La novedad del P. Morales como educador

«Cada uno debe recorrer su propio camino y no cansarse de estar siempre examinando, reparando, y amando lo realizado»

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La novedad del P. Morales como educador. Ilustración: José Miguel de la Peña
La novedad del P. Morales como educador. Ilustración: José Miguel de la Peña

D. Eugenio D´Ors, solía visitar con frecuencia el Museo del Prado. A la salida de una de sus visitas alguien, conocedor de sus hábitos, le preguntó:

—¿Qué hay de nuevo por el Prado?, maestro.

—Velázquez, hijo, Velázquez.

Hoy no entenderíamos esas reiteradas contemplaciones de un mismo autor. Vivimos en una época donde la novedad es una exigencia de nuestro estado de ánimo para no aburrirnos. Todo producto, ya sea técnico o cultural, debe venderse con la palabra «nuevo». Una vez visto o consumido, pasa a ser degradado como «ya lo hemos visto».

Que esto sea así en los productos tecnológicos, podría tener sentido con tal de que aporten algunas novedades y mejoras. No parece tan claro que la novedad sea un plus en las cuestiones más importantes que afectan al hombre. Uno sigue siendo el mismo, aunque cada día intente mejorar. La naturaleza humana sigue siendo la misma, con los mismos anhelos de verdad, de belleza, de bondad y también con las mismas limitaciones que tenían, por ejemplo, los griegos. Por eso, los clásicos siguen teniendo actualidad, porque su lectura nos sigue reflejando lo mejor y lo peor de la condición humana.

Esa supuesta y mágica «novedad» ha sido la característica de numerosas teorías pedagógicas, psicológicas y filosóficas que he conocido a lo largo de las últimas décadas. Todas ellas aparecían como un nuevo evangelio denunciando la falsedad de las que les precedieron —si no fuera así, ¿cómo justificar su presencia?— a la par que anunciaban su novedad, su racionalidad científica y su bondad innata para solucionar los problemas de la educación, y, por ende, de la naturaleza humana.

Un aire de familia a toda ellas era su carácter totalitario, casi despótico, hacia quien no mostrara su adhesión a las mismas. Así ocurrió en su momento con el marxismo, el psicoanálisis etc., y ocurre hoy con la Ideología de Género. Quien se oponga a ella queda estigmatizado como un retrógrado, irracional, intolerante, etc. Pero todas ellas están preñadas de fugacidad, porque no hay nada que pase tan pronto de moda como la propia moda, y porque, en definitiva, van contra la naturaleza humana.

Por contraste con esas teorías, contemplo con satisfacción que los pilares pedagógicos en los que fui formado, heredados del P. Morales, siguen siendo válidos. Están anclados en la naturaleza humana y, por ello, son rabiosamente actuales en una sociedad que ha olvidado qué es el hombre y, por lo tanto, en qué consiste educar.

El padre Morales era previsible, claro, escueto, contundente: de un modo u otro, siempre volvía a las fuentes, a unos pocos principios. Jamás presumía de la novedad de sus planteamientos, sino de la vitalidad de los mismos porque enraizaba con lo esencial de la condición humana, y la necesidad de la educación. Entroncaba con la eterna y siempre inacabada tarea del educador, la de forjar hombres y mujeres que, atraídos por un ideal, afrontaran cada día dispuestos a superar las limitaciones internas —defectos, vicios, ignorancia, etc.— y externas —el ambiente de moda, la escasez de recursos o las prohibiciones ilegítimas—.

Esta tarea, la educación, empezando por la de uno mismo, no tiene milagros ni atajos. Cada uno debe recorrer su propio camino y no cansarse de estar siempre examinando, reparando y amando lo realizado. No es una cuestión que se logre en un día, sino en toda una vida, a pesar de lo cual, educar, mejorar la propia vida y la de los demás, es siempre una tarea inacabada.

Por ello, frente a la fugaz novedad de tantas teorías y modas, el padre Morales siempre vuelve a los principios: «No cansarse nunca de estar empezando siempre, a pesar de los fallos continuos», solía repetir con machacona insistencia. «No sé qué decirles ya, no me hacen caso», suelen decir con cierta resignación los padres y maestros. La tentación que asalta a todo educador, ya sea padre, profesor o director, es desistir, tirar la toalla y achacar a los principios, métodos y valores permanentes lo que solo se debe a la debilidad humana y a la presión ambiental.

De ahí que una de las asignaturas olvidadas de la educación actual fuera uno de los ejes de su educación: la constancia, que «suple muchas cualidades, pero no se suple con ninguna. Talentos medianos, e incluso ínfimos, llegan lejos si son perseverantes. Grandes genios se esterilizan, perdiéndose en el vacío si la inconstancia paraliza su desarrollo. La fuerza de voluntad todo lo logra. Más si se apoya en la gracia de Dios», nos dice en una de sus obras.

Y como hombre práctico, sintetiza las pautas para ser constante: querer pocas cosas, pero quererlas de verdad. Todo largo camino comienza con un primer paso y con la voluntad firme de dar el siguiente. Nada más y nada menos. No se trata de fantasear, nos dice a continuación, sino de realizar bien cada tarea corriente, aunque parezca insignificante. En tercer lugar, paciencia: con uno mismo, y con los demás. «La impaciencia tiene alas y se pasa de la raya. La intención hace las maletas y pierde el tren. La voluntad sale a pie y llega».

Son frases cortas, dichos repetidos en sus obras, como clavos que fijan el proyecto educativo en el que estamos inmersos todos los hombres. Necesario es repetir una y mil veces lo mismo, porque la naturaleza es frágil y desmemoriada.

Pero la condición humana es débil y olvidadiza como sabemos, por experiencia propia y ajena, los que nos dedicamos a educar. Muchas veces da la impresión de que no sirve para nada ni la claridad de los mensajes, ni la buena voluntad. Parece una tarea absurda, como el esfuerzo de Sísifo, condenado en los infiernos a subir una roca por una pendiente. Tan pronto como llegaba a la cumbre, la roca volvía a caer, y Sísifo se veía obligado a reiniciar su labor eternamente.

Y aquí es donde surge la clave del problema y su solución. Hay que pedir ayuda a quien nos diseñó. Si no estuviera anclada en la misericordia y en la gracia divina, la educación cristiana sería absurda. Supone un esfuerzo constante, como si todo dependiera de nosotros, pero, a la vez, con la confianza alegre de saber que todo depende de Dios, según el famoso adagio jesuítico.

En una novela actual, El despertar de la señorita Prim, le dicen a la joven bibliotecaria:

—«No existe la victoria definitiva de uno solo sobre los propios defectos, […] no es un campo en el que funcione la mera fuerza de voluntad. Tenemos una naturaleza defectuosa, una especie de vieja locomotora herida, y, como consecuencia de ello, por mucho que nos empeñemos, tendemos siempre a fallar. Angustiarse por ello es absurdo, y, aunque se enfade un poco al oír esto, también soberbio. Lo que hay que hacer, aunque sé que esta respuesta no le gusta, es pedir ayuda a quien hizo la máquina cada vez que uno falla. Y, en todo caso, dejar que la mejore poco a poco inyectándole, de vez en cuando, una buena dosis de aceite».

Educar, educarse, no es flor de un día. Requiere de la constancia, de la aceptación de los fracasos y de la superación constante de las propias limitaciones. Pero para los cristianos supone también la alegría inmensa de saber que merecemos la pena por lo que somos, a pesar de lo que hagamos. Esto no es posible entenderlo, como le pasaba a la señorita Prim, si no tenemos el regalo de la fe en un Dios al que «nos atrevemos a llamar Padre».