Pasión educadora

Abelardo de Armas en Abilio de Gregorio

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Hito de montaña
Hito de montaña

No soñamos utopías, puesto que soñamos los deseos de Dios sobre el hombre.

Abelardo de Armas

Por Rubén López, maestro de Educación Primaria

Contaba Abilio de Gregorio que cuando se dispuso a escribir el libro Abelardo de Armas: Pasión educadora, realizó un trabajo previo de escucha de alocuciones y pláticas que efectuaba en distintos trayectos. En uno de dichos desplazamientos, por algún fenómeno extraño, el discurso de Abelardo se escuchó en «estéreo» para todos los viajeros. Uno de ellos, al terminar la audición, se acercó a Abilio y le dijo: «un hombre interesante…». Se refería Abilio a tal episodio para interpelar al público al que se dirigía —además de hacer ver con humor e ironía su falta de pericia momentánea— que Abelardo no perdía oportunidad para poder colarse en las almas que le escuchaban.

En Abelardo y Abilio existen confluencias más que evidentes, no solo por un nombre iniciado con la misma vocal y un apellido enlazado con una preposición de altura. En ambos se eleva sin complejos el corazón para poder dar gloria a un Dios que configuró sus vidas. ¿Cómo? A través de la dedicación a la más noble tarea humana por divina, y divina, por humana: la educación. En estas líneas veremos cómo Abilio tradujo el deseo y la misión de Abelardo para con esta labor en relación con el capítulo tercero del libro ya citado Abelardo de Armas: Pasión educadora (Evangelizar educando), Encuentro 2014.

1. ¿Qué es educar para Abelardo?

La iniciativa precursora del estilo educativo de la Cruzada por parte del padre Morales la concretará Abelardo, aún más si cabe, sobre la misión para la que nace la institución: «para que (los jóvenes) tengan vida y la tengan en abundancia: la vida de Dios». Por eso, tal y como señala Abilio, para Abelardo «educar será poner a toda la realidad humana en dirección a Dios». En ello vemos que para Abelardo educar y evangelizar es lo mismo, evangelizar educando, educar evangelizando. ¿Acaso lo humano contrapone lo divino? ¿Acaso lo divino puede renunciar a lo humano? Por ello dirá Abilio que «el razonamiento de Abelardo para orientar los fines educadores del Instituto que lidera es que la persona debe llegar a actuar según su ser, llevar a término (perfeccionar) lo que es, o mejor, el que es». Lo que se sintetizará en una expresión y en un ideal y modo de vida, cargados de sentido y significado para toda la institución y sus miembros: santidad educadora.

2. La persona como centro

La Cruzada dirigida por Abelardo tomará un carácter propio, en palabras de Abilio «personalista y familiar» en cuanto proyecto educativo. El poner en el centro a la persona significa acercarse a ella de una manera singular y respetuosa, casi reverencial, como acompañante «comprensivo de la situación y ritmo de cada joven». Este modo tan particular de encuentro hacia el otro es lo que reconoceremos como la pedagogía del alma a alma, rasgo tan característico de la acción educadora-evangelizadora de Abelardo, aprendida del padre Morales, y que pondrá en práctica no solo él, sino que contagiará como elemento esencial en el transcurrir de la vida en la Institución. A este sentido, Abilio remarcará que «la educación verdadera se juega siempre en las distancias cortas» y, por tanto, la respuesta al valor persona no existe cuando «el educando es para el maestro solamente productor de conductas normalizadas». Quizás es una tesis demasiado severa, pero tremendamente reveladora para los educadores que, descalzándose ante tierra sagrada, entienden la libertad donada por Dios como núcleo de toda posibilidad de perfección. Abilio irá aún más lejos afirmando que «el educador, por mucho que desee ayudar al educando, jamás debe convertirse en “okupa” de su corazón». Abelardo es la antítesis de esto, es el corazón de padre al que acuden muchos jóvenes porque se sienten amados. Esto es lo esencial. Abilio alerta para no confundir este sentir pedagógico con el sentimentalismo y la emocionalidad fácil; hay una pedagogía realista en cuanto que Abelardo «cree en la persona, cree en los jóvenes, pero sobre todo cree en el querer salvador de Dios».

3. La mística campamental

Los que hemos conocido a Abelardo, de cualquiera de las maneras mediante las cuales hemos podido acercarnos a él, tenemos el obligado desempeño de concebir en nuestra idiosincrasia institucional y carismática el sentido de la mística campamental. Es esto una tarea incuestionable en nuestro modo de entender nuestro lugar en la Iglesia. Abelardo dirá: «Un estilo de vida que supone aspirar a la más alta santidad y realizarla bajando al detalle más pequeño. ¡Subir bajando! Arrebatar el amor de Dios por la miseria aceptada y la negligencia combatida. No cansarse nunca de estar empezando siempre. Este ha de ser nuestro estilo de vida». Todo ello no como reflejo de un voluntarismo santo, sino como consecuencia de una aceptación mariana: Hágase-Estar.

Abilio sintetizará magistralmente la mística campamental en claves fundamentales de sentido. Dirá: «Abelardo hace bajar la “mística campamental” al cultivo de los pequeños detalles (puntualidad, orden, servicialidad, etc.). Por otra parte […] va orientada a la autoeducación, es decir, a un proceso formativo que va pasando progresivamente de la heteroeducación —en la que juega un papel clave el educador— a la autoeducación —el estilo ignaciano—, y del correctivo al autocorrectivo».

4. La pedagogía de los ejercicios espirituales

La influencia ignaciana es sustancial en la Institución gracias al padre Morales como fundador. Es por ello, que a Abelardo «le irá quedando un sedimento de espiritualidad, de lenguaje y de actitudes pedagógicas que remiten claramente al fértil texto ignaciano de los ejercicios espirituales». Abilio subraya elocuentemente que la «mística campamental» no es otra cosa sino «una versión de los ejercicios en otro contexto y con otras mimbres». Puesto que «la dinámica esencial viene marcada por la reflexión que ha de conducir al educando a considerar el significado y el valor de lo que tiene puesto a consideración, o de lo que vive y cómo lo vive». Esta reflexión no es un ejercicio activo, más bien es un gesto pasivo-activo tanto en cuanto la dinámica interior ha sido puesta en marcha para poder proceder al encuentro cara a cara, con quien es el todo, en una llamada nominativa, tal y como dirá Abilio finalmente de Abelardo: «Lo relevante en este proceso de cultivo de la reflexión es tener el coraje de dejarse atrapar por la verdad que vamos descubriendo. Este creo que es el testimonio vital de Abelardo: el hombre que en el silencio reflexivo de unos ejercicios espirituales se dejó atrapar por la verdad que descubrió».

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