Quería ser como él

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Quería ser como él
Quería ser como él

Por Rogelio Cabado Murillo

Hace dos años, el 6 de diciembre de 2017, me encontraba escribiendo unas letras sobre Abelardo, en un papel pautado, de una partitura musical, como único recurso en la habitación de un hospital, acompañando a mi padre convaleciente, después de un ictus que le había dejado paralizado. Diez días después dejaría este mundo para marchar a la casa del Padre (Era el 6 de diciembre de 2017, sábado de la Virgen, y 50 aniversario de la Milicia de Santa María en Zamora). Casi dos años después recuerdo aquel momento, y me vuela el corazón a la persona de Abelardo de Armas, que en mis años jóvenes fue como un padre que complementó la educación de mi corazón y mi alma. Rogelio y Abelardo fueron buenos amigos. Mi padre me acompañó mis años de infancia, Abelardo mis años de juventud y madurez.

Corre el año 1974, primero de julio. Me encuentro con un grupo de jóvenes en Navarredonda de Gredos mientras esperábamos el autocar que traería a los militantes de Madrid. Pasa delante de nosotros un tropel de muchachos, saltando alrededor de Abelardo. Me impactó tanto ese primer momento de alegría en el ambiente, que lo recuerdo hoy 45 años después, con especial afecto. En aquel campamento me sentí querido, alentado, motivado por Abelardo. Quería ser como él, y así fue… Pasaron los años. Fue un referente en mi vida hasta el día de hoy. Sus tandas de ejercicios que tanto disfruté, donde encontré al Señor, me impulsaron a la santidad; sus charlas, su vida toda, sus conversaciones, su sentido del humor, su alegría y vitalidad… Era para mí un espejo del mismo Jesús de Nazaret, que había descubierto en mi oración. No tengo duda ninguna de que Abelardo vivió la santidad hasta el último respiro de vida, metido en el corazón de Dios, enamorado de la Virgen, reflejo de Jesucristo para las almas, ocupado en hacer el bien, en el acompañamiento espiritual y humano de jóvenes.

Era un modelo de vida y de santidad. Su sonrisa diáfana y amplia, su mirada profunda, hablaban por sí mismas en nuestros corazones. Lo recuerdo en Villagarcía de Campos, en la casa de los PP. Jesuitas, de convivencia, hablándonos del Sagrado Corazón de Jesús, de la Virgen María. Supo inculcarnos el arte de ser laicos en el mundo con los pies en el suelo, entregado a las almas —especialmente jóvenes— y la mirada en el cielo. Comprendió —y así vivió y cantó— la mística de las manos vacías, la mística de las miserias, a lo Juan de la Cruz, Teresa de Lisieux, san Pablo…, en clave actual; y sus manos, vacías, llenas solo de su Dios.

Cuando ya comenzaba a tener síntomas de Alzheimer, recuerdo que lo llevé a un estudio de grabación en Madrid, con el fin de inmortalizar su voz, interpretando sus propias canciones, que había compuesto a lo largo de años y que tuve el honor de acompañar con mi guitarra, desde la montaña a la ciudad. Allí grabamos «Manos de Dios», «Hijo del hombre» y «Flor escondida»: La trilogía discográfica que recogería su espiritualidad concentrada en letra y música. Mientras Abelardo grababa en la cabina del estudio, yo le acompañaba con la guitarra, dando el tono o haciéndole segundas voces desde la mesa de grabación.

Recuerdo a Abe como si fuese hoy, sentado en la explanada de las asambleas del campamento en Navarredonda de Gredos, concentrado en oración o charlando con alguno de los jóvenes acampados, animando, alentando, formando su corazón. Me acerco con mi guitarra y prepara Abe la última canción compuesta, dedicada al campamento. Esa escena se repitió muchas veces, hasta la última composición que dedicó «Al Padre de los cielos». Fue en Bujedo, convivencias de verano, en los hermanos de la Salle. No la pudo terminar allí. Fue finalmente en Villagarcía de Campos, donde concluyó la letra. Recuerdo los lugares exactos, cuando esta vez, era yo quien escribía en un papel la letra que creaba. Le iba refrescando la memoria, pues la letra y la música se le olvidaban. Me llamó mucho la atención su docilidad y humildad, dejándose hacer.

La labor de evangelización desde la música, que vengo realizando hoy, la debo, sin duda a Abe, que siempre impulsó mi inquietud desde los dones que el Señor me había regalado. Sus palabras, sus consejos, su vida misma crucificada por amor, son hito en mi vida. Me decía: «A ver si me sales otro Gabaráin o Palazón…» Pasaron años de todo aquello. Recuerdo la última vez que hablé con él, caminando por el paseo del Pintor Rosales, en Madrid, y hablando de esa inquietud evangelizadora desde la música. Hoy, procuro desde la propia miseria, como él nos enseñó, ser testigo e imagen de Jesús allí donde la providencia me siembra, sea el escenario, o la propia vida. Esa realidad vivida con mi mujer, Marian y mis tres hijas, en el seno de mi familia natural, en la que Abe influyó tanto, es un aliento para continuar su camino.

Abelardo vivió y se nos fue como un santo, sin hacer ruido. Pasó por esta tierra haciendo el bien a manos llenas, porque las movía su Dios. La mayor prueba de esa entrega y donación, ha sido alcanzar el extremo de la ofrenda, pasando sus últimos años postrado en el silencio de su enfermedad hasta hoy, último destello de su llama encendida, agotada por amor. La última vez que coincidí con él, lo vi como un niño con su pelotita entre sus dedos, en una silla de ruedas, en una madrileña tarde soleada, por el paseo de Rosales, con dos grandes amigos, cruzados de Sta. María. Él quiso ser jugador de primera división y la Virgen se lo concedió. El balón del triunfo humano se transformó en una pelotita entre sus manos, como un niño. ¿Puede haber mayor gloria a los ojos de Dios?, ¿mayor amor?…, panegírico profundo de donación y abandono.

Gracias Abe. Que muchos jóvenes descubran en tu vida lo que yo aprendí de ti. Que muchos sigan tus mismos pasos, también en la vida laical consagrada. Acompáñanos e intercede desde el cielo por la juventud, por la Cruzada–Milicia de la Virgen, por las familias, nuestras familias, los que han conocido y conocerán tu labor, esa obra que tú modelaste junto al padre Tomás Morales y hoy prolonga la Cruzada y Milicia de Santa María. Que sepamos ser fieles a la vocación que el cielo nos regala y nos dejemos hacer por él, como tú.

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