Pobres, pero felices

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Pobres pero felices
Pobres pero felices

Por Grupo Juan Pablo II en Guinea Ecuatorial

Seis jóvenes del grupo Juan Pablo II, hemos pasado 30 días en Guinea Ecuatorial, el único país de África en el que se habla español. Antes de continuar nos gustaría decir que Guinea Ecuatorial es un bello país. Enormes selvas y ríos decoran su flora, el mar baña sus costas, con paisajes y puestas de sol increíbles, y gente muy acogedora.

Estuvimos en la ciudad de Ebibeyin que está situada en el noreste del país, haciendo frontera con Gabón y Camerún. Allí nos acogió el obispo de la diócesis Mons. Miguel Ángel Nguema para poder realizar esta experiencia de misión. Nuestra tarea era sencilla, fuimos a vivir con ellos, acompañarlos y darles de nuestra alegría por vivir con Cristo, cada uno desde lo que sabía hacer. Por las mañanas teníamos trabajos individuales, por las tardes actividades con los niños de la parroquia de San Juan y los fines de semana inmersión cultural en múltiples ambientes.

Vamos a conocer más en detalle los diferentes trabajos.

En primer lugar, Tomás nos cuenta:

«Mi labor se ha centrado en apoyo en el ámbito sanitario, concretamente en el centro de salud Angokong, que pertenece al obispado. Se han dado situaciones duras, desde el tratamiento de heridas totalmente infectadas por desatención hasta no poder atender a personas con paludismo, sobre todo niños, por no tener dinero para pagar su medicación o por no tener la misma en stock. En este punto me di cuenta de la necesaria asistencia y aprovisionamiento que necesitan los africanos en sus necesidades de salud. Por otro lado, también me centré en trasmitir mis conocimientos en áreas menos estudiadas allí, como las enfermedades crónicas (HTA, diabetes) y formación en tratamiento de heridas».

María también colaboró en Angokong: «La atención sanitaria allí es muy muy básica y precaria. Lo que supuso también un gran contraste con España, al ver la cantidad de medios de los que disponemos aquí. Todo un punto de inflexión en mi vida personal y profesional».

Dentro de otro ámbito profesional encontramos a Sara:

«Yo estuve como profesora de pintura y después, con mis alumnos, pintamos dos murales en el patio del obispo Mons. Miguel Ángel. Uno de ellos fue la cruz de san Juan Pablo II con la frase: “no tengáis miedo, abrid de par en par las puertas a Cristo”, y el otro era la imagen de la Virgen de Bisila con la frase: “Bisila oh Berao” que significa Bisila Nuestra Madre.

»Enseñar a jóvenes de 18 años y algún que otro mayor, me ayudó a ver la gran capacidad que tienen, para hacer, con tan poco, auténticas maravillas. Sus conversaciones, sus bailes, sus risas, su trabajo… Recuerdos que son para siempre.

»Pese a no poder hablar de ciertas cosas, siempre quedan esas miradas, esas sonrisas o simplemente los rostros; eso ya lo dice todo».

El sector educativo estuvo presente en nuestra misión de la mano de Lourdes y Octavio. Lourdes impartió clases de español, inglés y francés. Por su parte Octavio nos cuenta cómo fue su experiencia:

«Yo he dado clases de Matemáticas, Física y Química en el instituto diocesano NZE ABUY. Aunque era el periodo de vacaciones de verano, todos los días el instituto se llenaba de gente para preparar la selectividad guineana o española. Me impresionó mucho ver las ganas por aprender y lo autoexigentes que son los estudiantes allí. Era muy difícil salir a la hora de las clases porque siempre había una duda más que resolver o algo más que explicar. Tienen ilusión y buscan conocer bien las materias. Hay una conciencia muy grande de que la educación y los estudios son la puerta a un futuro mejor».

El último miembro del equipo, Jorge, estuvo haciendo misión desde su mayor afición, el atletismo. Junto a un reducido grupo de atletas locales estuvo realizando entrenamientos. Algo sencillo pero que es fundamental en una ciudad olvidada para las federaciones deportivas nacionales.

Tras las mañanas de trabajo individual, las tardes eran en grupo, donde todos juntos experimentábamos la alegría de los niños. Hemos podido compartir dos horas diarias con ellos en la parroquia de San Juan, y nos han enseñado muchas cosas. Principalmente a quererse entre los hermanos; los hermanitos mayores son los que cuidan a los más pequeños. También a vivir con la misma ropa y unas chanclas, o ser feliz con un balón pinchado y porterías fabricadas con palos de palmera. No necesitan nada y valoran todo por pequeño que sea: una cuerda para saltar, un papel y una cera para pintar o simplemente un abrazo. Para resumirlo en una frase, lo niños guineanos son muy pobres pero muy felices. Otra labor importante ha sido el cultivar la vida de fe, en la que los niños han sido felices cantando a la Virgen y rezando el rosario todos los días juntos.

Y tras todo esto, todavía teníamos tiempo de acudir a diferentes poblados y eventos para conocer más la cultura y la vida de este país lleno de contrastes. De las que Lourdes nos cuenta:

«Han sido unas misiones muy especiales, puesto que hemos podido vivir en primera línea, captando en las dos caras de la misma moneda. Hemos estrechado la mano a grandes autoridades del país y nos han mostrado sus riquezas, cuando una hora después intentábamos consolar a una bebé que estaba enferma».

Y por su parte Jorge menciona otros aspectos clave:

«La convivencia entre nosotros y la oración han sido fundamentales en la misión para asimilar todos los contrastes vividos. Como conclusiones concretas saco el gran valor que dan a la familia, pues es su mayor riqueza; se ve también cómo los hermanitos se cuidan y tienen un gran respeto por las personas mayores».

Esto —y mucho más que no cabe en estas líneas— han sido nuestros días en Guinea Ecuatorial. Nosotros no íbamos a cambiar el país, no íbamos con intención de hacer grandes cosas, sino que fuimos a vivir con ellos, a poner eso pequeño que cada uno lleva dentro; y luego nos encontramos con que ellos podían enseñarnos más de lo que nunca podremos darles nosotros.



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