrada Escritura, su
Doctrina Social (de la Iglesia), de raíz milenaria y de específica
reelaboración en la era industrial y postindustrial; proporciona principios de
reflexión, criterios de juicio y orientaciones de acción, que responden a las necesidades de los individuos, de los grupos y de la sociedad. La
respuesta de la Iglesia a lo largo de la historia en este campo no surge solo
por un impulso meramente humano de solidaridad, sino que encuentra su
fundamento principal en la Revelación Divina».

El fenómeno de la inmigración en nuestro país es de una gran
importancia. Continúan diciéndonos los obispos: «El número de inmigrantes
existente aún no es excesivo, aunque nos lo parezca, pero la novedad de la
situación ha sorprendido a nuestra sociedad, que ha visto invertirse una
tendencia en muy poco tiempo, pues hasta hace solo diez años España era solo,
un país de emigración».

La importancia de esta nueva situación les ha impulsado a reflexionar
sobre la realidad de la inmigración en nuestro país, reflexión
que los obispos, miembros de la Comisión Episcopal de Migraciones pretenden
ofrecer a la sociedad española en un futuro próximo. Reconociendo sus
limitaciones en este campo quieren seguir promoviendo el estilo acogedor de la
Iglesia, reflejo de la actitud del Buen Samaritano y dan
gracias a Dios, y a cuantos prestan su servicio a los migrantes, así como a los
mismos migrantes, a quienes consideran como un don para la Iglesia: «Acudimos a
la intercesión de Santa María Virgen y San José, que con el pequeño Jesús compartieron la emigración y el exilio, hoy ellos nos
ayudan a comprender a todos los hermanos y hermanas que tienen que abandonar
sus casas y marchar a otras tierras».

Muchos de los hombres, mujeres y niños que llegan hasta nuestro país,
hasta este continente europeo, o hasta otros continentes más avanzados, no
es por gusto o curiosidad; es por necesidad, porque la vida, en sus lugares de
orígenes, carece de valor.

La mayoría de las veces, los conflictos de los que huyen son producto
de grandes injusticias camufladas y heredadas desde fuera, y que son
presentadas ante la opinión pública como conflictos tribales o locales.

Conflictos históricos, que los autóctonos no han provocado, pero sí los
sufren en primera persona, o mejor dicho, pueden conjugar
el presente de indicativo del verbo sufrir en todas las personas, y esto obliga
a grandes grupos humanos a salir de sus entornos en contra de su voluntad.

Seamos sinceros: a pocos les gusta abandonar su casa, su hogar, su
familia…, a menos que haya fuerzas mayores, bien para
salvar su vida o dignidad, o bien, para intentar salvar la vida y la dignidad
de sus seres queridos.

Otros, buscan fuera ser el soporte (cada vez es más difícil) de sus
familias en la distancia.

Se ha hablado bastante de que el problema tendría solución si esas injusticias de las que hablamos,
se vieran corregidas en sus orígenes; claro que eso sería lo ideal, pero
¿estamos realmente dispuestos a subsanar estas injusticias cometidas?, ¿a
impulsar la libertad a la que tienen derecho?, ¿a devolver todo lo que los
países extranjeros les hemos robado a lo largo de la historia?, ¿a repartir y
retornar la riqueza arrebatada que ha contribuido a nuestro estado de
bienestar, impidiendo de esta manera el suyo?

Muchas de esas respuestas se escapan de nuestras manos,
corresponden a los gobiernos, dirán muchos, y puede que tengan razón, pero ¿y
yo? ¿Y tú? Sí, tú, el/la que lee, ¿estás dispuesto a trabajar en pro de esa
justicia? ¿Qué me exijo yo en favor de los migrantes que viven cerca de mí? Ahora ya no solo están en las periferias de las que tanto hemos
hablado y analizado en nuestra iglesia, no vale mirar a otro lado o pensar que
no puedo llegar a ellos. Ahora están en mi ciudad, en mi barrio, en mi
parroquia, y me necesitan.

¿Qué hacer? No
cabe la menor duda de que en todos esos lugares de mi entorno, existen vías
donde poder ayudar: ¡busquémoslas!, es el primer paso para empezar, no hablamos
de limosna, hablamos de justicia, de responsabilidad, de Evangelio, mientras
nuestros gobiernos buscan soluciones. Podemos hacer muchas
cosas: enseñarles el idioma, mostrarles por dónde empezar su nueva y diferente
vida entre nosotros, o por donde continuar si se quedan sin recursos. Tiéndeles
tu mano (no siempre hablamos de dinero), dentro de tus posibilidades;
denuncia los abusos contra los derechos humanos, conoce las Delegaciones de
Migraciones de tu Diócesis o la acción de Cáritas, intenta saber qué sucede en
sus lugares de origen porque esto te ayudará a comprender y ponerte en su
lugar, o pongámonos en su lugar cuando han dejado
personas queridas, las más queridas…

Cabe recordar, que mirar a otro
lado, nos hace cómplices. Infórmate y no hagas caso de los abundantes bulos,
siempre interesados, que circulan en torno a las prebendas exageradas de las que disfrutan los inmigrantes: los sueldazos que cobran, los
beneficios que supuesta e inciertamente tienen o los perjuicios que trae su
llegada.

Por otro lado, tampoco podemos obviar los desplazamientos y migraciones
por causas climáticas y ecológicas, que cada vez está cobrando
más protagonismo.

El cambio climático es una amenaza que viene dando la cara de múltiples
formas. Kristalina Georgieva, directora general del Banco Mundial, alertaba
hace algunos meses sobre el avance de una nueva corriente
migratoria: los desplazamientos forzosos que se vienen provocando por estas
cuestiones.

Según los datos de Banco Mundial, las personas obligadas a huir de sus
tierras a causa de sequías extremas o violentas inundaciones cada vez crecen en
número y vamos siendo testigos en los últimos meses (la
India, Indonesia, Haití…).

Un panorama desolador que el Banco Mundial amplia con consecuencias muy
negativas como «tempestades altamente destructivas» en regiones costeras, y
ciudades enfrentadas a crisis acuíferas «sin precedentes». Todo ello
acelerado por el calentamiento de los Polos y la crecida de los océanos.

Todo parece indicar que las migraciones se solaparían con los
desplazamientos transfronterizos, por motivos políticos, que nos atraparían en
crisis humanitarias masivas inimaginables hasta
ahora. Según los expertos, solo la reducción global de los gases de efecto
invernadero y una planificación real de los estados, podría evitar que la
temperatura global suba dos grados centígrados, pero esto no parece ser una realidad.

La ONU ha puesto en marcha «la década del agua» (2018-2028) vinculada
con los recursos hídricos que provoca tantas tensiones entre territorios, hasta
dentro de un mismo país.

La preocupación medioambiental ha impulsado campañas en pro de la justicia climática. La Iglesia también manifiesta su preocupación y el
papa Francisco promulga la encíclica Laudato si’ (Segunda encíclica del papa Francisco, firmada el 18 de junio de 2015)
en la que nos invita a una «conversión ecológica, estableciendo el 1 de septiembre como Jornada Mundial de oración por *el cuidado de la Creación*. En muchas Diócesis se han creado las delegaciones del Cuidado de la
Creación para alertarnos y concienciarnos con la magnitud de las consecuencias
que se nos vienen encima.

Como decíamos, los cambios están aquí y aún no en su fase culminante.
De nosotros depende también, como agentes activos, el trabajar por o en contra
del cambio que nuestro mundo y sociedad está sufriendo.

El Papa en su encíclica nos recuerda que «merecen una gratitud especial quienes luchan con vigor para resolver las
consecuencias dramáticas de la degradación ambiental en las vidas de los más
pobres del mundo». Continuaba diciendo Francisco, «los jóvenes nos reclaman un
cambio, se está sintiendo en el sínodo que con ellos y para ellos se
está celebrando. Se preguntan cómo es posible pretender construir un futuro
mejor sin pensar en la crisis del medio ambiente y en el sufrimiento de los
excluidos» y entre estos excluidos, no nos engañemos, se encuentran millones de inmigrantes, refugiados y desplazados.

Francisco ha hecho de la defensa de los que migran uno de los temas
centrales de su papado, exigiendo medidas políticas que resuelvan los problemas
que llevaron a muchos de ellos a huir, a escapar del horror.

Invitó a construir puentes en vez de muros entre las naciones, también
ha denunciado que los políticos que avivan el miedo a los inmigrantes están
sembrando violencia y racismo. Y nos recuerda que «en la cuestión migración no
están en juego solo números, sino personas, con su historia,
su cultura, sus sentimientos, sus anhelos…» Personas que necesitan protección
continua y que sus derechos y dignidad sean protegidos. «Se necesita un cambio
de mentalidad –dice Francisco–: pasar de considerar al otro como una amenaza a nuestra comodidad a valorarlo como alguien que con su
experiencia de vida y sus valores puede aportar mucho y contribuir a la
riqueza, en muchos sentidos, de nuestra sociedad» (Mensaje del Santo Padre
Francisco con motivo del Coloquio Santa Sede – México sobre la Migración
Internacional, 14.06.18).

***¿Estamos dispuestos? ¿Estás dispuesto? ***** *****No mires a otro lado*****.***** ¡Seguro que vale la pena!***
