Reinaré en España

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Santuario de La gran Promesa
Santuario de La gran Promesa

Por Isaac Merenciano

Se cumplen 100 años de aquellas palabras que pronunciara el rey Alfonso XIII en el Cerro de los Ángeles, consagrando todo el territorio nacional y «lo que contiene» (hogares, personas e instituciones) al Corazón Sacratísimo de Cristo: «España, pueblo de tu herencia y de tus predilecciones…».

Una advocación que, como todas las devociones, pretende acercarnos a alguna realidad de nuestra fe. De ahí, todas las devociones y advocaciones que rodean nuestra liturgia, nuestra fe y nuestro culto. Pero, ¿por qué el Corazón? El corazón es entendido como el lugar donde nacen y habitan todos los sentimientos profundos del ser humano, buenos y malos. Jesús dice en el evangelio que lo malo «nace del corazón», y enumera una serie de pecados que brotan de los desórdenes del corazón del hombre; en el Antiguo Testamento Dios promete a su pueblo «un corazón de carne» como elemento esencial de la conversión. Adentrase por tanto en el Corazón de Jesús es contemplar el interior de Jesús, su «centro de operaciones», hasta el punto de que san Pablo nos exhortará: «tened los mismos sentimientos que el corazón de Cristo».

A España llegó la devoción al Corazón de Jesús de mano de los pioneros del espíritu: la Compañía que Jesús distinguió con su nombre y santa Margarita María de Alacoque, que fue una monja francesa a quien Cristo le concedió la dicha de revelársele. A ella se le apareció, presentándole su corazón rodeado de espinas y con fuego, pidiéndole la consagración del mundo y revelándole las doce promesas en torno a la devoción a su Sagrado Corazón. A petición de Jesús en las apariciones, se resolvió a propagar esta devoción y es en este punto de la historia donde entra el jesuita san Claudio de la Colombière. Este era el director espiritual de santa Margarita María y quien le recomendó escribir estas revelaciones particulares y difundir el mensaje recibido. Él mismo se convirtió en gran propagador de esta devoción a la Compañía de Jesús y por la Compañía a España. Los jesuitas en España se convirtieron en grandes propagadores de esta devoción.

Y fue otro jesuita, Bernardo de Hoyos, el que se ha convertido en adalid de la causa del Corazón de Cristo. De profesión perpetua desde los diecisiete años y en la Compañía desde los quince, estudió en Villagarcía de Campos y se trasladó para el estudio de la teología a Valladolid, al Colegio San Ambrosio, actual Santuario de la Gran Promesa, donde conoció la devoción al Sagrado Corazón y donde recibió las experiencias místicas. El mismo Cristo bajo la forma del Sagrado Corazón se le apareció con la sabida promesa: «Reinaré en España, y con más veneración que en otras muchas partes». Bernardo entendió que la donación de este escondido tesoro a su persona era una dádiva de la Trinidad para que «por él la gustasen otros», como escribirá en carta confidencial a su confesor el mismo padre Hoyos, seminarista por aquel entonces.

El Corazón de Jesús comenzó a cautivar almas de cristianos y por esta devoción se daban muchos hijos a la Iglesia. En la guerra carlista y en la guerra del 36, en España surgieron los «detentes», chapas o escapularios con el Sagrado Corazón de Jesús con una frase que rezaba: «Detente —o tente— bala, el Sagrado Corazón de Jesús va conmigo». Una forma, un poco extravagante quizás, de elevar la súplica al altísimo en los momentos de dificultad. Aquí, me gusta ver cumplida la petición de Cristo: «Venid a mí los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré, pues mi yugo es llevadero y mi carga ligera». Un yugo sencillo: el escapulario, que a tantos soldados consoló…

Y llegamos al culmen de esta devoción: el cerro de los Ángeles. Centro geográfico de la península ibérica situado en Getafe, se construyó en esta elevación del terreno un gran monumento en honor al Corazón de Jesús que el mismo Alfonso XIII inauguró y, de pie, frente a la imagen, consagró España a esta devoción cumpliendo la misma petición de Cristo. En 1936, con la despiadada persecución a los católicos, se tomó el Cerro y se asesinaron a los cinco militantes de Acción Católica que se quedaron para defender a las Carmelitas y al Corazón de Jesús derramando su sangre en honorable martirio el 25 de julio de ese año. Cinco días después cometieron una tan abominable como ridícula performance, «fusilando» la imagen del Corazón de Cristo, bastión del cristianismo que querían hacer desaparecer y que era un obstáculo para sus objetivos.

El Cerro se transformó en «el cerro rojo» y fortín para el bando republicano. Terminada la guerra civil en 1965 se inauguró el nuevo monumento que se había comenzado a construir en el año 44. Cien años después de la inauguración de aquel primer monumento que se conserva en ruinas frente al nuevo, cien años después de aquellas palabras con las que España quedaba insertada en el Corazón de Cristo, se celebra para toda la Iglesia peregrina en España, con una especial resonancia en la diócesis de Getafe, este centenario.

Un año jubilar que pretende volver a poner en el centro, ya no el Corazón de Jesús, sino lo que significa, que «habiéndonos amado, nos amó hasta el extremo». Es una ocasión propicia para volver al centro del evangelio. No es una devoción piadosa de estampas e imágenes, sino que es un proyecto de vida: «identificarnos con él, mirando a la Virgen, el militante aprende a hacerse Hostia agradable» (P. Morales).

Orígenes ya dice que para comprender la verdad de Jesús es «necesario reposar en el corazón de Jesús y tomar a María por madre». El P. Tomás Morales recomendará a sus hijos consagrados —y a todo el que se le acerca— la consagración al Sagrado Corazón y al inmaculado de la Virgen, donde «encontrará las gracias necesarias para llegar a la santidad y arrastrar todas las almas al Cielo».