Mis vivencias en el Movimiento de Santa María

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Mis vivencias en el Movimiento de Santa María
Mis vivencias en el Movimiento de Santa María

Por Teresa Hernández

Convencida de vivir el cristianismo de manera consciente, por pura gracia de Dios, a mis veintidós años conocí a la Milicia y a los Cruzados de Santa María a través de José Luis, mi marido, en un momento providencial de mi vida. Por aquel entonces a las parejas de novios se nos abrió la posibilidad de formar parte del Coloquio Montserrat, dirigido por nuestro querido amigo y consejero Modesto Fernández (in memoriam).

A lo largo de los años el Movimiento de Santa María ha ido dando vida a distintos grupos, pero todos con el mismo hilo conductor aprendido del padre Morales: el amor a Cristo y a la Virgen, apoyados en la experiencia de los Ejercicios Espirituales de san Ignacio, retiros, actividades culturales y de naturaleza, etc., para cristianizar nuestro entorno a través de la vida diaria. Y a nosotros también —matrimonio Cañas-Hernández— nos han guiado y acompañado los Cruzados de Santa María durante ya 38 años felizmente casados, es decir con bastantes alegrías y con algunas penas, como me figuro será lo normal.

Ahora, como supongo nos pasa a la mayoría de los padres con hijos independizados y con nietos, aspiramos a reunir a toda la familia al menos una vez al año. Ya nos juntamos en la Navidad pasada, con motivo del bautismo de nuestra nieta Lourdes. Y este verano de nuevo hemos podido reunirnos todos (menos nuestra hija Teresa) en el Aula Familiar Tomás Morales, acogidos por nuestros queridos amigos Cruzados de Santa María, en un lugar espectacular de naturaleza, Santiago de Aravalle, rodeados de familias que, como nosotros, aspiramos a vivir en cristiano en medio de este mundo. Mejor imposible. La experiencia fue un acontecimiento a lo grande, que nos dejó huella a toda la familia (yo lo percibo así), al combinar con armonía vivencias de la fe, diálogo enriquecedor, naturalidad y generosidad de las familias, formación, horarios flexibles y bien aprovechados, alegría contagiada con tantos niños, buena organización, realmente todo muy bien preparado. Y mucha naturaleza, y muchas más cosas vividas, algunas que aún todavía no somos conscientes y solo Dios conoce.

Lo que empezó en nosotros como una posibilidad de encuentro familiar ha pasado por nuestras vidas como un oasis, motivo de esperanza para seguir el día a día cómo y donde el Señor siga disponiendo. Y no me olvido de santa Teresita de Lisieux, hilo conductor de la convivencia, un redescubrimiento de su figura y su espiritualidad sencilla, todo un acierto.

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