Para empezar… gracias

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Gracias
Gracias. Ilustración: José Miguel de la Peña

Gracias, querido lector, porque estás leyendo estas primeras líneas. Debo estar agradecido de que alguien, a quien seguramente no conozco, me dedique un poco de su tiempo. Algo que me das gratuitamente, no algo que me debes.

Quiero comenzar así porque en nuestros tiempos, el agradecimiento está, cada vez, más ausente, así como su expresión, la palabra «gracias», que cuesta tan poco decir, pero que genera siempre unas gotas de felicidad en quien las pronuncia, si son sinceras, y mucho más en quien las recibe.

Sobran en la sociedad, en las relaciones personales, familiares, profesionales, actitudes encrespadas, tristes, amargadas que generan un ambiente tóxico donde la alegría brilla por su ausencia. Por el contrario, faltan las caras alegres que muestren agradecimiento por tantas cosas como recibimos y que en absoluto hemos merecido. No sabemos valorar lo que tenemos porque seguramente lo hemos conseguido de forma gratuita, sin valorar el esfuerzo que ha supuesto para otros conseguirlo: desde la comida que nos servimos cada día, hasta el estado de bienestar que gozamos.

Creemos que tenemos derecho a todo y ningún deber. Así nos lo dicen los políticos en un uso demagógico permanente, así lo enseñamos en la escuela… y educamos en la familia. El resultado no es un niño o un ciudadano feliz y agradecido, sino todo lo contrario: un ser insoportable, en permanente queja y enfado consigo mismo y con los demás.

La ilusión, la mayor satisfacción de los educadores, ya sean padres o maestros, es ver felices a sus hijos o alumnos. Muchas veces vemos cómo lo tienen todo: inteligencia, medios… y sin embargo, están en una permanente desazón y tristeza. Tal vez les falten esos granos de sal que dan la alegría a la vida: ser agradecidos, conscientes de lo mucho que tienen y deben a los demás.

Dar las gracias es, en primer lugar un acto de justicia, es el reconocimiento de lo que otros han hecho, ya sea una persona concreta, conocida o anónima, un colectivo o las generaciones anteriores, frecuentemente olvidadas.

Dar las gracias produce felicidad en quien las recibe. A veces es la única satisfacción que podemos dar. Está al alcance de cualquiera y no requiere más que una actitud de reconocimiento.

Dar las gracias genera alegría en quien las da. La psicología actual confirma los beneficios que tiene en el bienestar físico, mental y social. Dar gracias a la vida, a los demás es disfrutar de lo que se tiene en lugar de amargarse por lo que falta.

Dar gracias es una ayuda constante para la reflexión, una vacuna contra la queja, la avaricia, la codicia, la envidia, la soberbia o la grosería.

Como decía Cicerón: La gratitud no es solo la más grande de las virtudes, sino también la madre de todas las demás. Aumenta la sensibilidad ante los detalles, la riqueza y finura espiritual, la generosidad, la austeridad, la resistencia ante las dificultades, fomenta la humildad, la caridad y como consecuencia, la alegría de vivir.

Educar para la vida, título de esta sección es educar para ser feliz, y un elemento fundamental para alcanzar ese deseo universal es ser agradecido. Decía el refrán castellano: De bien nacidos es ser agradecidos; por lo tanto es, en cierta medida, el primer deber social que debemos inculcar los educadores.

Eduquemos con el ejemplo, seamos conscientes de lo mucho que tenemos, de la propia vida, de la salud, del amor, de la paz… esos bienes que sólo se valoran cuando se pierden. Agradezcamos lo que recibimos habitualmente de los demás, desde la más sencilla comida de cada día, hasta los más complicados sistemas de enseñanza o de transporte y tendremos un primer motivo para estar feliz.

Si queremos hacer felices a nuestros hijos, o alumnos, hay que enseñarles a ser conscientes y agradecidos de los bienes que les rodean, gracias siempre al esfuerzo generoso, y muchas veces escondido, de otros. Seres que tienen nombres y apellidos: una madre, un maestro, un barrendero, un gestor o un político que, a pesar de la ingratitud, son capaces de seguir esforzándose por hacer bien las cosas.

Por último, no olvidemos, que para el cristiano el centro de la vida es la Eucaristía que no es otra cosa que una acción de gracias. Así lo manifiesta Jesús cuando instituye el sacramento.

En definitiva, recuperemos y fomentemos el agradecimiento y su expresión más clásica, dar las gracias. Tenemos demasiados motivos para ello.


P.D.- Para los que quieran redescubrir la felicidad de ser agradecidos, les recomiendo que lean o escuchen las letras de las siguientes canciones: «Gracias a la vida, que me ha dado tanto…» o, en una dimensión más espiritual, «Gracias Señor por tus misericordias, que me cercan en número mayor…». Basta poner esos primeros versos en el buscador del ordenador, y podrán disfrutar de ellas.