Prohibido blasfemar

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Banco playa
Banco en la playa con el cartel de "Prohibido blasfemar"

Por Emilio Iglesias

Quedé muy sorprendido aquel día que, paseando por la orilla del mar en una playa del norte de España, me encontré un banco pintado totalmente de blanco en cuyo respaldo alguien había escrito, con pintura negra, esta frase: prohibido blasfemar.

«¡Caramba! —pensé— ¡Qué bueno! ¡Qué idea más original y atrevida!». Hacía mucho que no me había encontrado en la vía pública tan buen consejo. Yo iba, como cada mañana, haciendo un rato de silencio que quería transformar en oración, aprovechando aquel amanecer sereno, caminando en solitario con mis pies descalzos pisando la arena que afinaba mis callos y sacaba brillo a mi piel.

Algo me quiere decir esto que acabo de ver —reflexioné— y pensé que quien lo había escrito, lo había hecho con mucho amor ya que tuvo que pintar de blanco el banco hecho de listones horizontales de pino, para después, con pintura negra y letras mayúsculas grandes, poner las dos palabras testimonio de la presencia de Dios encerrada en ellas.

Por otra parte, pensaba en la mucha gente que pasaría por allí a lo largo del año por ser un lugar de afluencia masiva de veraneantes. Para el que lo pintó, subió mi oración al cielo dando gracias y bendiciendo tan buena idea hecha realidad para bien de todos los que por allí pasan, que les recordará o hará pensar que Dios es importante para muchas personas y, por tanto, deberían cuidar su lenguaje.

Seguí mi paseo por la arena hasta la hora de volver a coger el tren para regresar. Mientras estaba en la estación esperando, oí no muy lejos una blasfemia. La repitió ¡y nada de bajo! Se oyó en todo el andén. Así varias veces. No me pude contener y me acerqué. Eran dos jóvenes de unos treinta años con un hatillo y una bolsa con comida, transeúntes de vacaciones. Como había sacado una foto del banco se la enseñé y les dije:

—¿No habéis visto lo que hay escrito, aquí cerca en la playa, en un banco que está mirando al mar?

—No; no hemos ido por ahí.

—Pues hay un banco pintado de blanco y en el respaldo, a todo lo largo, pone: «Prohibido blasfemar».

Al escucharlo, uno se da por aludido y el otro, que estaban muy en broma contándose sus cosas, lo mira y le dice:

—¿No ves?

El aludido me dice:

—¿Y que tiene eso de malo?

—¿Y qué tiene de bueno? —le contesto yo.

Y desvía la conversación.

—Yo soy agnóstico.

—¿Y qué es eso? —le digo yo.

—Que yo no creo en Dios.

—Y, entonces, ¿para qué lo citas?

—Bueno, cada uno puede pensar lo que quiera.

—Claro, pero también puedes pensar que los demás no piensan lo que quieran sino lo que deben pensar.

—Todas las religiones son un invento de los hombres para someter a las gentes.

—¿Tú crees? ¿Te has parado a conocerlas? ¿Has pensado que hay millones de personas que sí creen?

—Es igual, déjalo; no nos vamos a poner de acuerdo.

Era un diálogo en el que no se podía continuar, porque todas las afirmaciones que soltaba parecía que las había asimilado tal cual las había oído, pero sin pensarlas nunca. A personas así es muy difícil hacerlas entrar en un dialogo razonado porque no razonan, solo tienen eslóganes.

Es como un almacenamiento de frases estereotipadas soltadas una tras otra sin que nunca alguien les haya hecho una advertencia. Seguimos hablando, me hubiera gustado haber puesto el móvil a grabar para reproducir tal cual se fue desarrollando la conversación, para que se viera la cantidad de eslóganes que se sueltan y que reflejan un modo de vida en el que prima un trabajo provisional, vacaciones, otro trabajo, otro viaje, y viajar un tanto vagabundeando, de aquí para allá con tal de tener sensaciones superficiales, inmediatas, novedosas, espectaculares, vivir al día.

Llegó el tren a nuestra estación, hice por estar cerca de ellos entrando por la misma puerta, pero se fueron por otra. El caso es que no encontraron sitio sino por donde yo estaba, pero no tan cerca que pudiéramos seguir hablando. Al llegar a mi destino me bajé, les dije adiós y que fueran con la bendición de Dios, pues ellos iban hasta el final del trayecto.

Muchas veces, le pido al Señor me dé oportunidades como esta para tener muchos «alumnos» a los que poder hablarles de Cristo para que le conozcan y, así, lo puedan amar; y, la verdad, es que me di cuenta de que, con bastante frecuencia, me está dando oportunidades como esta.

Es necesario abordar respetuosamente a las personas, entrar en lo que dicen, y ofrecerles la ocasión de que conozcan otras formas de vida basadas en el encuentro —no en la confrontación—, en el respeto, en el amor.

Yo llevo una octavilla con seis preguntas que son motivadoras para una conversación y quizá para que arranque un cambio de vida. Título de esta octavilla: Operación «te»:

¿Te importa responder a cuál de estas cuestiones es más importante para ti?

¿Te gustaría descubrir el sentido de tu vida?

¿Te interroga el sufrimiento?

¿Te interesa descubrir un nuevo estilo de vida para ti?

¿Te atreves a conocerte y cambiar?

¿Te preocupa el tema de Dios?

Te-nemos algo que ofrecerte.

De esta manera podemos entablar una amistad que será comienzo de algo nuevo.

Hay que vencer el mal con el bien, la mies es mucha y los obreros pocos; por eso hay que invitar a los jóvenes a descubrir el bien que pueden ser y hacer. Esta encuesta se memoriza fácilmente, son preguntas fundamentales que, en unos Ejercicios Espirituales, se pueden resolver, porque encuentras un sentido para tu vida, empiezas a conocerte y cambiar, te hacen un hombre nuevo. Entonces empiezas a alabar, bendecir y servir para salvarte; es algo que se ve muy claro en unos ejercicios y, con esta actitud, se elimina el blasfemar.

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