Nunca pensé dedicarme al mundo de la empresa

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Plaza de España, Madrid
Plaza de España, Madrid

Por Marcelo González Rodríguez.
Director General de Tanatorio
y Servicios Funerarios de Cáceres. Serfátima, SL. (Grupo Serfátima)

Nací de nuevo al Señor un día de 1970, en lo alto de la montaña, en una cueva de silencio, a través de la palabra de su siervo que dijo: «…el hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios y mediante esto salvar el ánima…». Y todo cambió. Desde aquel día su luz iluminó mis días, el calor de aquella luz, llama que quema y abrasa, alumbró y encendió mi corazón. Era Jesucristo, el Señor. Recibí el don de vocear su nombre por las calles, hablar al oído a otras almas o balbucear ante el sagrario. Su presencia infundió en mí a fuego el primero de los mandamientos: «…Escucha Israel, amarás al Señor, tu Dios, con toda tu alma, con toda tu mente, con todas tus fuerzas, con todo tu ser, y al prójimo como a ti mismo…».

El transcurrir de la vida en el tiempo resulta inextricable. Por ello las personas religiosas, acostumbradas a examinar la vida y sus circunstancias, afirman que «los caminos del Señor son inescrutables» y que «Dios escribe derecho con renglones torcidos…». Esta discreta sentencia, manifiestamente mejorable, debería actualizarse: «Dios escribe derecho con renglones torcidos, con tachaduras, con raspones e incluso con borrones». Y es justo, Dios es el Autor de la obra y tiene el derecho de rehacerla. Suelen ser obras muy trabajadas y su continuidad depende de su empeño personal y del apego hacia ella; y parece ser que su culminación causa «una gran alegría en el cielo».

En mi caso personal he de decir que nunca pasó por mi cabeza dedicarme al mundo de la empresa. De hecho, a veces me siento como un garbanzo negro en la olla garbancera. En ocasiones, hasta me molestaba la identificación como «empresario», me rebotaba la idea, tal vez por reflejos de suspicacias… Fui educado profundamente en los desnudos valores de las humanidades y en el noble empeño de la enseñanza y las letras. Pero el destino me esperaba en un ámbito concomitante al de los mercaderes, gremio que en mi juventud detestaba intelectualmente. Tal aversión me producía la idea del mundo colateral de la empresa que, durante años, a la maleducada manía —tan española— de preguntar ¿qué haces? ¿a qué te dedicas?, respondía: «En ratos libres creo empresas, y en lo importante a leer, escribir y meditar».

Tal vez influyó la necesidad de sentirme libre, por eso hube de tomar la decisión de renunciar a la Administración pública local —Grupo A—, funcionario vitalicio; me asfixiaba el ambiente. La alternativa era el mundo de la empresa (colateral a mercaderes) y disponer de tiempo para estudiar e investigar asuntos de letras (historia, literatura). ¡Qué ingenuidad!…

La renuencia al asunto empresarial tiene su meollo.

La Providencia me concedió la gracia de ser educado directamente por el P. Morales en Segovia. Sin darme cuenta me impregnó profundamente su fe y sus pensamientos mediante una relación fluida hablando, actuando y callando —los silencios son importantes—. Me sentía acogido en su mirada afectuosa y su sonrisa condescendiente (no sé si por compasión, yo tenía 19 años y nunca había salido de casa). Él iba con frecuencia a Segovia y me enseñó —como sin querer— a mirar las cosas desde la fe, más allá de las apariencias, a relativizar lo humano, esas cosas que el común de la gente considera imposibles. La fe es la fuerza más poderosa que existe, la fe de verdad. Me enseñó que para realizar una misión en la vida es preciso creer firmemente y actuar. Si es voluntad de Dios requerirá de todo el esfuerzo humano, «hacer como si todo dependiera de uno». Y aprendí a estar solo ante el sagrario y adorar allí al Señor. Era esencial, lo demás vendría por añadidura. Lo de tener o no tener medios, recursos, fuerzas, éxitos o fracasos era secundario, formaba parte del teatro de la vida; a su debido tiempo la providencia proveería.

«Hagas lo que hagas hazlo a mayor gloria de Dios», me decía el P. Morales. Muchos años después de los tiempos de Segovia me crucé casualmente con él en la parte de abajo de la plaza de España de Madrid; casi nos topamos, él también iba solo. Al reconocernos me miró con el mismo amor de Segovia y una sonrisa verdadera, me dijo: «Acompáñame a casa» —residencia de los Jesuitas—. Hablamos de las cosas de la vida —tal vez un tanto envarados—. Al llegar al portal nos despedimos (le devolví su sempiterna cartera que debía tener unos doscientos años y seguía pesando tres kilos), me miró vivamente a los ojos, me sonrío con ternura y me dijo: «Hasta el cielo». No volví a verlo.

Su contacto de aquellos años, sin saberlo, me prepararon para cualquier propósito humano, incluido el empresarial. Por eso crear empresas —y que funcionen— no tiene ciencia alguna. Y por eso también, siempre perteneceré en espíritu al pequeño rebaño de la Cruzada.

No he hablado de mi trabajo como empresario, pero lo escrito explica su sentido y enfoque. Con tal currículo solo se puede ser un empresario atípico. He conocido a cientos de empresarios de España en el sector de Servicios Funerarios, Tanatorios y Seguros. Muchos, personas extraordinarias, con valores, y empresas puramente mercantilistas y… ninguno era de letras. Esta tontería sutil y esencial marca la diferencia para enfocar el mundo de la empresa.

En mi caso, diluido y vaporizado, se respira humanismo cristiano con una potente base ética y estética. Los valores dentro de la empresa se basan en el respeto y la dignidad de la persona; eso es sagrado.

Se piden dos cosas simples: decir siempre la verdad y no engañar a nadie.

Se intenta que la empresa sea una pequeña familia. Se suele decir: «cuida la empresa y la empresa cuidará de ti». Y se cumple. La empresa funciona como algo vivo. Contractualmente se establece una relación justa y libre.

En la atmósfera interna se procura crear un entorno amable fomentando la autoestima de los empleados, que se sientan valorados. También se exige la excelencia en el trabajo. Deben aprender a ser consecuentes y sentir la satisfacción y el protagonismo del trabajo bien hecho recibiendo el agradecimiento de las familias (salario emocional). Todo lo demás viene por añadidura.

Hay 34 trabajadores: 21 permanentes y 13 fijos discontinuos (trabajo eventual).

Objetivos de la empresa:

1- Dignificar la profesión (que ya es decir en este sector).

2- Servir a las familias durante el duelo, liberarles de toda preocupación y ofrecerles una esmerada y consoladora atención ante el trance de la muerte.

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