¿Quieres hacer algo que dure cien años?

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Imagen: Fano
Imagen: Fano

Escribe el venerable P. Tomás Morales, siguiendo un viejo proverbio oriental: Si quieres hacer algo que dure un año, siembra trigo; si quieres hacer algo que dure diez, planta árboles; si quieres hacer algo que dure cien años, educa, forma hombres.

Hoy, que vivimos inmersos en una cultura de «usar y tirar», no es fácil apreciar el valor de las acciones a largo plazo. ¿Por qué planificar para cien años, si no viviremos para ver el resultado?

Si quieres hacer algo que dure cien años, cultiva personas

La educación es un cultivo. Pero no de trigo o de árboles, sino de hombres y mujeres. ¿Quieres transformar un erial social en un bosque? ¡Cultiva personas! En el centro educativo, en la familia, y en el trabajo. ¡En todos los terrenos! Te parecerán escasos los resultados; te llevarás berrinches al suponer que parte de tus esfuerzos quedan baldíos. Te desilusionarás al pensar que la vida de muchos a los que dedicas tu acción educativa se va secando, o al ver que evolucionan como bonsáis algunos que suponías destinados a ser abetos frondosos. Pero no hay tarea más fascinante y más necesaria para transfigurar nuestro mundo que la educación.

Como todo cultivo, nuestra labor educativa requiere:

Preparar el terreno. Desbastar, arar, cavar alrededor, abonar… Como el agricultor de la parábola de la higuera. La educación requiere un sustrato apropiado; si no, llegarán otros —los pájaros del cielo o los «pasantes» de todos los tiempos— que se comerán o pisotearán la semilla. Trabajar el campo educativo no es perder el tiempo, sino asegurar el futuro de la cosecha.

Sembrar. A manos llenas. Como el sembrador de la parábola. Darse, entregarse a la tarea, sin reservar ninguna semilla en el zurrón, sin prejuzgar qué terreno merece y cuál no nuestra labor.

Desbrozar. Cuántos cardos ahogan las plantas cultivadas. Las riquezas, los placeres, la «vida tranquila» y otras malas hierbas asfixian lo sembrado —y con frecuencia también al sembrador—. Al final la planta no muere, pero se queda raquítica y sin fruto; no cumple el fin para el que fue plantada.

Regar. En el cultivo educativo hemos de confiar en que las lluvias del cielo llegarán a su tiempo y harán crecer lo sembrado, pero el cultivador sabe que es un colaborador del dueño de la mies, y cooperará regando con su sangre y sudor. Dando la vida. Dándoles la Vida.

Podar. Para que den más fruto. Higueras muy frondosas, pero sin higos ¿para qué sirven? Vides repletas de hojas, pero sin racimos, ¿qué fruto dan? En la era del selfi no está de moda pedir menos cultivo de la propia imagen y más dedicación a los demás.

Actuar en equipo. Lo malo de muchos educadores geniales es que se dedican a su obra personal, pero no saben cultivar en equipo. Prefieren criticar lo escuálidas que están las plantas del vecino, antes que ayudarles a regarlas o abonarlas.

¿Y cosechar? A veces alcanzaremos a ver algunos frutos, pero otras muchas deberemos confiar en el dueño de la mies… Hemos sido llamados a cultivar, no tanto a cosechar.


Si quieres hacer algo que dure cien años… ¡dedica tu vida a educar! Transmitiendo más con la vida que con las palabras. Comprobarás que lo cultivado no durará solo cien años… porque alcanzará una dimensión eterna. ¡Viviremos para ver el resultado! Esa es nuestra esperanza. En el cielo lo veremos.