Póngase en marcha a los laicos y se transformará el mundo

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Póngase en marcha a los laicos y se transformará el mundo
Póngase en marcha a los laicos y se transformará el mundo

(Extracto de Hora de los laicos, pp. 38-45)

Urgencia inaplazable

La Iglesia, como siempre en la historia, quiere cristianar la nueva cultura que amanece en el mundo moderno. Quiere inyectar savia divina a la civilización que despunta. Con urgencia inaplazable pretende resolver el arduo problema de la salvación de las almas que plantea la sociedad actual. Arduo problema con doble vertiente. Primera: reconquistar una masa de bautizados que no viven la fe, que se escapan día a día —más en los años de la juventud— y se hunden en la indiferencia o rindiendo culto a la materia. Segunda: atraer esas cinco sextas partes de la humanidad, esos hermanos separados de la comunidad de amor que es Cristo-Iglesia.

La magnitud casi cósmica de este problema impresionante va haciendo caer en la cuenta a muchos de que el único camino para frenar la paganización creciente de la sociedad es la movilización en amplitud y profundidad de los seglares bautizados. Hay que imprimir en ellos tensión misionera. Es necesario hacerles vivir la fe bautismal. Deben caer en la cuenta de que «cuando un católico toma conciencia de su fe, se hace misionero» (Juan Pablo II en Javier, 6-11-1982). Tienen que sentirse Iglesia, Cristo prolongado y extendido en cada uno, para continuar la Redención transmitiendo a todos sus hermanos la vida divina, Jesucristo.

Potencial inexplotado

Póngase en marcha a los laicos, y se desencadenará un potencial de fuerzas que transformará el mundo. Son las eternas fuerzas que Cristo trae a la tierra. Están remansadas, pero dispuestas a inundar en cuanto se levante la compuerta. Enormes energías bloqueadas que hay que descongelar.

Un potencial insospechado, pero, por desgracia, casi totalmente inédito. Sin el lanzamiento del laicado, la Iglesia se encuentra bloqueada de pies y manos ante el mundo moderno.

Movilización universal en anchura y profundidad de todos los laicos bautizados. Mar sin riberas, horizontes dilatados, casi infinitos. Nadie puede permanecer al margen, y menos la juventud que irrumpe en la vida con ansias renovadoras. Padres, maestros, educadores, profesionales, sacerdotes, son los principales y más inmediatos responsables. No pueden limitarse ellos a ponerse en marcha. Deber primordial suyo es impulsar en los jóvenes, ya desde la niñez, a esta movilización misionera del laicado a escala mundial.

Nube de confusiones

Hay muchos bautizados para los cuales la Iglesia no es más que una nave confortable para llegar cómodos al cielo. Les cuesta convencerse de que ellos mismos deben remar para que la nave avance, que el alma propia se salva ayudando a los demás a salvarse.

La inmensa mayoría de los laicos piensa que a los sacerdotes o religiosos incumbe exclusivamente el deber de evangelizar.

Están convencidos de que ése es su deber de estado. Se limitan, cuando lo hacen, a ayudarles con sus recursos, a animarles con su palabra, pero se desentienden del deber profesional más entrañable que incumbe a todo bautizado. No han oído a san Pablo: «¡Ay de mí si no evangelizo!» (1 Cor 9,16).

Una evasión muy cómoda, pero incompatible con el Evangelio, que quiere que todos los bautizados —no sólo unos pocos privilegiados— sean sal de la tierra (Mt 5,13) triunfando de su egoísmo y dándose a los demás. El apostolado no está reservado a una selección, sino que es obligación que todos los bautizados deben asumir.

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