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EE. EE. enseñanzas medias
EE. EE. enseñanzas medias

Ejercicios espirituales, la más apasionante de las aventuras

¿Es posible que un adolescente pueda estar cuatro días en silencio y oración? ¿Y que esté con otros dieciséis jóvenes más realizando esa experiencia en el más riguroso de los silencios, tal como pedía san Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales? ¿Es esta experiencia de hace quinientos años válida para los jóvenes del siglo XXI?

Sin duda habrá quien piense que a los jóvenes de hoy no se les puede proponer esta actividad, porque es para personas más hechas en la vida y de una trayectoria espiritual profunda. Pero los hechos desmienten a quienes piensan así. Al menos eso han podido vivir un grupo de diecisiete adolescentes que del uno al cinco de septiembre han realizado los ejercicios espirituales en Santiago de Aravalle (Ávila), de mano de un joven director de ejercicios, José María Ausín, y el asesoramiento y colaboración de Javier Segura. La estela del estilo de Abelardo de Armas, profundo y distendido, afectuoso y cercano, se podía percibir en estos ejercicios de la Milicia de Santa María.

El entorno de la naturaleza de la sierra de Gredos sin duda ayudó a vivir las meditaciones sobre la creación del Principio y Fundamento. La última noche estrellada en la que, esperando la resurrección, los militantes acompañaron a María, recordando las noches de la Historia de la Salvación realmente tocó el corazón de más de un joven. El recuerdo de la pasión de nuestro Señor llenó a los ejercitantes del celo por las almas. Y como en las primeras tandas del padre Morales, salieron decididos a que muchos otros compañeros y amigos participasen en la siguiente tanda de ejercicios. Un fuego que se extiende y no se extingue.

Redacción Estar


«Homenaje» a los padres y, sobre todo… ¡a las madres!

Es habitual, tras el periodo veraniego, que se publiquen en la revista Estar reseñas de las actividades que realizan los diferentes grupos del Movimiento de Santa María. Este año, además, proponemos esta breve crónica –bastante cercana a la realidad– de lo que ocurre en una familia en la que sus hijos participan en las actividades de verano.

Los padres, conscientes de su importancia para ellos y con gratitud por poder hacerlo, contribuimos como nos corresponde a su compromiso por formarse (campamentos, convivencias), prestar un servicio (campo de trabajo, educadores de otros más jóvenes) o crecer espiritualmente (ejercicios ignacianos).

¿Cómo lo hacemos? Pues prestando nuestro particular servicio en numerosas cuestiones logísticas en casa, en los preparativos y, más a la carrera aún, en los breves períodos entre actividad y actividad:

  • La lista de material y equipo para el campamento no es que sea una «lista de boda» al uso, pero cuando se multiplica por tres, o por cinco…
  • La unidad de cuenta de los calcetines ya no es el par, sino la docena.
  • Hay que contar con la ropa de abrigo, aunque afuera esté apretando el calor.
  • Las lavadoras no pueden echar humo… porque están llenas de agua y jabón trabajando a pleno rendimiento varios días.
  • Apoyo a la movilidad (si cuadran los horarios): ¿me puedes llevar/traer?, ¿nos acercas a…?, ¿se puede venir fulanito que vive en…?
  • La cuestión económica también importa… menos mal que se idean «packs de verano» y similares para que «la extra» cunda un poco más.

En fin, la casa parece un mercadillo durante varias semanas entre las cosas que hay que sacar y después recoger.

Cuando por fin llegan las vacaciones de «los mayores» y los pocos días en que coincide que nadie tiene actividades, disfrutamos las «vacaciones familiares» y los padres estamos encantados de atenderles de forma cariñosa y especial. Su esfuerzo lo merece. Es el momento de escuchar todas sus aventuras en los viajes o alrededor de una buena mesa; momentos que hay que cuidar porque luego, durante el curso, son difíciles de asegurar a diario con toda la familia reunida.

También nos acordamos de todos los que organizan cada una de las actividades. Sabemos que cada proyecto exige muchas horas de trabajo previas, durante todo el año, y mucha dedicación para sacarlo delante de forma provechosa, como siempre ocurre (en este tiempo de pandemia, además, son de agradecer las medidas que se han tomado para que todo transcurra sin mayor novedad). Gracias a los cruzados de Santa María y demás formadores, y a todo el personal que los apoya. En toda esa entrega, se nota la mano de la Virgen, que cuida maternalmente de nuestros chicos y chicas.

Con un poco de humor y mucha alegría, así es en buena medida cómo vive una familia del Movimiento de Santa María estos veranos tan intensos y fructíferos que tienen ocasión de disfrutar nuestros jóvenes.

Sirva todo ello de homenaje, especialmente, a las amas de casa que, a tiempo parcial o completo, lo dan todo, siempre… y no suelen salir en las revistas (en esta, sí).

Familia A.C.


Quemar las naves

Hacía unos meses que D. y L. que habían pedido ayuda al Centro de Orientación Familiar. Padres de una familia numerosa, con un hijo discapacitado. Como matrimonio atravesaban un momento difícil en su relación. El ambiente o su propia psicología o el mal espíritu o quizás los tres a la vez, les habían sugerido que quizás conviniera una separación: ese virus tan contagioso que hoy nos ataca.

Aquel día, había quedado solo con Damián. En la entrevista, me sorprendió cuando me dijo: «Voy a quemar las naves, opto por luchar por mi matrimonio con todas mis energías para salvarlo».

Me alegré interiormente, pero la alegría me duró poco. El hombre siguió comentando una y otra vez, los pecados de convivencia de su mujer: «que si me ha mirado el móvil…, que si no prevé la cena y luego me toca salir deprisa a comprar, después del trabajo…»

Damián —le dije— ¿Realmente has quemado las naves? Ese fuego, ¿no será solo de cabeza y te faltaría hacerlo de corazón? Mira, aquí tenemos varios casos de mujeres cuyos maridos las han abandonado, desentendiéndose de sus hijos, incluso con un recién nacido. Algunos de estos hombres se han ido con otra que han conocido en las redes sociales, e incluso han llegado a tener hijos extramatrimoniales. Lo humanamente razonable es aconsejarles que olviden a esos hombres, que empiecen los tramites del divorcio y anulación, pero algunas de ellas te contestan: «el amor es más fuerte que el odio, el amor no pasa nunca, yo me case para siempre…». Siguen esperando, siguen dispuestas a perdonar. Se matan a trabajar para que a sus hijos no les falte la alimentación, los libros…, y siguen esperando al marido que no acaba de volver ¿Tú no crees que estas mujeres sí han quemado verdaderamente las naves?

Damián guardó silencio. Aquel día se marchó reflexivo de la entrevista. Me acordé de aquella frase que repetía el P. Morales: Las ideas convencen, los ejemplos arrastran.

 Después hemos ido hablando sobre aprender a perdonarse, sobre no juzgar a la ligera, sobre aprender a mirar los aspectos positivos de la relación…, sobre todo aquello que mantiene viva una relación de amor para alcanzar el objetivo inicial que sería: Amar para siempre.

Las dificultades del matrimonio de D. y L. son muchas, pero ellos siguen luchando, quieren envejecer juntos y cuando reaccionan después de dejarse llevar por el desánimo se repiten muchas veces aquello de: «No cansarse nunca de estar empezando siempre» (Tomás Morales).

Luis Vela

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