Migrantes en un mundo sin fronteras

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Migrantes en un mundo sin fronteras. Foto: Trasmo
Migrantes en un mundo sin fronteras. Foto: Trasmo

Por Mª Montaña Malpartida
(Maestra y antropóloga)

Los grandes flujos migratorios son una realidad. Hasta en los lugares más recónditos de nuestro país es fácil comprobar que la multiculturalidad forma parte ya de nuestra cotidianidad y que, además, no es algo que esté de paso; ha venido para quedarse.

El mundo ha cambiado y nosotros tenemos que adaptarnos a esos cambios. Eso sí, podemos elegir el tipo de cambio en el que queremos participar: trabajar por él o en contra de él. Ya no vale ser indiferente.

La movilidad humana se ha convertido en un acontecimiento de gran importancia que forma, hoy día, parte del individuo. No obstante, no es algo totalmente nuevo. Ya sucedía desde los comienzos de la historia: ese afán del hombre por ocupar, explorar y conocer nuevos territorios; o bien, sencillamente, para huir o sobrevivir.

Entendemos por emigrante a quien, por razones de trabajo o de violencia, sale de su país y se sitúa en otro, con la pretensión de residir y trabajar en él, sin adquirir, por los motivos que fuere, su ciudadanía y sin poseer, por consiguiente, los mismos derechos o posibilidades que los miembros que lo componen.

Cabe recordar y tener presente, que en la actualidad son más de 800.000 españoles los que viven fuera de nuestras fronteras, y que miles de jóvenes abandonan el país cada año buscando nuevos horizontes, bien para completar su formación, bien para buscar un medio de vida; pero la diferencia está en que la mayor parte de esta migración se realiza desde la libertad, libertad del emigrante, sin riesgo de su vida y la de su familia.

Pero existe una inmigración masiva, con ausencia de libertad para el inmigrante, que se ve obligado a huir de su tierra para salvar la vida. Dejan atrás su cultura, su familia, su hogar y salen sin fecha de retorno, porque la situación es insostenible, peligrosa, porque no solo está en juego su bienestar, sino que, además, su vida carece de valor.

La mayoría de estas personas son engañadas por las mafias que les brindan la tierra prometida. Cuando, muchos de ellos descubren la realidad, ya es demasiado tarde, quedando sometidos a una esclavitud de la que es muy difícil escapar. Estos flujos migratorios se están convirtiendo en un gran desafío para la sociedad receptora y, también, para la Iglesia.

La Iglesia española, como se recogía en la Pastoral de las Migraciones, reconoce que no tiene soluciones técnicas para este problema (LXI plenaria de la Conferencia Episcopal, Pastoral de las Migraciones). Allí leemos: «Después de escudriñar la Sagrada Escritura, su Doctrina Social (de la Iglesia), de raíz milenaria y de específica reelaboración en la era industrial y postindustrial; proporciona principios de reflexión, criterios de juicio y orientaciones de acción, que responden a las necesidades de los individuos, de los grupos y de la sociedad. La respuesta de la Iglesia a lo largo de la historia en este campo no surge solo por un impulso meramente humano de solidaridad, sino que encuentra su fundamento principal en la Revelación Divina».

El fenómeno de la inmigración en nuestro país es de una gran importancia. Continúan diciéndonos los obispos: «El número de inmigrantes existente aún no es excesivo, aunque nos lo parezca, pero la novedad de la situación ha sorprendido a nuestra sociedad, que ha visto invertirse una tendencia en muy poco tiempo, pues hasta hace solo diez años España era solo, un país de emigración».

La importancia de esta nueva situación les ha impulsado a reflexionar sobre la realidad de la inmigración en nuestro país, reflexión que los obispos, miembros de la Comisión Episcopal de Migraciones pretenden ofrecer a la sociedad española en un futuro próximo. Reconociendo sus limitaciones en este campo quieren seguir promoviendo el estilo acogedor de la Iglesia, reflejo de la actitud del Buen Samaritano y dan gracias a Dios, y a cuantos prestan su servicio a los migrantes, así como a los mismos migrantes, a quienes consideran como un don para la Iglesia: «Acudimos a la intercesión de Santa María Virgen y San José, que con el pequeño Jesús compartieron la emigración y el exilio, hoy ellos nos ayudan a comprender a todos los hermanos y hermanas que tienen que abandonar sus casas y marchar a otras tierras».

Muchos de los hombres, mujeres y niños que llegan hasta nuestro país, hasta este continente europeo, o hasta otros continentes más avanzados, no es por gusto o curiosidad; es por necesidad, porque la vida, en sus lugares de orígenes, carece de valor.

La mayoría de las veces, los conflictos de los que huyen son producto de grandes injusticias camufladas y heredadas desde fuera, y que son presentadas ante la opinión pública como conflictos tribales o locales.

Conflictos históricos, que los autóctonos no han provocado, pero sí los sufren en primera persona, o mejor dicho, pueden conjugar el presente de indicativo del verbo sufrir en todas las personas, y esto obliga a grandes grupos humanos a salir de sus entornos en contra de su voluntad.

Seamos sinceros: a pocos les gusta abandonar su casa, su hogar, su familia…, a menos que haya fuerzas mayores, bien para salvar su vida o dignidad, o bien, para intentar salvar la vida y la dignidad de sus seres queridos.

Otros, buscan fuera ser el soporte (cada vez es más difícil) de sus familias en la distancia.

Se ha hablado bastante de que el problema tendría solución si esas injusticias de las que hablamos, se vieran corregidas en sus orígenes; claro que eso sería lo ideal, pero ¿estamos realmente dispuestos a subsanar estas injusticias cometidas?, ¿a impulsar la libertad a la que tienen derecho?, ¿a devolver todo lo que los países extranjeros les hemos robado a lo largo de la historia?, ¿a repartir y retornar la riqueza arrebatada que ha contribuido a nuestro estado de bienestar, impidiendo de esta manera el suyo?

Muchas de esas respuestas se escapan de nuestras manos, corresponden a los gobiernos, dirán muchos, y puede que tengan razón, pero ¿y yo? ¿Y tú? Sí, tú, el/la que lee, ¿estás dispuesto a trabajar en pro de esa justicia? ¿Qué me exijo yo en favor de los migrantes que viven cerca de mí? Ahora ya no solo están en las periferias de las que tanto hemos hablado y analizado en nuestra iglesia, no vale mirar a otro lado o pensar que no puedo llegar a ellos. Ahora están en mi ciudad, en mi barrio, en mi parroquia, y me necesitan.

¿Qué hacer? No cabe la menor duda de que en todos esos lugares de mi entorno, existen vías donde poder ayudar: ¡busquémoslas!, es el primer paso para empezar, no hablamos de limosna, hablamos de justicia, de responsabilidad, de Evangelio, mientras nuestros gobiernos buscan soluciones. Podemos hacer muchas cosas: enseñarles el idioma, mostrarles por dónde empezar su nueva y diferente vida entre nosotros, o por donde continuar si se quedan sin recursos. Tiéndeles tu mano (no siempre hablamos de dinero), dentro de tus posibilidades; denuncia los abusos contra los derechos humanos, conoce las Delegaciones de Migraciones de tu Diócesis o la acción de Cáritas, intenta saber qué sucede en sus lugares de origen porque esto te ayudará a comprender y ponerte en su lugar, o pongámonos en su lugar cuando han dejado personas queridas, las más queridas…

Cabe recordar, que mirar a otro lado, nos hace cómplices. Infórmate y no hagas caso de los abundantes bulos, siempre interesados, que circulan en torno a las prebendas exageradas de las que disfrutan los inmigrantes: los sueldazos que cobran, los beneficios que supuesta e inciertamente tienen o los perjuicios que trae su llegada.

Por otro lado, tampoco podemos obviar los desplazamientos y migraciones por causas climáticas y ecológicas, que cada vez está cobrando más protagonismo.

El cambio climático es una amenaza que viene dando la cara de múltiples formas. Kristalina Georgieva, directora general del Banco Mundial, alertaba hace algunos meses sobre el avance de una nueva corriente migratoria: los desplazamientos forzosos que se vienen provocando por estas cuestiones.

Según los datos de Banco Mundial, las personas obligadas a huir de sus tierras a causa de sequías extremas o violentas inundaciones cada vez crecen en número y vamos siendo testigos en los últimos meses (la India, Indonesia, Haití…).

Un panorama desolador que el Banco Mundial amplia con consecuencias muy negativas como «tempestades altamente destructivas» en regiones costeras, y ciudades enfrentadas a crisis acuíferas «sin precedentes». Todo ello acelerado por el calentamiento de los Polos y la crecida de los océanos.

Todo parece indicar que las migraciones se solaparían con los desplazamientos transfronterizos, por motivos políticos, que nos atraparían en crisis humanitarias masivas inimaginables hasta ahora. Según los expertos, solo la reducción global de los gases de efecto invernadero y una planificación real de los estados, podría evitar que la temperatura global suba dos grados centígrados, pero esto no parece ser una realidad.

La ONU ha puesto en marcha «la década del agua» (2018-2028) vinculada con los recursos hídricos que provoca tantas tensiones entre territorios, hasta dentro de un mismo país.

La preocupación medioambiental ha impulsado campañas en pro de la justicia climática. La Iglesia también manifiesta su preocupación y el papa Francisco promulga la encíclica Laudato si’ (Segunda encíclica del papa Francisco, firmada el 18 de junio de 2015) en la que nos invita a una «conversión ecológica, estableciendo el 1 de septiembre como Jornada Mundial de oración por el cuidado de la Creación. En muchas Diócesis se han creado las delegaciones del Cuidado de la Creación para alertarnos y concienciarnos con la magnitud de las consecuencias que se nos vienen encima.

Como decíamos, los cambios están aquí y aún no en su fase culminante. De nosotros depende también, como agentes activos, el trabajar por o en contra del cambio que nuestro mundo y sociedad está sufriendo.

El Papa en su encíclica nos recuerda que «merecen una gratitud especial quienes luchan con vigor para resolver las consecuencias dramáticas de la degradación ambiental en las vidas de los más pobres del mundo». Continuaba diciendo Francisco, «los jóvenes nos reclaman un cambio, se está sintiendo en el sínodo que con ellos y para ellos se está celebrando. Se preguntan cómo es posible pretender construir un futuro mejor sin pensar en la crisis del medio ambiente y en el sufrimiento de los excluidos» y entre estos excluidos, no nos engañemos, se encuentran millones de inmigrantes, refugiados y desplazados.

Francisco ha hecho de la defensa de los que migran uno de los temas centrales de su papado, exigiendo medidas políticas que resuelvan los problemas que llevaron a muchos de ellos a huir, a escapar del horror.

Invitó a construir puentes en vez de muros entre las naciones, también ha denunciado que los políticos que avivan el miedo a los inmigrantes están sembrando violencia y racismo. Y nos recuerda que «en la cuestión migración no están en juego solo números, sino personas, con su historia, su cultura, sus sentimientos, sus anhelos…» Personas que necesitan protección continua y que sus derechos y dignidad sean protegidos. «Se necesita un cambio de mentalidad –dice Francisco–: pasar de considerar al otro como una amenaza a nuestra comodidad a valorarlo como alguien que con su experiencia de vida y sus valores puede aportar mucho y contribuir a la riqueza, en muchos sentidos, de nuestra sociedad» (Mensaje del Santo Padre Francisco con motivo del Coloquio Santa Sede – México sobre la Migración Internacional, 14.06.18).

¿Estamos dispuestos? ¿Estás dispuesto? No mires a otro lado. ¡Seguro que vale la pena!