---
title: "«Please, smile at strangers»"
description: "Pasear por Londres es un espectáculo muy aconsejable. No solo por el arte y la historia que encierra, sino por los propios habitantes y turistas que cada día viven en ella. Un mosaico de razas,..."
url: https://revistaestar.es/please-smile-at-strangers/
date: 2018-12-01
modified: 2023-02-28
author: "Juan Antonio Gómez Trinidad"
image: https://revistaestar.es/wp-content/uploads/2019/06/smile.jpg
categories: ["Educar en la vida"]
tags: ["Revista nº 313"]
type: post
lang: es
---

# «Please, smile at strangers»

Pasear
por Londres es un espectáculo muy aconsejable. No solo por el arte y la
historia que encierra, sino por los propios habitantes y turistas que cada día
viven en ella. Un mosaico de razas, lenguas y culturas. Aunque hoy día es fácil
orientarse gracias a los teléfonos móviles, en ocasiones es inevitable
necesitar la ayuda de algún londinense para que te dé la información puntual o
te oriente. En Londres, como en Madrid, como en cualquier gran ciudad, todo el
mundo tiene prisa y cara de preocupación o de tener muchas cosas que hacer, por
lo que abordar a alguien no es tarea fácil. En ello estaba una tarde buscando
la parada de un autobús cuando vi un cartel con el siguiente texto: «Please, smile at
strangers» (Sonría a los
extranjeros).

La sonrisa es como abrir la
puerta de nuestra comunicación. Un rostro serio no invita a una conversación
amable. Sonreír es mostrar la satisfacción alegre del encuentro con otra
persona, es como decirle: «de entrada, ya es bueno que tú estés aquí frente a
mí, y te doy pie a que dialoguemos».

Tal vez sean las prisas, tal vez el exceso de
preocupaciones, tal vez el individualismo, tal vez el temor a lo desconocido,
tal vez la timidez, o tal vez sean todas las cosas a la vez, pero resulta muy
desagradable la sensación de sentirse extraño, extranjero en otra tierra. Para
ser feliz el ser humano necesita comunicarse y sentirse acogido por los demás.
No en vano, una de las mayores penas que se daban en la antigüedad era el
ostracismo, es decir, obligar a un ciudadano a abandonar la ciudad, la patria,
el lugar de los antepasados donde tenía sus raíces.

El desarraigo es una situación antinatural, porque,
así como las plantas no pueden vivir sin raíces, tampoco el ser humano. No en
vano, cuando alguien se asienta fuera de su casa y se siente cómodo, suele
decir «yo ya he echado raíces aquí».

Hay ciudades, comunidades y
regiones donde es fácil sentirse como en la propia casa o tierra. Por el
contrario, otras en las que el extranjero siempre será extraño, «no es de los
nuestros y si quiere integrarse, ha de hacer un esfuerzo añadido para
identificarse con nuestra lengua, usos y costumbres». En este caso, el
extranjero, ser humano que necesita sentirse acogido por la comunidad, debe
mantener una tensión permanente para representar que es más de la tierra que
los propios autóctonos, a costa de perder su identidad y sus raíces. En caso
contrario, está condenado a la soledad y a la incomprensión.

Me vienen estas reflexiones a la
mente cuando observo que España se ha convertido en un país de emigrantes.
Basta pasear por cualquiera de nuestras ciudades o desplazarse en transporte
público. Estamos siempre acompañados de personas de distintas raza, cultura,
lengua y religión.

Por contraste, basta recordar
que hace unas décadas éramos los españoles los que emigrábamos. Entre ellos, me
viene a la memoria el recuerdo de mi padre que, como miles de españoles, marchó
al extranjero en busca de un futuro mejor para su familia. Mi padre no solía
contar las dificultades que junto a sus compañeros tuvo, pero por terceras
personas, entre ellas una monja española que se dedicaba a la acogida y
asesoramiento de esos hombres, sé del sufrimiento que padecían, del drama
humano que suponía, aun teniendo trabajo —los contratos laborales se hacían en
España—, la soledad, las dificultades de todo tipo, la falta de comunicación
con la familia y un cierto sentimiento de inferioridad por el trato recibido.
Algunos, me contaba esta religiosa, sencillamente no aguantaron.

Conviene que, al ver a los miles de emigrantes que nos
rodean, tengamos presente el recuerdo de los españoles que, como mi padre,
salieron fuera a labrar un futuro mejor para ellos y sus familias.

Por otro lado, es normal que la presencia del extraño
produzca una cierta inquietud ya que nos saca de la zona de confort: modos de
ser distintos, a veces percibidos como amenazantes, usos y costumbres que no
son los habituales y que incluso nos disgustan. Por ello, al extranjero se le
ha visto o bien como algo exótico, como algo bueno que se soporta si nos trae
riqueza o, sencillamente, como un peligro. De ahí la aparición de las
fronteras.

Frente a ese hecho, derivado de
la condición humana, el cristianismo introdujo dos ideas revolucionarias. Por
un lado, la filiación divina: nadie se había atrevido a llamar Padre a Dios, y
por lo tanto somos hijos suyos. La segunda idea es una consecuencia práctica no
menos revolucionaria: la fraternidad universal. El otro, por distinto, distante
y extraño que me parezca, es hermano mío y como tal le debo tratar. Así ocurre
con el buen samaritano del Evangelio, ese extranjero procedente de la región
montañosa Samaría, por lo tanto, objeto de toda sospecha y prejuicio. Ese,
precisamente ese, y no los israelitas, es el modelo que pone Jesús en esta
parábola, un inmigrante que dio una lección a todos.

España es tierra de inmigrantes. En cualquier ciudad
tenemos la oportunidad de encontrarnos en cada esquina, o autobús con ellos.

Surgen muchos
interrogantes y problemas, algunos deben resolverlos las instituciones, otros
las organizaciones sociales. Pero como en el adagio chino: «Si cada uno barre
su puerta, la calle estará limpia». Cuesta poco barrer la puerta del encuentro
personal: *«Al
menos sonriamos al extranjero».*
