Nací un 17 de febrero

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José Javier Ruiz Serradilla y Abelardo
José Javier Ruiz Serradilla y Abelardo

Por José Javier Ruiz Serradilla

Nací un 17 de febrero. Ese mismo día cumplía Abelardo treinta y cinco años. Podría haber sido mi padre. Ni él ni yo, menos aún, sospechábamos que algún día lo sería.

Trece años después llegué a mi complicada adolescencia. Y allí, cuando mi barca empezaba a ir sin rumbo, apareció su sombra a través de los Juveniles de Santa María. Oí hablar de él con cariño, llegué a oírle —en aquel vinilo intitulado Un seglar descubre la oración— y, alguna vez, le vi a lo lejos.

Pasaron dos maravillosos años y su sombra fue acercándose a mí hasta descubrir su presencia. «¿Por qué no hablas con Abelardo?» —Me sugirió mi guía. Y yo, con ilusión y temblor, me acerqué a aquel pequeño cuarto del segundo piso, si no recuerdo mal, del Nazaret de Écija. Entré y me senté a su lado…

Cuántas veces, desde aquel momento entré. Cuántas cosas le conté y cuántas veces no supe que contarle. Cuántas veces reí con él y cuántas lloré.

La experiencia siempre fue la misma que Juan tuvo con Jesús. La experiencia de ser acogido por ese padre, con corazón de madre, que nunca había tenido y que me fue regalado. Desde entonces no envidio a Juan por la suerte que tuvo de poder reclinarse en el pecho de Jesús y de poder conocerle. Yo he sido como Juan, he tocado a Jesús y lo he hecho en Abelardo.

Cuando, años más tarde, ya muy afectado por su Alzheimer, mi hijo mayor me narró —casi con las mismas palabras— su experiencia con Abelardo, no pude más que echarme a llorar y volver a comprobar la gracia de haber podido estar con Jesús, hablar con él, haberle tocado, haberle oído y haber tenido la experiencia de caminar a su lado, a pesar de no enterarme de nada.

Abelardo no es pasado. Su paternidad no lo es ni lo puede ser para el movimiento de Santa María. Acercarse al movimiento de Santa María es acercarse a Jesús a través de la Virgen, pero este acercamiento solo puede hacerse a través del regalo del P. Morales. Y al Padre no puede acercarse uno, si no es en Abelardo.

Abelardo configura y configurará el estilo de vida propio de todo miembro, pasado, presente y futuro de nuestro movimiento. Y lo configura al enseñarnos que Dios no está arriba sino abajo, y que ese Dios que nos ama infinitamente nos hace santos a través de nuestras miserias y si él nos hace santos así, nosotros debemos aprender a mirar a los demás con los ojos de Dios: ojos de misericordia. Esa era la mirada de Abelardo. Quien ha recibido el don de su mirada, ha visto los ojos de misericordia de Dios.

Por eso Abelardo no es historia, sino tradición. Es decir, presencia viva, presencia viva de la vida entre nosotros. Lo ha sido siempre pero ahora que está con la Madre y Señora, más aún.

Eso es lo que he visto y oído (cfr. 1 Jn 1,3). Y es lo que estoy obligado a transmitir.

Nací un 17 de febrero…

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