Mucha gente no se ha enterado

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La Resurrección de Cristo
La Resurrección de Cristo, Juan Correa de Vivar. Museo del Prado.

Por José Manuel Secades.

«La resurrección de Cristo no es fruto de una especulación, de una experiencia mística. Es un acontecimiento que sobrepasa ciertamente la historia, pero que sucede en un momento preciso de la historia dejando en ella una huella indeleble»

(Benedicto XVI).

Realmente resucitó

Estamos ante el acontecimiento más grande que haya sucedido nunca. Estamos ante lo que parece imposible, increíble, lo que supera toda perspectiva humana, ante el milagro más grande de toda la historia. Jesucristo realmente falleció: «fue crucificado, muerto y sepultado». Se puso especial énfasis en asegurar que realmente falleció y fue colocado en el sepulcro.

Llegado el atardecer, vino un hombre rico de Arimatea, por nombre José, y cobrando osadía se presentó a Pilato y le demandó el cuerpo de Jesús. Pilato se maravilló de que ya hubiera muerto, y habiendo hecho llamar al centurión para cerciorarse, otorgó el cadáver a José. Y habiendo comprado una sábana, descolgándolo, lo envolvió en la sábana y lo depositó en su propio sepulcro, nuevo, que había excavado en la peña, e hizo rodar una losa hasta la entrada del monumento…

Pero como Jesús había dicho que iba a resucitar, Pilato a petición de los jefes de los sacerdotes y fariseos puso a su disposición una guardia para que vigilasen el sepulcro como deseaban: «Sellaron la piedra que cerraba la entrada y pusieron guardia» (Mt 27,63-66).

Estos guardias fueron los únicos que asistieron al instante fulminante de la resurrección, pero fueron sobornados para que dijesen que sus discípulos se habían llevado su cuerpo mientras dormían.

Ante algo tan trascendental para el cristianismo (pues como dice san Pablo: «si Cristo no hubiese resucitado vana sería nuestra fe»), Jesús tuvo especial intención de asegurar la fe de sus discípulos apareciéndose a muchos en diversas circunstancias. La lista es larga.

San Pablo lo recuerda en la primera carta a los Corintios

«Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os proclamé… Porque lo primero que yo os transmití, tal como lo había recibido, fue esto: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, que se apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales viven todavía; después se le apareció a Santiago, después a todos los apóstoles; por último, como a un aborto, se me apareció también a mí» (1 Cor 15,1-11).

La vida de los apóstoles —y especialmente de san Pablo— no se entiende sin la resurrección de Jesús. San Pablo es un testimonio especial de la resurrección. Su experiencia con el Resucitado, cuando iba camino de Damasco para encarcelar a los cristianos, transformó su vida de perseguidor en Apóstol, y acabó dando su vida por el anuncio del Evangelio.

El evangelista san Juan, al terminar de narrar algunas apariciones, dice: «Obró, además Jesús en presencia de sus discípulos otros muchos milagros, que no han sido escritos en este libro. Y estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre» (Juan 20,30-31).

La convicción de la resurrección tuvo en los apóstoles una fuerza tan grande que dieron su vida hasta el martirio.

Que la resurrección de Jesús aumente nuestra fe en la vida eterna, nuestra coherencia de vida y nuestro espíritu misionero, porque mucha gente no se ha enterado.

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