
La recuperación de la urbanidad no pasa por la nostalgia ni por el retorno a códigos sociales rígidos, sino por la correcta transmisión intergeneracional de los valores del orden, el respeto y los buenos modales.
«La grosería es la peor plaga que padece hoy la humanidad», afirmaba con su ironía característica Alfonso Ussía, escritor recientemente fallecido. Y añadía que «los buenos modales, las mejores maneras y la beligerancia contra la ordinariez y la cursilería se han desvanecido casi por completo de los hábitos cotidianos». Más allá del humor, la observación señala una realidad difícil de negar: la urbanidad —también llamada buena educación o buenos modales— atraviesa una crisis evidente.
Hoy parece que las buenas maneras no están de moda. Se consideran accesorias, superficiales o incluso sospechosas, como si fueran un resto incómodo de épocas pasadas. Sin embargo, su ausencia se percibe con claridad en la vida cotidiana: en la mesa, en la conversación pública, en la calle, en los transportes o en los espacios digitales. Cuando desaparecen las formas, la convivencia se vuelve más áspera y frágil.
No hace falta recurrir a ejemplos extremos para constatar el deterioro. Gestos que antes surgían de manera espontánea —ceder el asiento a una persona mayor, moderar el tono de voz, esperar el turno— han tenido que convertirse en imperativos señalizados o incluso en normas legales. Otros comportamientos, como interrumpir sistemáticamente, comer con la boca abierta o ignorar reglas básicas de cortesía, provocan rechazo en casi todos, salvo en quienes los practican.
A este empobrecimiento de las formas se suma un aumento palpable de la agresividad verbal y gestual, tanto en la vida real como en la digital. El insulto fácil, la descalificación inmediata y la falta de contención se han normalizado. Y conviene subrayarlo: no es un problema exclusivo de los jóvenes. Muchos adultos, que no recibieron o no supieron transmitir la importancia de los buenos usos, contribuyen también a este clima.
Lo más preocupante no es solo la mala educación en sí, sino su justificación moral. Conductas claramente reprobables se presentan como derechos individuales o como expresiones de espontaneidad y autenticidad. Se exige comprensión y tolerancia para todo, pero se rechaza cualquier apelación a la responsabilidad personal. La urbanidad, en este contexto, aparece como una forma innecesaria de represión.
Las causas de este fenómeno no son accidentales. En primer lugar, se ha producido un empobrecimiento de la educación moral, reducida en muchos casos a un conjunto de competencias emocionales sin un marco normativo claro. Muchos jóvenes estudian, dominan idiomas, son creativos y sociables, pero no saben cómo comportarse en público. Incluso cuando adquieren habilidades sociales, a veces carecen de buenos modales. Saber expresar sentimientos no equivale a saber convivir.
En segundo lugar, la erosión de la autoridad —entendida no como imposición arbitraria, sino como referencia legítima— ha dejado al individuo solo frente a sus impulsos. Familia, escuela e instituciones han renunciado con frecuencia a su función formativa por temor a parecer autoritarias. Corregir, exigir o poner límites se confunde con coartar la libertad.
A ello se suma el individualismo contemporáneo, que ha absolutizado el deseo personal. El otro ya no aparece como un límite necesario, sino como un obstáculo. En este clima cultural, los buenos modales resultan incomprensibles, pues exigen precisamente el reconocimiento del otro como condición de la propia libertad. Las nuevas tecnologías han intensificado esta tendencia: anonimato, despersonalización y una comunicación sin rostro donde el sacrificio por el bien común parece irrelevante. Se olvida una verdad elemental: mi libertad termina donde empieza la dignidad de los demás.
Desde una perspectiva filosófica ética, la buena educación puede entenderse como una ética mínima de convivencia. Si el respeto es el agua que riega la convivencia, las buenas maneras son su suavizante. Tratar al otro con cortesía es reconocerlo como sujeto, no como medio ni como estorbo. No se trata de formalismo vacío, sino de justicia cotidiana.
Los buenos modales no eliminan los desacuerdos ni los conflictos, pero evitan que se transformen en enfrentamientos hostiles. Dulcifican la convivencia, generan entornos más seguros y empáticos, y protegen a los más vulnerables frente a la prepotencia de los más fuertes o groseros. También benefician a quienes los practican: proyectan una imagen más sólida, ayudan a controlar impulsos, a modular emociones y a superar inseguridades. Saber comportarse libera, porque evita la angustia de no saber qué hacer o cómo reaccionar.
Conviene recordar, además, que los buenos modales no son un disfraz ni un ejercicio de hipocresía, aunque algunos puedan utilizarlos así. Son una forma visible de reconocer la dignidad ajena. Como señalaba Erasmo de Rotterdam en su célebre manual sobre la buena educación, publicado en 1530[1], las maneras son el barniz que permite que brillen las virtudes más profundas.
La recuperación de la urbanidad no pasa por la nostalgia ni por el retorno a códigos sociales rígidos. Exige, ante todo, rehabilitar el valor del límite. El límite no niega al individuo; lo sitúa en una comunidad. Es necesario volver a enseñar explícitamente desde la infancia, sin complejos, normas de convivencia, no como formalismos vacíos, sino como expresiones concretas de respeto mutuo. Y ello implica asumir que educar incomoda: corregir, exigir y señalar errores forma parte del proceso.
Los buenos modales deben entenderse, en definitiva, como una responsabilidad personal cotidiana. No dependen de grandes reformas ni de campañas grandilocuentes, sino de gestos mínimos: escuchar, esperar, moderar el tono, respetar el espacio ajeno. En ellos se juega, silenciosamente, la calidad moral de una sociedad. El lugar natural para aprenderlos es la familia, y después la escuela, donde el ejemplo sigue siendo la herramienta más eficaz. La mala educación desde arriba legitima la de abajo.
La buena educación no garantiza la virtud, pero su ausencia asegura el conflicto. La urbanidad no hace moralmente excelentes a los individuos, pero vuelve habitable la vida en común. En una época que exalta la autenticidad sin límites, recordar el valor de las formas no es conservadurismo, sino lucidez. Como recordaba Alfonso Ussía, «la vida es mucho más cómoda y placentera si la convivencia se fundamenta en la cortesía, una cortesía respetuosa con la frontera que la separa de lo cursi y lo excesivo». Porque, al fin y al cabo, la civilización comienza allí donde el individuo acepta que no está solo.
Para terminar, hay que recordar la recomendación de Erasmo al final de la obra citada: «No tengas en menos estima a un compañero por el hecho de que tenga algunas maneras un tanto desaguisadas… Pero si por ignorancia peca en algo importante, advertírselo a solas y amablemente es de urbanidad».
[1] Erasmo de Rotterdam. De civilitate morum puerilium. 1530. Existe una edición realizada por el CIDE. Ministerio de Educación y Ciencia. 2006.






